Plácido, Huérfano y Nuestro, Feliberto Pérez del Sol.

Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 29 de junio de 2012, (FCP). Un estudio realizado días atrás por este redactor a una veintena de santaclareños, arrojó que la mayoría sabía de una calle llamada “Plácido”, aunque ignoraban el porqué del nombre. En cambio, al decirles que ese fue el seudónimo usado por Gabriel de la Concepción Valdés, poeta cubano del siglo XIX a quien le debemos el nombre que hoy lleva el río “Bélico”, el asombro reinó en la mayoría.

Debo decir que el efecto de tal pesquisa me alarmó, mas, no por ello dejan de ser mis coterráneos conocedores de la cultura histórica local o nacional, solo que esta es tan basta que es difícil dominarla toda. Para apoyar lo anterior centro este artículo en la vida de Plácido, el Poeta Mártir, pues uno de mis consultados fue quien me advirtió sobre la cercanía de su fecha de muerte.

Precisamente ayer se arribó al aniversario 168 de su fusilamiento, alevoso hecho que acabó con el bardo de “vida errante y muerte infeliz”, según el decir del periodista, escritor e investigador de literatura hispanoamericana Salvador Bueno. Pero mejor es ahondar en esta vida regida por la orfandad y extinta por un amañado caso de alevosía española desde el principio.

Plácido nació en La Habana, en 1809, de una relación marital ilegítima, por lo que fue depositado en la Casa Cuna de dicha ciudad, de ahí el típico apellido Valdés que lleva todo niño expósito de entonces. Aun así, su rostro de enjutas carnes y piel indecisa entre blanca y mulata asomó a la literatura insular de modo triunfal con el poema “La Siempreviva”.

Poesía esta que junto a la de otros escritores cubanos se brindó en 1834, nada menos que durante una Aureola Poética por las musas del Almendares, al también poeta y ministro de la Corona española, Martines de la Rosa. Pero para lograrlo, hubo de afrontar Plácido a una sociedad que no cesaba de juzgar el tono de la piel como don previo para un buen desarrollo literario.

No obstante, para que su obra quedase recogida por las letras cubanas de la época, y llegara a nuestros días, le bastó solo uno de sus poemas: “Jicotencal”. Composición que el erudito e historiador español Marcelino Menéndez y Pelayo calificó como: “magistral y primoroso romance que Góngora no desdeñaría entre los suyos”.

Quien se detenga en dicho romance notará como Plácido embiste, si bien de modo diagonal pues ubica los hechos fuera de Cuba, contra la esclavitud imperante en la Isla. Tesis que cobra vida cuando escribe: “Tornad a México esclavos, Nadie vuestra marcha turba, Y decid a vuestro amo, Vencido ya muchas veces, Que el joven Jicotencal, Crueldades como él no usa…”.

Muchos son los del criterio, como es el caso del periodista y escritor habanero Víctor Manuel Domínguez, que tras el licencioso cambio de locación ven en “el joven Jicotencal” al propio Plácido. Quien sabido ya vencedor, después de un acto homérico, y quimérico, expulsa a las autoridades españolas y a sus crueles esclavistas de su tierra amada.

Pese a que “Jicotencal” recibió la fina crítica de Menéndez y Pelayo y su poema “Plegaria a Dios” se tradujo a varios idiomas, la fatalidad de Plácido seguía regida por algo más que el color de su piel. Algunos poetas le imputaban que comerciara sus textos, se dice que José Jacinto Milanes, primer ingenio poético cubano, pensaba en él cuando escribió “El poeta envilecido”.

Incluso Manuel Sanguily, abogado, periodista y combatiente de la Guerra de los Díez Años, le refutó la autoría de los sonetos “La fatalidad” y “Despedida a mi madre”, así como las odas “Adiós a mi lira” y la citada “Plegaria…”, composiciones escritas todas en prisión. Sitio a donde fue a parar acusado de preparar una conspiración contra el gobierno colonial.

Errado estuvo Sanguily, como también quienes le criticaban por vender sus tiernos escritos con temas de cumpleaños, bodas y bautizos o una poesía elogiosa que después algún joven adinerado enviaba a su amada como suya. El primero se deshizo como pudo de dicha opinión, mientras los segundos no tenían la perentoria necesidad, como Plácido, de vender sus poesías para comer.

Para 1844, Leopoldo O´ Donnell es nombrado Capitán General en Cuba y desata un acoso contra cubanos liberales y personas de color, Plácido, poeta conocido es mal visto por el mando español y no escapa al encierro. Una vez allí, su frágil voluntad es quebrantada y nombra a algunos cubanos célebres por sus ideales liberales, pero no firmó su delación.

Condenado a muerte ya nada pudo hacer, la mañana del 28 de junio las balas del oprobio español le acribillaron por la espalda, como traidor a España. Tenía al morir 45 años, por lo que tuvo una vida corta e imprevista, como corta es la calle que hoy lleva su nombre e inesperada se observa la vida del río que nombró.

Su rostro de enjutas carnes y piel indecisa entre blanca y mulata asomó a la literatura insular de modo triunfal con el poema La Siempreviva

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