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Se publicaran cuentos cortos y poesia

Jornada Poética por Juan Wilfredo Soto García, Feliberto Pérez del Sol.

¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,

pero qué injustamente arrebatada!

(MIGUEL HERNÁNDEZ: “Elegía Primera”)

Santa Clara, Villa Clara, 4 de mayo de 2012, (FCP). De cierta manera, y sin pretender acercarme a la lírica del “genial epígono de la generación del 27″, pudiera ser esta una elegía a la presente ausencia de Juan Wilfredo Soto García. Hermano que se desempeñó como ente expresivo, dispuesto siempre a trasferir al dramatismo de su Cuba, esa Cuba de todos, a cuanto oído presto se encontrase y que próximamente arribará a su primer aniversario de ausente.

Para Juan Wilfredo Soto García es esta Jornada Poética, pues su luz prosigue como también lo hace el Foro Antitotalitario Unido, movimiento cívico al que además de darle vida le dio nombre. Y de esa corriente que ayudó a forjar, el resplandor de su papel unitario espanta toda duda e irradia las siluetas conque pronto ha de amanecer.

Porque de esa idea suya brotó un sentimiento de poesía como si de un elemento sugestivo y risueño se tratase, afecto que hoy es capaz solo de atraer a una minoría adicta pero lo bastante sobria para honrarle. Su figura dialoga en la distancia y lo lírico se torna trasnochado, mas, el perpetuo esbozo que legó, es el mejor arma con que afrontar la calumnia.

A continuación la inquieta prosa que recordó la memoria sombría del hermano llevado por la bota del soldado sediento, pero hallado en cada niño con vida. De aquel que hizo suyo el dolor de los demás, cuando las madres se vestían de luto para su día, y a quien no dejaremos nunca solo en el pantano, pues con su partida la porra no murió.

Rolando Ferrer Espinoza

“A Juan Wilfredo Soto García (El Estudiante)”.

Cuando a un hermano se lo lleva la muerte

Por la bota del soldado sediento,

Él solo se ha elevado para verte

Y su alma te grita en el viento.

Busca tu hermano en la causa perdida,

Búscalo en cada persona que tiene una herida,

Búscalo en la masa enfurecida,

Búscalo en cada niño con vida.

Pero no dejes de buscar a tu hermano,

No lo dejes a merced del asesino mundano,

No lo dejes solo en el pantano,

Mantenle siempre extendida tu mano.

Porque aunque tu hermano es así de grande y de fuerte,

El soldado es del Diablo un intento,

Y como sicario carga la orden de muerte,

Y ha de llevarse de tu hermano su aliento.

Feliberto Pérez del Sol. “Lamento”.

Quién detendrá ahora el dolor habitado en ti

si con tu partida la porra no murió.

Cuando las madres se vestían para su día

se apagó tu mortífera esperanza

de alma cargada de agonía.

Horas antes tu irónica figura

inquietaba a la horda linchadora

como si de una presa herida se tratase.

De repente las miradas se volvieron todas

al inerte sitio de las flores

donde el sol todavía no se enunciaba.

De bruces en el asfalto pronuncias las palabras

y al instante, el porrazo se adueñó de tu páncreas.

De buena suerte logras divulgar tu pena

y con la calumnia en pleno desarrollo

la mentira ensanchó tu currículum

como si fuera falsa tu partida.

Quién detendrá ahora el dolor habitado en ti

si con tu partida lo porra no murió.

La vida es, Feliberto Pérez del Sol.

(Tomado del poemario en preparación Cicatrices Cercanas)

La vida es un lienzo por pintar,

una postal sin remitente,

que sanciona a quien juega dominó

y ve telenovelas por esparcimiento.

Es a veces monocroma,

si quien busca verdad en las noticias,

haya en ellas un mundo con color

aunque solo porte el gris.

Es la curva de las líneas,

que siempre parpadean al mediodía,

donde equivocarse es ir de prisa

y sonreír un signo de maldad.

Es aquello que rogamos no suceda,

por temor a que nos guste el desenlace

algo así como la idea de vivir

en un film con guión de Andy Warhol.

Es ahuyentar el viento con ropa de domingo,

amanecer en el sitio habitual

celebrar un gol aunque en out side

y luego disponer de tu verdugo.

Verano 2011.

TRANCABUCHE, Feliberto Pérez del Sol.

Cuando el ómnibus arribó al centro del municipio Minas de Matahambre, nos saludó un poblado carente de vida nocturna, y media docena de luces encendidas. En breve, la guagua en que veníamos torció a la izquierda y se deslizó suavemente por una sinuosa curva, detrás de la cual un anuncio lumínico advertía que en aquel sitio radicaba la Casa de Cultura “Joseíto Fernández”. Ya no se harían más preguntas para localizar nuestro lugar de destino, pues en la última referencia dada al chofer le dijeron que “después de la Casa de Cultura sigue recto, sube la lomita y verás la escuela”. Así mismo fue.

Habíamos dejado atrás cerca de 500 kilómetros, repartidos entre la Autopista Nacional, la Autopista Novia del Mediodía y la carretera que une la ciudad de Pinar del Río con Minas de Matahambre, pueblo al que acababa de llegar con la porfiada intención de hacerme técnico “en piedrecitas“, como suelen decirme ciertos allegados. En realidad, mi presencia allí respondía a un viejo anhelo heredado de uno de mis primeros libros de aventuras leídos: Viaje al centro de la tierra”. Estudiaría Perforación de Minerales, y aunque en el título obtenido indique Búsqueda y Prospección de Yacimientos de Minerales Sólidos a Menos de 500 Metros, mi propósito era descender a las entrañas de la tierra. Por eso, cuando cursaba el 9no grado y en el aula se presentó un hombre a hablarnos sobre la citada profesión, no lo dudé un segundo, fui el primero en anotarme para la escuela ubicada en la verde y occidental provincia Pinar del Río.

Aquella primera noche en Minas de Matahambre, nos acogió un alegre viejito nombrado Atilano, él era el encargado de recibirnos y “asegurarnos” algo de comer. Su hija, impartía clases en el politécnico donde nos formaríamos, no recuerdo bien si de Matemática o Español, en cambio, sí recuerdo que aquel centro estudiantil llevaba el nombre de “Ramón Gonzáles Coro”, había sido este un hijo de “Las Minas”, diminutivo con que los lugareños se referirán a Minas de Matahambre, que murió al intentar rescatar un colega suyo de la lucha insurreccional armada, durante la anterior tiranía.

Cuando ya todos teníamos una colchoneta, con sus características manchas de humedad, orine y esperma, Atilano nos dijo: “Ahora vamos para que coman algo”. Desde que salimos de Santa Clara, sobre los 8 a.m., no habíamos comido más que unos panes y galletas, que algunos de mis futuros compañeros de aula habían repartido de mala gana durante el viaje. Llevábamos más de 12 horas encaramados en un ómnibus nacional modelo Girón V, conocida vulgarmente como “Aspirinas” o “Peceras”, así que ya se imaginarán como nos vino aquella propuesta culinaria de Atilano.

Para sorpresa de todos, la “invitación” hecha por Atilano consistió en visitar el merendero “El Mayor”, un centro gastronómico desde donde se tenía una visión panorámica del pueblo, pues nada más pararte en su puerta principal, advertías la librería, la loma “Del Viento”, el museo, la plaza para actividades etílico-culturales, la barbería, la iglesia, nuestra escuela, la biblioteca, las oficinas de correos y muchas otras construcciones. En “El Mayor” se expendían solamente alimentos ligeros, principalmente a base de harinas, como pan y dulces, o sea, nada de arroz, frijoles, carne, u otros similares a lo que los cubanos llamamos comida. Como ya era tarde, el lugar se hallaba literalmente vacío, aunque los pobladores de “Las Minas” no eran gente de andar por las calles apenas comenzaba a caer la noche, y mucho menos en un sitio de merienda, al menos así lo percibí durante mi estancia allí, desde agosto de 1985 hasta septiembre de 1987.

En cuestión, cuando el grupo se hizo presente, algunos curiosos se sumaron a indagar por nuestro lugar de origen, pues sabían que un grupo tan numeroso, una treintena de hembras y varones, solo era posible que fueran los nuevos ingresados al politécnico. Cuando supieron que éramos de Santa Clara, el rostro se les iluminó a algunos, y no faltó quien enseguida dijera ¡Qué bueno de Las Villas! Tiempo después, conocí de algunos que tenían un fuerte raigón villareño.

Barajado el momento protocolar, del cual logramos zafarnos gracias a la jovial y oportuna “intervención” de Atilano, diciéndole a los presentes: “Dejen a los muchachos que coman algo, ya habrá tiempo para preguntas”, fue que pudimos dirigimos al pulcro mostrador, y sin reparar en la tablilla de las ofertas, la mayoría pedimos pan con croqueta.

Esta combinación era el último grito de la moda alimentaria en la ciudad que habíamos abandonado en la mañana, por eso fue que la pedimos al unísono. Las dos mujeres que estaban dentro del establecimiento, se sintieron asombradas por tal pedido, similar aptitud reinó en quienes ocupaban los restantes puestos y que ya degustaban su solicitud.

-¿Qué cosa es eso muchachos?

-¿Qué ustedes están pidiendo? Dijeron ambas con gracia campechana.

Atilano también se mostró asombrado.

Tras una breve explicación sobre el alimento en sí, dada por Gilberto “El Pionino” Pérez, las dos mujeres dijeron que allí jamás se había vendido “eso”.

Nos volteamos para repasar la tablilla con el menú, y aquello que con tanta avidez ansiábamos no estaba en la oferta, pero más raro aún, era que no lo conocieran. Fue entonces que advertí un montón de dulces alegremente alineados, comúnmente llamados en Santa Clara “matahambre”, cuyo nombre oficial es Masa Real, y pedí cuatro.

Un nuevo aluvión de voces y dedos apuntando hacia los “matahambres” se volcó sobre las vendedoras, que esta vez no podían ignorar el pedido, pues se lo estaban señalando. Ante tal desbarajuste, no atinaron mejor respuesta, que enseñar los productos en venta, con tal de adivinar el que ellas creían pudiera ser el solicitado.

Lo primero que nos mostraron fue una especie de torta dulce adornada con azúcar, a lo que Jorge Luís “La Pepi” León, respondió con un “eso no, es aquello que está más arriba”, indicación que le sirvió a la dependiente para traerle un pastel. Pero una nueva negativa afloró en los labios de Jorge Luís, quien hizo otra señalización del alimento a la mesera, y esta, sin perder la cordura, devolvió el pastel a su lugar de origen.

Mientras esto ocurría, la otra empleada ya le había enseñado a Menelio “El Lao” Agüero, a José Luís “Machín” Cárdenas y a Oscar Luís Castillo, un bizcocho, un vaso con dulce de leche, un pomo de yogurt y hasta una botella de ron Guayabita del Pinar.

A esta altura de los hechos, y viendo que aquello podría desembocar en algo grotesco, pedí un poco de orden a mis coterráneos y me decidí a explicarle a la dependienta, que cosa era y donde se encontraba el dichoso “matahambre”. Debo aclarar, que todo esto se realizó sobre una base de respeto y urbanidad.

Cuando el silencio reinó en el merendero, le dije a la vendedora:

-“Mira niña, es aquello cuadradito que está dentro de la segunda vitrina de mallas, lo que tiene una almibita en el medio”.

Un total alivio se notó en el rostro de aquella mujer, que sin dar motivo alguno de disgusto, me dijo festivamente:

-“¡Ah chico, tú lo que quieres es un trancabuche”!

De más esta decir el largo rato que estuvimos riéndonos del calificativo con que se conocía en Minas de Matahambre, a nuestro “matahambre”. Esto sucedió una de las últimas noches del mes de agosto de 1985.

Oliendo tu Cuerpo, Guillermo Fariñas Hernández. Poesía.

Hoy es domingo, pero no amanecimos acostados juntos

Y mi maltrecho y enfermo cuerpo se siente demasiado estropeado

Debido a que fui apaleado y arrojado a una celda fría, donde ni puedo oír tu voz

Mi vida se trasluce a solo gritar, pero mi deseo por ti no ha menguado.

Aquí en la ergástula vivo soñando en penetrar tu sexo en la complicidad de la noche

Cuando la indiscreción y el cansancio de todos aquellos que nos vigilan decaiga

Tu femenil, además de esencial, roce en mi piel se quedará sin mi erótico reproche

Mientras, el Amor por ti, día a día en mi corazón se arraiga.

No existe un milímetro en tu piel, que ya yo no haya explorado

Con mi serpiente bucal de color rojo, que es curiosa, húmeda y viscosa

Qué bien me siento yo, junto a tu cuerpo por mi tan deseado

Aquello que logras, cuando tú me mojas, no lo puede describir ninguna prosa.

Que nos importa, que muchas veces gritemos bien alto por quedar satisfechos

Pues dicen los socialmente aceptados Tratados de Moral, que no está bien

Serán tan felices algunos hombres al quedar tan maltrechos

O podrán satisfacerse con solo palpar una lozana sien.

¿Quién me obligará, a no ponderar a gritos tus exquisitos senos?

¿Por qué no podemos besarnos en público hasta intercambiar saliva?

¿Cuál es tu truco, hacerme sentir feliz, estando nuestros cuerpos bien ajenos?

¿Dónde está la ley que asegura, que aunque no cantes, no serás mi Diva?

Ese perfume de entre tus piernas huele muy fuerte

Una fragancia que mi nariz, tiene perfectamente bien identificada

Sí Dios decide llevarme, ojalá ese sea el último olor antes de mi muerte

Nadie puede tomarme a mal, porque así huele mi hembra amada.

“Apóstol de la Libertad”, Carlos Valhuerdi Obregón. Poema.

Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 27 de enero de 2012, (FCP).

APÓSTOL de la LIBERTAD.

Clama hoy la Patria por tu ausencia

Preclaro soñador del ojo en vela,

Fatigados de cargar largas cadenas

Que lobos de voz melosa le impusieron,

Con la hoz y el martillo entre sus garras

Y promesas no nacidas les ataron.

Esclavos de un tirano, viviendo en el terror,

Cansado está el cubano de tanto desamor.

Añoramos tu verbo diáfano y sincero,

Que convoque nuevamente a la unidad,

Pues Cuba necesita batir alas,

Y volar nuevamente en libertad.

Es urgente sembrar las rosas blancas

Y repartirlas a todos por igual

Evitar se pierda la cosecha

De los retoños de la honestidad.

Te convoca hoy la Patria con sus hijos

¡Oh Apóstol de la Libertad!

No desoigas los ruegos y gemidos

De los que claman por justicia y pan,

Salva a Cuba de esos forajidos,

Necesitamos tu decoro y dignidad,

Para arrancar del alma los grilletes

Para exigir por fin la libertad.

Nota: Escrito en conmemoración del 159 aniversario del natalicio de José Martí y Pérez, El Apóstol de nuestra independencia del colonialismo.

Y tú Poeta ¿De que Lado Estás? Feliberto Pérez del Sol.

Y tú poeta ¿de que lado estás?

Junto el bardo que llena su cuaderno

de pétalos, denuncias y de sangre

arriesgándolo todo en cada nota

o del que no expone su sentir

para no arriesgar su próxima edición.

Y tú poeta ¿de que lado estás?

Cerca del obrero que ya debe su jornal

con el mes todavía por la mitad

o con aquel sindicalista

que no exhibe el perenne bostezo proletario.

Y tú poeta ¿de que lado estás?

Próximo al labriego que soporta con recelo

el eterno cacheo del guardián

o del oficial que le mostró por saludo un insulto

y por adiós tal decreto ley.

Y tú poeta ¿de que lado estás?

Con quienes viajan de autostop

y llegan siempre tarde a los conciertos.

Con los estudiantes que repiten sus zapatos

sin dinero para un hot dog nacional.

O junto aquellos con mamita en Venezuela

que exhiben el móvil por la calle.

Por fin poeta:

¿Por qué no estás del lado donde no es obligado estar?

Donde no se puede estar, porque los poetas van a pasar.

Llamada, Carlos Valhuerdi Obregón. Poesía.

Mujeres que de blanco visten,

Y encaran terrible soledad,

Desfilen por las calles con arrojo,

Y griten por los mudos: ¡Libertad!

Enséñenle a este pueblo sus derechos,

Desfilen con decoro y dignidad,

Mostrándole a los hombres un camino,

Que arrase con temores y maldad.

Pues Cuba necesita sus esfuerzos,

El pueblo reconoce su accionar,

La Patria encadenada está de luto,

Y sufre y se desangra sin piedad.

Un puñal traicionero y el veneno,

Pretendieron enmudecer a la Pollán,

Pero Laura se yergue victoriosa,

La palma del martirio le realza.

Y cual Juana de Arco resurgida,

Al frente de este pueblo la coloca,

Su pequeña estatura se agiganta

Su voz es clarín que llama a continuar.

A YASMÍN CONYEDO RIVERÓN, por su sentido común. Feliberto Pérez del Sol. Poesía.

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“Di la verdad y después deja que cualquier cosa ocurra…”. Heberto Padilla.

Si quienes aplauden el horror

te suman cada día un nuevo epíteto

yo, que apenas te conozco

se de otros que te sobran.

Escribe siempre la verdad

aunque a ratos el tirano se incomode

y enfile hacia tu hogar

sus monótonas hordas del oprobio.

Aunque tu cuerpo sea deshecho

por un ejército de inteligencia limitada

incapaz de armar un puzzle infantil,

di siempre la verdad.

Grita siempre la verdad

aunque, de mes en mes, vayan tus huesos a parar

a la celda de un cuartel

que tu osamenta ya conoce.

Aunque las migajas del pan recompensado

se te tornen más difícil cada día

y el hambre ronde tu morada,

escribe siempre la verdad.

Di siempre la verdad

aunque se agravie el comunista

que al estar hecho de otra fibra

no concibe semejante proceder.

Aunque tus mañanas se te ausenten

del tiránico vivir desesperado

ayuna en el reclamo de los tuyos

y grita siempre la verdad.

Te Acuerdas de Emilio o Aquellos Días de Abril, Feliberto Pérez del Sol. Cuento.

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Te acuerdas de Emilio Rojas Chon, aquel que vivía de la escuelita pa´rriba, que siempre iba a clases con unas botas amarillas de goma, de las cuales emanaba un fuerte olor a sicote y que siempre traía una hierba entre los labios.

Tú no tienes mala memoria, debes acordarte bien, era nieto de Andrés, a quien le decían El Koreano, por que era el único negro achina´o del barrio, pero él decía que no era chino, que sus abuelos habían nacido en Corea, y le habían dicho que los chinos eran malos, por eso decía que era coreano, y por eso todos le decían El Koreano, aunque había nacido en Cuba.

Deberías acordarte de Emilio, porque a pesar de toda aquella descendencia de chinos y negros que tenía, era blanco como el papel, tan blanco era que le decían El Albino. A su abuela le decían Jacinta La Bizca, por que cuando niña se le encajó una espina de aroma en el ojo y el padre no pudo llevarla al hospital porque estuvo lloviendo como seis días y ellos vivían al otro lado del charco Del Miedo, pero aun así, cada vez que invadíamos sus “mangales”, a robarles algunos mangos, nos identificaba como si no tuviera tal padecimiento.

Tienes que acordarte de él, porque vivías enamorado de su hermana mayor, que no era tan blancuzca como él y por la que siempre estabas fajado con otros por ese asunto, aunque ella nunca se enteró del amor que tú sentías por ella en silencio.

Es imposible que no te acuerdes de Emilio, era el único niño del aula que no usaba la obligatoria pañoleta azul y blanca de aquellos días, fue el primer niño Testigo de Jehová que existió por aquí, no se te puede haber olvidado, por que el maestro siempre nos decía que le golpeáramos que él no nos iba a regañar por eso. Era hijo de Josué y de Mirta, el matrimonio que vendía los dulces de coco con almendra más rico del barrio, hasta que a los dos los metieron presos por el asunto ese de inculcarles a Emilio que no saludara la bandera y que no cantara el himno, y tu papá decía que no te juntaras con él, por que a ellos los habían mandado a la cárcel por tratar de cambiarle el cerebro a los otros niños, no se te puede haber olvidado.

No te acuerdas cuando una mañana de abril de 1980, vinieron a buscarnos a la escuela para ir a su casa a gritarles a él y toda su familia, que se fueran del país, que ellos no merecían vivir en un país como este, que ellos eran unos gusanos y unos lumpen, que pertenecían a la capa social más baja y sin conciencia de clases. Tienes que acordarte, por que aquello duró una pilade días con sus noches, y mientras aquello duró, Emilio no fue más a la escuela, para ti fue como un juego, pues tu papá era de los organizadores principales de aquel acto de repudio y de otros que se organizaron en el barrio y siempre te ponía en primera fila, por eso imagino que te acuerdes de Emilio.

Pues bien, a lo que vine no fue a preguntarte si te acordabas de Emilio o no, sino a decirte que está de visita en Cuba después de 30 años y quiere reunirse con todos los que estábamos en su aula, me pidió que me encargara de eso. Si vieras lo distinto a nosotros que está, y eso a pesar de tener nuestra misma edad, parece que adonde se fue los años son más cortos, no lo vas a conocer, pero tienes que acordarte de él, no se te puede haber olvidado su rostro, pues bastante huevos que le tiraste aquellos días de abril.

El Proceso, a Lo Académico, Guillermo Fariñas Hernández.

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Sorprendido por aquella irrupción, quedé anonadado ante la avalancha. Ahí estaban todos mis profesores altos, bajos, calvos, peludos, gordos y flacos, una jauría perfecta para incriminarme de un crimen que nunca fue. Rostros feos o agradables que me miraban y hacían sentir nervioso. Me costaba trabajo encontrar en quién apoyarme. El silencio del salón se convirtió en un murmullo y apenas se podía escuchar el ronroneo de la máquina del aire polar.

Al volverme me percaté que los papeles que antes estaban desplegados en la mesa habían desaparecido y sólo vi las espaldas de los anteriores interrogadores.

El alto oficial ladeo la cabeza y se volvió a mí:

- Bueno muchacho, a mí me mantendrán al tanto de cómo evolucionará esta situación. Estos profesores hablarán contigo.

Dejó el salón y se perdió entre los vericuetos del pasillo. Los profesores caminaron hacia la mesa y se fueron sentando uno al lado del otro sin orden de jerarquía. Me miraban a los ojos con cierto aire de autosuficiencia.

La decana Digna Heredero Bauté – pensé – comenzaría a gesticular y a hablar como si dirigiera una conferencia. Vestía elegante, una blusa azulada y con pantalones. En el cuello, un collar de piedras redondas artificiales que imaginé tararearía una sinfonía en cada gesto de su cuello. Yo procuraría no ofender, sin embargo, ella no fue la que comenzó. Lo hizo Emilio Melgarejo Merino, cubano-español, delgado y desgarbado con aires e ínfulas de gran doctor, me abrió los brazos en abanico sobre la mesa barnizada y me preguntó:

- Vamos a ver chaval, ¿Guillermo, no?, ¿Tú encontraste algo bueno durante los dos años de estudios en una academia militar en la Unión Soviética?

Miró imperativo haciendo una vista panorámica por todo el lugar. El Doctor Armando Pérez Yera levantó su rostro hasta ese momento escondido y dijo:

- Entendámonos, pero yo y mis colegas no comprendemos el por qué del empeño de defender a Freud y los conceptos en que se basan sus teorías.

Estuve unos minutos preocupado y después tenía la certeza que este debate intelectual poco tenía que aportar, pero les seguí el juego.

- Que yo sepa, nunca he defendido a Freud – hice una pausa y recorrí con mi mirada a todos los de la sala, parecía un tribunal del medioevo – ¿Pero quiénes somos los acusados? – pregunté.

El profesor Pérez Yera tomó en sus manos una hoja mecanografiada de las dejadas por el Coronel y que yo no había notado. La levantó como un banderín y luego de colocarse con pose de lector comenzó a descifrar la lista.

- Además de usted, también están Dania Benet, Mayra Bustos, Carlos Cabrera, Arturo Córdova, Aymeé Díaz de Villegas, Iván Hernández, Rafael Mesa, Manuel Rosabal, Felipe Salazar y Roberto Salazar, esos solo de su año académico, y están también Raquel Buchillón, Martha Cañizares, Ramón Humberto Colas, Abel González, Benito Jiménez, Reinaldo Orrutinier, Lisette Riera, Roberto Sariol, Ezequiel Toledo y Marte Valdés Ibargollín de años inferiores y superiores – suspiró con histrionismo y dejó caer el papel sobre la alargada mesa.

El aire estaba fatigoso. Respiraba el sudor de los otros. Apenas la máquina refrescante podía relajar la tensa atmósfera.

Cuando oí todos los nombres no salía de mi asombro. Casi todos éramos militantes de la Unión de Jóvenes Comunistas.

- ¿Pero qué hemos hecho incorrecto nosotros, que no haya sido estudiar? – me dirigí al profesor Pérez Yera.

- ¿Ustedes? Han realzado la figura de Freud – dijo mientras se pasaba la mano por la cabeza despeinada.

Volteé la cabeza para encontrar su rostro, ahora el color de la piel del profesor Pérez parecía más amarillento.

- Profesor, usted mismo dice en clases, que busquemos bibliografía sobre los temas fuera de la universidad ¿no? – dije.

Estuvo un momento turbado. Sonreí. Los demás lo miraron con envidia y esperanzadoramente, cual los lobos miran a un indefenso ciervo antes de comérselo.

- Sí, les aconseje a todos mis alumnos eso, pero nunca especifique y mucho menos con Sigmund Freud – dijo mientras tragaba saliva mientras se ponía a la defensiva.

- Pero usted nunca hizo esa aclaración en clase y yo no falté a ninguna – dije agresivamente irónico.

- Bueno, este, yo… – no dijo nada. Trató de buscar las palabras exactas, pero su mente estaba en blanco.

La profesora Tomasa Hernández, de la asignatura Psicología de las Edades, era una trigueña de unos 35 años, era alta, de senos prominentes, desnalgada y con unas piernas muy delgadas, a la que apodaban “La Ubre Blanca Canilluda”. Levanto el mentón e hizo una pregunta.

- ¿Nos gustaría saber, si en algún momento la profesora Pilar Urquijo los estimuló a buscar obras de Freud?

- Por lo menos a mi no – dije.

- ¿Y conoces de alguien a la que ella se lo haya sugerido? – volvió a insistir en el tema.

- No, tampoco.

El profesor Mario Uría, quien era bastante joven, de cabello negro y mediana estatura me miró frío. Su comportamiento era demasiado antinatural. Hablaba arrastrando las erres.

- ¿Pudiera ser, alumno, que la inducción a admirar tanto el Psicoanálisis, le haya venido por su cercano trabajo con el Psiquiatra Infantil Isidoro Sánchez?

- No veo porque – dije mientras me frotaba la barbilla.

- Nosotros tenemos la mejor opinión sobre el doctor, pero hay que aclararlo todo – dijo autosuficiente el profesor Uría. Se alisó la camisa impecable y al no recibir las respuestas que deseaba se quedo en silencio.

Pensé que todo había terminado, pero Emilio Melgarejo, del que se comentaba que con solo 16 años había estado en la Guerra Civil Española y después en la Gran Guerra Patria, anciano flaco, arrugado y canoso dijo en inesperado exabrupto:

- Ven acá, joder, tú como comunista, ¿Cómo ves el psicoanálisis?

Observé a mí alrededor. Los sudores hacían el ambiente más cálido. Sin preámbulo respondí.

- Como una teoría desfasada, ya que absolutiza el aspecto biológico – repetí como un autómata la frase arquetípica y aceptada con respecto a esa teoría, repetida hasta la saciedad por Pérez Yera.

Emilio atinó a realizar un recorrido visual por el lugar. Mordió sus labios y de pronto sus ojos se tornaron perrunos. Apenas abrió su descuidada boca.

- Sí, parece que estamos de acuerdo chaval, ¿Pero no ves que el individualismo en el Sujeto Social, siempre está presente?

- Si así como usted lo ve, yo también lo veo – dije.

- Por eso encuentro peligroso el Psicoanálisis, por eso su contradicción con el marxismo-leninismo… su no visión colectivista de la sociedad y el individuo como ser social – no en balde decían del profesor Melgarejo, que era un poseso ideologizado.

Francisco Curbelo, un mulato alto de espejuelos con la cara muy marcada por cicatrices de un pretérito acné, casi saltó de emoción para decirme:

­­- La profesora Pilar Urquijo trató de hacerle el juego al Psicoanálisis hace unos años, pero yo, como Secretario del Partido de la facultad, le salí al paso y la boté de aquí, ahora esta fuera de la facultad, pero todavía muy cerca de los alumnos en el policlínico de la Universidad.

Digna Heredero Bauté, decana de la facultad, pidió un poco de calma ante el murmullo. Se viró hacia mí y me dijo:

- Ya usted debe haber comprendido su error, aunque lo haya hecho involuntariamente, es una falta suya y eso conlleva un análisis político, que no lo haremos nosotros – hizo una pausa y agregó – Espere aquí un momento. Ellos salieron discretamente y en silencio, como para que el ruido de sus pasos no les recordaran sus culpas.