La Voluntad de Dios (II y Final), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 21 de diciembre de 2012, (FCP). La enseñanza de la Biblia sobre la voluntad de Dios expresa más que una simple doctrina, se cruza en la vida de los creyentes de manera diaria. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro.12.2).

Vital es el correcto conocimiento de la voluntad del Altísimo para un individuo que, a través del Nuevo Nacimiento, ha experimentado la salvación. Nos referimos al dominio de la perfecta voluntad como se revela en las Escrituras, “…porque los días son malos. Por tanto no seáis insensatos, sino entendidos de cual sea la buena voluntad de Señor” (Ef.16-17).

Funesta situación la que golpeó al pueblo de Israel, reino del norte, en el tiempo del profeta Oseas (siglo VIII a.C.), que por el desconocimiento de Su voluntad fueron destruidos y deportados para Asiria. El Señor sentenció: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento… y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Os.4.6).

La falta de entendimiento personal del Todopoderoso llevó directo a la destrucción de dicha nación, pero no porque el conocimiento no fuera asequible, sino que el pueblo rechazó obstinadamente la verdad que Dios les había dado por medio de los profetas y de Su Palabra escrita. La corrupción sacerdotal fue un elemento catalizador para la destrucción.

Seguramente esta historia es comparable a muchos países, pero a nosotros nos ataña el caso de Cuba. No pocos “líderes” religiosos emplean un lenguaje “espiritual” y piadoso para engañar al pueblo cristiano y apartarlo de la sencilla adoración del Creador. Los creyentes estamos llamados a conocer verdaderamente Su voluntad y así conducir esta Isla a la bendición divina.

Una vez que los cristianos conocen la voluntad revelada de Dios en cuanto a cómo Él desea que vivan, debe haber un genuino compromiso de Hacer Su voluntad. El salmista, por ejemplo, pide al Altísimo la capacidad para llevar una vida recta: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tu eres mi Dios; Tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud” (Sal.143.10).

De la misma manera el apóstol Pablo esperaba que los creyentes tesalonicenses siguiesen la voluntad de Jehová al abstenerse de fornicación, y al vivir en santificación y honor: “…pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor” (1Tes.4.3-4).

Me llama la atención el hecho de que en las naciones que gozan de libertad, los mandatarios de las mismas aparecen con sus esposas como primeras damas, y hasta con sus hijos. Ellos envían de esta forma un mensaje positivo a la sociedad. Tristemente es muy diferente la realidad con los gobiernos totalitarios, como el nuestro, donde nadie conoce las esposas de los dirigentes.

Aunque vivieron en una sociedad en que la inmoralidad sexual era comúnmente aceptable, los apóstoles no comprometieron de ninguna forma la santidad ni la verdad del Altísimo. Ellos se negaron a rebajar sus normas de moralidad, contenidas en la Biblia, para acomodarlas a las ideas o tendencias de la sociedad.

Estos enviados de Dios cuando descubrían bajas normas en algunas iglesias, por causa de la presión de la sociedad, las reprendían y trataban de corregirlas (cf. Ap.2.14-15). En vista de los bajos principios de moralidad que predominan en la actualidad, se necesitan líderes eclesiásticos con carácter apostólico que llamen a la Iglesia de vuelta a las normas de justicia de Dios.

A los creyentes se les exhorta a que pidan que se haga la voluntad de Dios y desear sinceramente tener el propósito de cumplirla en su vida y en la de su familia, y así contar con el cuidado y protección de la Divinidad (cf. Mt.6.10, 26.42, Lc.11.2). Sin embargo, si en la vida del creyente hay pecado deliberado, entonces sus oraciones tendrán tropiezo.

Por último, no se debe usar la voluntad de Dios como escusa para la irresponsabilidad o la pasividad para combatir el pecado, la injusticia, la maldad y la tibieza espiritual. No se puede esperar que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo (Mt.6.10), a menos que el individuo procure hacer la voluntad de Él en su propia vida.

El Profeta Oseas, según Duccio di Buoninsegna.

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