¡Dan lástima…!, Carlos Valhuerdi Obregón.

Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 9 de diciembre del 2010, (FCP). Quienes nos las damos de creyentes en Dios, debemos tener siempre presente que los cinco sentidos nos fueron dados para que, al hacer recto uso de ellos, cooperemos para crear en nuestro entorno el clima de paz, que posibilite nuestra felicidad personal y colectiva. Es decir, nos fueron regalados para hacer el bien.

Pero es el caso que, en demasiadas ocasiones se nos va el santo al cielo, como suele decirse y empleamos nuestros cinco sentidos, para todo lo contrario. Y en vez de sembrar paz a nuestro alrededor, somos sembradores de discordia. Pensemos tan sólo en las desavenencias que pueden surgir, en los dolores y males que es posible provocar con el uso desordenado de la lengua.

Y tómese el vocablo “lengua” por las palabras, que con ellas pronunciamos y a las ideas que expresamos. Tanto la lengua, como las palabras y las ideas, es decir, la facultad o el sentido de la locución, manejadas según el querer del Creador, están ordenadas para el bien exclusivamente. Para expresarnos y comunicarnos.

Lograr así entendernos unos con otros y tener con ello las bases de una existencia más estimulante y llevadera. Sin embargo, es mucho y grande el daño que se puede hacer con el mal uso de la lengua. Hasta se puede matar con ella, una lengua mal usada, es decir, usada desordenada y pecaminosamente, es como una mortal arma de fuego.

Como armamento altamente destructivo es el juicio temerario, la difamación, la calumnia, la maledicencia y la murmuración. Estas son balas, que dispara la lengua, que pueden matar, o herir en el más suave de los casos, al prójimo en su honra y en su fama, es decir, en su buena reputación.

Decimos, que hay juicio temerario cuando admitimos tácitamente como verdadero algo que pensamos del prójimo sin tener para ello los fundamentos suficientes. La violación injusta de la fama de una persona, es difamar. Cuando a una persona se le atribuyen faltas que no ha cometido eso es calumniar.

Evitamos los juicios temerarios si interpretamos, todo cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de los demás. Piensa, que pueden estar equivocados tus criterios y si tuvieras razón, es más correcto llamar a solas a tu prójimo y no ponerse a divulgar de él, realidades que no te atañen.

Por su parte, la maledicencia ocurre, cuando sin razón objetivamente válida, manifestamos los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran. Toda persona tiene derecho a su reputación y al respeto, por lo que la calumnia y la maledicencia lesiona las virtudes de la justicia y de la caridad.

La calumnia, el juicio temerario y la difamación, ofenden gravemente al prójimo y por tanto son de grave responsabilidad ante Dios. Y no anda lejos de esto la tan frecuente y generalizada murmuración, la maledicencia, es decir, el comentar y revelar fallas ajenas.

Todo esto supone una cobardía, puesto que siempre se disparan “estas balas” por la espalda, es decir, al aprovechar la ausencia de la persona contra quien dispara la lengua maldiciente. Y ¡qué triunfo es para algunas personas encontrar siempre un auditorio fácil para sus factibles meneos de lengua!

Es una lástima que se desperdicie así un don de Dios tan útil y tan importante, como es el sentido de la lengua o de la locución, que se profane su uso, al arrancar “pellejos” ajenos. Repugna y a la vez causa indignación conocer, que hay personas a quienes complace calumniar, difamar y murmurar de los demás.

¿No sería más saludable traer a menudo a la memoria aquellas palabras pronunciadas por la bendita lengua de Jesús “No juzguéis y no seréis juzgados”? ¿No sería saludable también pensar con frecuencia, que un día hemos de presentarnos todos ante el tribunal del que dijo: “Aquel que esté sin pecado que tire la primera piedra”.

O ¿es que hay alguien tan perfecto que por ser totalmente limpio y puro (o limpia y pura) tiene por ello derecho de hablar lo que habla de los demás? En la Cuba de los Castro se ha estimulado y premiado a los informantes, son estos traidores al sentir de su pueblo y pululan entonos los lugares. Dan lástima y asco a la vez esas lenguas traicioneras, descontroladas y…sucias.

cevalhuerdi@gmail.com

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