De Juan Pablo II a Benedicto XVI (I), Carlos Valhuerdi Obregón.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 17 de febrero de 2012, (FCP). Proclama La Declaración Universal de los Derechos Humanos en su Artículo # 26, tercer párrafo: “Los padres tendrán el derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. Aspecto este totalmente excluido por el gobierno castro-comunista desde su génesis, para lograr tal violación utilizó la mentira y la calumnia contra las escuelas de perfil religioso.

Escribían los obispos cubanos, el 18 de febrero de 1959, el documento: “Al pueblo de Cuba”, preocupados ante los rumores de que: “se gesta una reforma educacional que desconoce los principios fundamentales del Derecho Natural”. Se hablaba de un control estatal excesivo y de unificación escolar, para eliminar la educación cívica y religiosa.

A finales del año 1960, se comenzó a atacar y calumniar las diferentes instituciones educacionales, que no respondían a los intereses del nuevo régimen totalitario. Los purpurados volvieron a alzar su voz de forma colegiada, en una carta abierta al Primer Ministro Dr. Fidel Castro, fechada el 4 de diciembre de 1960.

Expresaban en ella: “Podemos, desde luego, suponer que las críticas que allí se hicieron contra los “colegios de los privilegiados”, no se dirigían a las escuelas católicas, ya que en ellas reciben educación y enseñanza miles y miles de niños y jóvenes de familias modestísimas”. No calculaban esos prelados, de todo lo que sería capaz de hacer Fidel, por conseguir sus objetivos.

Más adelante, el mismo escrito señala: “Tenemos que pensar que tampoco se atacó a nuestros colegios cuando se habló de “esos centros en que predica el odio contra la Patria y el odio contra el obrero y el campesino”…costaría trabajo creer que ningún miembro del Gobierno sea capaz de lanzar gratuitamente una calumnia tan burda”. El temor desde un inicio ganó cómplices.

Planteaba Pio XI, en su Encíclica Divini Illius Magistri: “El niño no es una criatura del Estado, quienes lo crían y dirigen tienen el derecho, junto con el alto deber, de educarlo y prepararlo para que cumpla todas sus obligaciones”. Proyecto imposible de realizar en las actuales condiciones de la escuela cubana, donde se genera mentira, odio y violencia.

El desastre de las escuelas estatales, durante los últimos años en Cuba, la ha dotado de analfabetos con títulos. Por este motivo, algunos padres han recurrido a los repasadores particulares, pues ellos tienen: “la grave obligación de disponer y exigir todo lo necesario para que sus hijos progresen en la formación… profana” (cf. Ídem. Nro7).

Una sociedad cívica saludable tiene este derecho garantizado, así como el ámbito educacional de la Iglesia a establecer y dirigir escuelas de cualquier orden y grado, porque según Martí: “Todo pueblo necesita ser religioso… Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud” (Obras Completas. tomo 19).

Según el Concilio Vaticano II, en la Declaración sobre la Educación Cristiana Nro 6, afirma que: “El poder público que tiene por misión proteger y defender las libertades de los ciudadanos, debe procurar,… que a los padres le sea posible elegir, según su propia conciencia y con verdadera libertad, las escuelas para sus hijos”. Aquí no hay libertad, ni se respeta la conciencia.

La escuela católica a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir con eficiencia el bien de la sociedad terrena. La realidad cubana es muy distinta, los alumnos están desmotivados, por lo que no hay esfuerzo ni responsabilidad en los estudios, lo que repercute en la pérdida de valores.

Esta realidad social cubana producto del tratamiento arbitrario de las autoridades, tanto políticas como educacionales, hizo exclamar a Juan Pablo II en la homilía celebrada en esta ciudad de Santa Clara, el 22 de enero de 1998: “Experiencias no siempre aceptadas y a veces traumáticas son la separación de los hijos y la sustitución del papel de los padres a causa de los estudios”.

Continuaba su predicación sobre el tema, al decir: “…se realizan lejos del hogar en la edad de la adolescencia, en situaciones que dan por tristes resultados la proliferación de la promiscuidad, el empobrecimiento ético, la vulgaridad, las relaciones prematrimoniales a temprana edad y el recurso fácil al aborto”.

Concluía el Santo Padre sobre el aspecto educacional así: “Todo esto deja huellas profundas y negativas en la juventud, que está llamada a encarnar los valores morales auténticos para la consolidación de una sociedad mejor”. Todavía atormenta esta realidad a la familia cubana, pues el gobierno de los hermanos Castro se niega aplicar los consejos del Sumo Pontífice.

La posibilidad de que los padres escogieran para sus hijos, el tipo de educación que quisieran, quedó suprimida desde el inicio mismo de la Revolución.

 

 

 

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