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¿Nuclear? No, Gracias (I), Carlos Alberto Martínez Muñoz.

El Condado, Santa Clara, 10 de agosto del 2012, (FCP). Acaban de conmemorarse dos tristes efemérides, el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945 respectivamente. El holocausto nuclear que sufrió el pueblo nipón es un lamentable ejemplo de los terribles daños que pueden ocasionar los adelantos científicos en manos de seres ansiosos de poder.

Brillantes descubrimientos físicos de las postrimerías del siglo XIX e inicios del XX prepararon la pista de la carrera hacia la bomba atómica. El primer aporte se debe a Henri Becquerel, un físico francés, quien descubrió en 1896 una radiación desconocida emitida por sales de uranio, la cual fue bautizada por Marie Curie como radioactividad.

En 1897, el físico británico J. J. Thompson descubrió la existencia de partículas negativas con masa mucho menor que la del átomo de hidrógeno, y con ello la “divisibilidad” del indivisible átomo. E. Rutherford reportó en 1899 los rayos alfa y beta en la emisión radioactiva del uranio y el descubrimiento del radón, nuevo elemento radioactivo.

Poco antes de que Rutherford descubriera el radón, los esposos Pierre y Marie Sklodowska Curie nombraron otros dos elementos radioactivos, el radio y el polonio. Fueron ellos quienes demostraron en 1900 que los rayos beta tenían carga negativa, mientras que en el mismo año el físico francés P. Villard descubría los rayos gamma.

Rutherford y el químico inglés F. Sody resucitaron la Alquimia medieval en 1903, sobre una base científica, al elaborar la teoría de la desintegración radioactiva, de la cual se desprendía como evidente corolario la transmutación de los elementos químicos. Durante sus estudios, Rutherford logró establecer que los rayos alfa poseían carga eléctrica positiva.

Se sucedieron varios modelos que pretendían explicar la estructura de los ahora “divididos” átomos. El modelo de “pudín con pasas” de Thompson en 1903, el modelo planetario de Rutherford en 1911 y el modelo cuántico de Niels Bohr en 1913, contribuyeron inmensamente a la comprensión del micromundo de las partículas elementales.

Aportes como el descubrimiento del principio de la equivalencia entre la masa y la energía por Einstein –el cual permitiría luego calcular la energía almacenada en el núcleo atómico-, la primera reacción nuclear artificial y la hipótesis de la existencia del neutrón por Rutherford, hicieron avanzar a saltos la Física.

Isaac Newton y su mecánica clásica fueron desplazados por el paradigma emergente de la mecánica cuántica, cuyos postulados se ampliaron y fortalecieron en los años 20. Mentes geniales, como Erwin Schrödinger, Paul Dirac, W. Heisenberg, N. Pauli y el propio Bohr, contribuyeron a ello.

Fréderic e Irene Joliot-Curie descubrieron la radioactividad artificial y obtuvieron radioisótopos artificialmente en 1934. En la ceremonia en que ambos recibieron el premio Nobel de Química, en 1935, Fréderic advirtió sobre la posibilidad de ocurrencia de reacciones en cadena que liberasen gran cantidad de energía.

Solo tres años después, en 1938, Otto Hahn, Lise Meitner y Fritz Strassmann dieron inicio a la Era Atómica, con el descubrimiento de que el uranio se dividía en partes aproximadamente iguales bajo bombardeo de neutrones lentos. Tomaron de la Biología el término fisión, y acuñaron el fenómeno con el nombre de fisión nuclear.

Para conocer la cantidad de energía que se liberaba en el proceso, calcularon la diferencia entre la masa del núcleo de uranio y la suma de las masas de los nuevos núcleos producidos por fisión. Al aplicarle a la diferencia la fórmula de Einstein, esta arrojó la gigantesca cantidad de 200 millones de electronvolts.

Al año siguiente, la información sobre el descubrimiento de la fisión fue hecha pública en Copenhague por Otto Frisch, físico sobrino de Hahn. Se abrían así las puertas al uso y abuso de una nueva fuente de energía: la energía nuclear, la cual sería luego utilizada por gobernantes antidemocráticos con oscuros propósitos.