El Estudiante, Diálogos al Pie de la Muerte, Feliberto Pérez Del Sol.

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Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 13 de mayo de 2011, (FCP). Jamás imaginé, que un breve encuentro con Juan Wilfredo Soto García, el pasado jueves 5 de mayo, en el hospital Arnaldo Milián Castro, sería el último con este abrumado ser. El Estudiante, como le decían, después de conocer las cárceles cubanas con apenas 17 años, estaba en el citado centro médico, tras recibir una golpiza, que según me contó, le propinaron varios policías.

Me había personado en dicho hospital, por un aviso urgente, de que Wilfredo se dirigía hacía allí, víctima de una golpeadura, y como el llamado fue tan conciso, no reparé en partir. Lo hallé, con su figura ingente y serena, y si bien, esto ahora pueda resultar un tanto impropio, no traía el rostro de la muerte consigo, esta se lo carcomía por dentro.

Conciente de que fui de los últimos en verlo con vida, paso a contar, cuanto recuerdo de aquel lúgubre “testamento verbal”, ocurrido el mediodía del 5 de mayo de 2011. Llegué al “Hospital Nuevo”, y pregunté en el Cuerpo de Guardia por Juan Wilfredo Soto García, pero como allí no recogen los nombres de quienes llegan, no hallé respuesta.

Acto seguido lo describí físicamente, aunque sin detenerme a detallar las causas de su presencia, pero una vez más no pudieron ayudarme. Sabía, que lo mejor sería esperar, y decidí hacerlo en unos bancos cercanos, donde tenía una vista panorámica de todo el que saliera del recinto.

Pasaron cerca de tres minutos, cuando lo vi entre una multitud apilada en la puerta, por donde se visita a los hospitalizados. Al acercarse, le noté algo de gracia pueril, parecía un escolar, a quien le habían hecho un análisis de sangre, pues traía su mano derecha con el puño cerca del hombro y la otra pegada a la espalda, sonrió y me dijo: “hermano esta gente me dieron pa’ llevarme”.

Con estas palabras martillándome el oído, le pregunté como se sentía. “Me inyectaron un fármaco para el dolor y me dijeron, que dentro de media hora fuera para hacerme una placa de esto acá atrás”, y se tocó como pudo la zona de la espalda. “El dolor de las muñecas por las esposas no es nada comparado con el dolor cercano a los riñones”, me señaló.

Lo invité a sentarse en uno de los bancos y alegó, “que sentado era peor, que parado era más fácil de soportar el dolor”, por lo que no le insistí. Le solicité entonces, me refiriera como fueron los hechos y narró lo siguiente:

“Estaba en los portales del hotel Santa Clara Libre, cuando una mujer y tres hombres vestidos de policía se me acercaron, uno de ellos me dijo, que tenía que irme de allí, le dije que aquello era un lugar público y que no me iba a ir”. “Si volvemos y te encontramos aquí, vas a tener problemas, me dijo el mismo guardia y todos me dieron la espalda”.

Medité unos segundos lo que iba a hacer y me dirigí hacia la esquina, que forman la calle Tristá y Parque Vidal, cerca de donde venden las flores”. “Cuando vi al que me había amenazado y a los otros tres, caminé hacía ellos y empecé a gritar ¡Abajo los policías corruptos! ¡Abajo los policías ladrones! ¡Abajo los hermanos Castro…!

“…Enseguida me tiraron al piso y me esposaron, empezaron a golpearme y yo seguí gritando…”, en ese momento hizo una pausa, y se quejó nuevamente del dolor. Quizás los golpes comenzaban a resquebrajar un cuerpo, que conocería su fin, en las próximas 60 horas. “…Fili, te voy a decir algo, como tú eres escritor y esas cosas…”, le corté el diálogo, pues lo noté torpe al habla.

Tuve miedo, que en su esfuerzo por relatarme cada detalle, se desmayara. Pero siguió… “mientras yo gritaba, un silencio absoluto reinaba en el parque (Vidal), nadie me gritó gusano, contrarrevolucionario, pro yanqui, ni ningún otro adjetivo de esos que usa el gobierno para denigrarnos, me sentí libre y haciendo el bien…”.

Consulté la hora, era cerca de la 1 p.m., ya había transcurrido el tiempo establecido para la prueba de Rayos X, que le prescribieron, así que lo exhorté, para que fuera a hacérsela. Al retirarse me dijo: “Si viene algún otro hermano, cuéntale de lo mío, y que me espere”. Al volver, venía junto a Héctor Bermúdez Santana y traía doliente el semblante, después de una breve charla me relató:

“No sé porqué había tantos jerarcas de la Seguridad (del Estado) dentro del hospital, pero me sentí como si yo fuera importante…”. Se marchó con Héctor en un carro de alquiler y lo siguiente, que escuché sobre él, fue que había muerto, en las últimas horas del sábado 7 de mayo de 2011. Esto lo escribí el 9 de mayo, sin haber oído el parte oficial, de cómo murió Soto García.

Hoy, conocido el desespero oficial por justificar este deceso, pregunto: ¿Por qué una persona con las patologías enunciadas en la nota de prensa oficial, a la que incluso se le practicó una radiografía el día 5 de mayo, no se decidió ingresar al menos en la sala de observación y se le permitió marchar a su casa? ¿Acaso para que muriera en ella?

Wilfredo Soto, El Estudiante, durante una de sus diarias visitas al parque Leoncio Vidal.IMAGEN TOMADA.

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