Sorprendido por aquella irrupción, quedé anonadado ante la avalancha. Ahí estaban todos mis profesores altos, bajos, calvos, peludos, gordos y flacos, una jauría perfecta para incriminarme de un crimen que nunca fue. Rostros feos o agradables que me miraban y hacían sentir nervioso. Me costaba trabajo encontrar en quién apoyarme. El silencio del salón se convirtió en un murmullo y apenas se podía escuchar el ronroneo de la máquina del aire polar.
Al volverme me percaté que los papeles que antes estaban desplegados en la mesa habían desaparecido y sólo vi las espaldas de los anteriores interrogadores.
El alto oficial ladeo la cabeza y se volvió a mí:
- Bueno muchacho, a mí me mantendrán al tanto de cómo evolucionará esta situación. Estos profesores hablarán contigo.
Dejó el salón y se perdió entre los vericuetos del pasillo. Los profesores caminaron hacia la mesa y se fueron sentando uno al lado del otro sin orden de jerarquía. Me miraban a los ojos con cierto aire de autosuficiencia.
La decana Digna Heredero Bauté – pensé – comenzaría a gesticular y a hablar como si dirigiera una conferencia. Vestía elegante, una blusa azulada y con pantalones. En el cuello, un collar de piedras redondas artificiales que imaginé tararearía una sinfonía en cada gesto de su cuello. Yo procuraría no ofender, sin embargo, ella no fue la que comenzó. Lo hizo Emilio Melgarejo Merino, cubano-español, delgado y desgarbado con aires e ínfulas de gran doctor, me abrió los brazos en abanico sobre la mesa barnizada y me preguntó:
- Vamos a ver chaval, ¿Guillermo, no?, ¿Tú encontraste algo bueno durante los dos años de estudios en una academia militar en la Unión Soviética?
Miró imperativo haciendo una vista panorámica por todo el lugar. El Doctor Armando Pérez Yera levantó su rostro hasta ese momento escondido y dijo:
- Entendámonos, pero yo y mis colegas no comprendemos el por qué del empeño de defender a Freud y los conceptos en que se basan sus teorías.
Estuve unos minutos preocupado y después tenía la certeza que este debate intelectual poco tenía que aportar, pero les seguí el juego.
- Que yo sepa, nunca he defendido a Freud – hice una pausa y recorrí con mi mirada a todos los de la sala, parecía un tribunal del medioevo – ¿Pero quiénes somos los acusados? – pregunté.
El profesor Pérez Yera tomó en sus manos una hoja mecanografiada de las dejadas por el Coronel y que yo no había notado. La levantó como un banderín y luego de colocarse con pose de lector comenzó a descifrar la lista.
- Además de usted, también están Dania Benet, Mayra Bustos, Carlos Cabrera, Arturo Córdova, Aymeé Díaz de Villegas, Iván Hernández, Rafael Mesa, Manuel Rosabal, Felipe Salazar y Roberto Salazar, esos solo de su año académico, y están también Raquel Buchillón, Martha Cañizares, Ramón Humberto Colas, Abel González, Benito Jiménez, Reinaldo Orrutinier, Lisette Riera, Roberto Sariol, Ezequiel Toledo y Marte Valdés Ibargollín de años inferiores y superiores – suspiró con histrionismo y dejó caer el papel sobre la alargada mesa.
El aire estaba fatigoso. Respiraba el sudor de los otros. Apenas la máquina refrescante podía relajar la tensa atmósfera.
Cuando oí todos los nombres no salía de mi asombro. Casi todos éramos militantes de la Unión de Jóvenes Comunistas.
- ¿Pero qué hemos hecho incorrecto nosotros, que no haya sido estudiar? – me dirigí al profesor Pérez Yera.
- ¿Ustedes? Han realzado la figura de Freud – dijo mientras se pasaba la mano por la cabeza despeinada.
Volteé la cabeza para encontrar su rostro, ahora el color de la piel del profesor Pérez parecía más amarillento.
- Profesor, usted mismo dice en clases, que busquemos bibliografía sobre los temas fuera de la universidad ¿no? – dije.
Estuvo un momento turbado. Sonreí. Los demás lo miraron con envidia y esperanzadoramente, cual los lobos miran a un indefenso ciervo antes de comérselo.
- Sí, les aconseje a todos mis alumnos eso, pero nunca especifique y mucho menos con Sigmund Freud – dijo mientras tragaba saliva mientras se ponía a la defensiva.
- Pero usted nunca hizo esa aclaración en clase y yo no falté a ninguna – dije agresivamente irónico.
- Bueno, este, yo… – no dijo nada. Trató de buscar las palabras exactas, pero su mente estaba en blanco.
La profesora Tomasa Hernández, de la asignatura Psicología de las Edades, era una trigueña de unos 35 años, era alta, de senos prominentes, desnalgada y con unas piernas muy delgadas, a la que apodaban “La Ubre Blanca Canilluda”. Levanto el mentón e hizo una pregunta.
- ¿Nos gustaría saber, si en algún momento la profesora Pilar Urquijo los estimuló a buscar obras de Freud?
- Por lo menos a mi no – dije.
- ¿Y conoces de alguien a la que ella se lo haya sugerido? – volvió a insistir en el tema.
- No, tampoco.
El profesor Mario Uría, quien era bastante joven, de cabello negro y mediana estatura me miró frío. Su comportamiento era demasiado antinatural. Hablaba arrastrando las erres.
- ¿Pudiera ser, alumno, que la inducción a admirar tanto el Psicoanálisis, le haya venido por su cercano trabajo con el Psiquiatra Infantil Isidoro Sánchez?
- No veo porque – dije mientras me frotaba la barbilla.
- Nosotros tenemos la mejor opinión sobre el doctor, pero hay que aclararlo todo – dijo autosuficiente el profesor Uría. Se alisó la camisa impecable y al no recibir las respuestas que deseaba se quedo en silencio.
Pensé que todo había terminado, pero Emilio Melgarejo, del que se comentaba que con solo 16 años había estado en la Guerra Civil Española y después en la Gran Guerra Patria, anciano flaco, arrugado y canoso dijo en inesperado exabrupto:
- Ven acá, joder, tú como comunista, ¿Cómo ves el psicoanálisis?
Observé a mí alrededor. Los sudores hacían el ambiente más cálido. Sin preámbulo respondí.
- Como una teoría desfasada, ya que absolutiza el aspecto biológico – repetí como un autómata la frase arquetípica y aceptada con respecto a esa teoría, repetida hasta la saciedad por Pérez Yera.
Emilio atinó a realizar un recorrido visual por el lugar. Mordió sus labios y de pronto sus ojos se tornaron perrunos. Apenas abrió su descuidada boca.
- Sí, parece que estamos de acuerdo chaval, ¿Pero no ves que el individualismo en el Sujeto Social, siempre está presente?
- Si así como usted lo ve, yo también lo veo – dije.
- Por eso encuentro peligroso el Psicoanálisis, por eso su contradicción con el marxismo-leninismo… su no visión colectivista de la sociedad y el individuo como ser social – no en balde decían del profesor Melgarejo, que era un poseso ideologizado.
Francisco Curbelo, un mulato alto de espejuelos con la cara muy marcada por cicatrices de un pretérito acné, casi saltó de emoción para decirme:
- La profesora Pilar Urquijo trató de hacerle el juego al Psicoanálisis hace unos años, pero yo, como Secretario del Partido de la facultad, le salí al paso y la boté de aquí, ahora esta fuera de la facultad, pero todavía muy cerca de los alumnos en el policlínico de la Universidad.
Digna Heredero Bauté, decana de la facultad, pidió un poco de calma ante el murmullo. Se viró hacia mí y me dijo:
- Ya usted debe haber comprendido su error, aunque lo haya hecho involuntariamente, es una falta suya y eso conlleva un análisis político, que no lo haremos nosotros – hizo una pausa y agregó – Espere aquí un momento. Ellos salieron discretamente y en silencio, como para que el ruido de sus pasos no les recordaran sus culpas.