Rubén el Albañil, Feliberto Pérez del Sol.

Rubén fue uno de los tantos albañiles del barrio Loma de Belén, que tras el llamado nacional de 1960 para ingresar en el ejército se sumó inmediatamente al auxilio de la patria. Rubén, quien hasta la fecha solo conocía de una comida al día, al igual que muchos de sus amigos de profesión, no lo pensó dos veces. Además, se dijo, si guataqueo un poco seguro alcanzo algún grado militar de categoría.

Inmerso ya en los ajetreos militares, descubrió en ello un nuevo y cómodo medio de vida, y para compensar lo abultado del salario que percibía por defender la patria siempre dio el paso al frente cada vez que pedían un voluntario para una riesgosa misión. Por tan sacrificada actitud ascendió rápidamente a sargento y nunca más tocó su vagón, su cuchara ni su cajón de albañilería, desde entonces abandonó los tradicionales instrumentos del duro oficio, y acompañó sus manos con un fusil de fabricación soviética.

Poco tiempo después de aquel ascenso, fue designado hacia los contornos del embalse Gramal para que vigilara a un grupo de personas desafectas a la Revolución que vivían en la zona, lo acompañarían tres milicianos y un capitán de apellido Jiménez. Según le informaron, los conspiradores se reunían por aquel sitio a jugar baraja, dominó y dados, pero lo que realmente hacían era colectar armas, comida y ropa para las guerrillas anticomunistas levantadas en armas en el Escambray. Para la tarea, les habilitaron una pequeña garita con dos literas, varias latas de carne, otras tantas de galletas, arroz, aceite, sal, un teléfono de manigueta y una linterna.

Por decisión de Jiménez se formaron dos turnos con igual número de personas cada uno para la ronda nocturna, uno lo haría de 8 p.m. a la media noche, y el otro cubriría la madrugada hasta cerca de las 4 a.m. De esa hora en adelante todos dormirían, pues descartaban que aquellos colaboradores “jugaran” hasta tan tarde.

Jiménez, quien se hallaba al frente de la aguerrida tropa, y superior al fin, no velaría, y como tenía parientes cercanos en la región dormiría en casa de uno de estos. Esa primera noche a Rubén le correspondió el segundo turno y no notó nada sospechoso, tampoco notaron algo extraño los de la dupla anterior. De idéntico modo se comportaron las dos siguientes semanas.

El sábado 14 de noviembre de 1960, pasadas ya las 10 de la noche, Rubén practicaba su segunda vuelta por aquellos oscuros parajes, y un tenue susurro venido desde una casucha cercana a la represa, pero distante de su teatro de operaciones, le motivó a acercarse al lugar. No se lo notificó a su colega de turno, pero sí le dijo que podría dormir si así lo deseaba, pues él terminaría solo la guardia. Pensaba que si allí se encontraban los desafectos a la patria actuando a que jugaban al prohibido y les ocupaba aunque fuese solo una bala, obtendría por fin el grado de teniente.

Tomó el borde del camino y se orientó hacia la cabaña, no sin antes cerciorarse de unos arbustos que le servirían de trinchera por si había algún tiro rega’o, una vez ya frente a la puerta dio dos toques y un mutis total se esparció en la oscuridad, del interior no se escuchó respuesta alguna y el cuchicheo que instantes antes adornaba la madrugada se apagó. Tras un nuevo intento se oyó el crujir de unas oxidadas bisagras y un fornido joven apareció. En el umbral de la puerta, con un revolver a la cintura y el torso desnudo, se hallaba el capitán Jiménez.

De inmediato Rubén tomó la postura de firme que tiene orientado adoptar cada vez que alguien de mayor graduación se le para delante, pero Jiménez con un gesto omiso le invitó a que pasara a la posición de descanso.

Disculpe capitán Jiménez, balbuceó como asustado Rubén, pensé que eran los hombres que estábamos velando, por eso me dirigí hasta aquí.

Tranquilo sargento, dijo con firmeza el capitán, estos son guajiros de bien que viven por aquí y vienen a pasar el rato con el guardia de la presa, quien tiene el único radio de todo esto. Siga su ronda y manténgase atento, que yo respondo por ellos.

Rubén se retiró de prisa, su cabeza era entonces un hervidero de preguntas ¿Por qué si solo oían la radio la apagaron cuando llegué? ¿Qué hacía Jiménez allí? ¿Por qué los otros no se mostraron? ¿Cuántos eran? ¿Cómo sabré bajo cual de ellos está de resguardo la presa? Algo le invitaba a regresar, aquí hay gato encerra’o se decía, y tengo que averiguarlo. Se alejó lo suficiente por si lo seguían con la vista y tras andar poco más de 300 metros por el terraplén se adentró en el monte.

Con esta serie de dudas trazó un plan, pensó buscar a su camarada pero la idea de hacerse teniente se lo impidió. Regresó por la maleza y se acercó como pudo a la parte trasera de la casucha. Redujo el hálito al límite hasta que se percató que allí no había nadie. Entonces oyó a lo lejos unos tiros que venían rumbo de la garita y hacia allá partió.

Tardaría unos cinco minutos en llegar, y al hacerlo halló un raro campo de batalla, sobre la fría hierba yacían muertos dos perros jíbaros, mientras su compañero de ronda exhibía sus brazos y piernas tintos en sangre, víctima de las feroces fauces caninas, pero milagrosamente con vida gracias a la oportuna puntería del capitán Jiménez. Rubén no podía entender como Jiménez llegó a la garita antes que él, tampoco por qué los otros dos soldados no auxiliaron a su compañero.

A la mañana siguiente, en el lugar del combate, un solemne acto militar distinguió a Jiménez con la Medalla del Valor y con la propuesta para que se le confirieran los grados de mayor, todo ello por la valentía mostrada la noche antes contra un enemigo superior en número y municiones, mientras Rubén era degradado y expulsado deshonrosamente del ejército por incompetente. A esa misma hora, en el Hospital Militar de Santa Clara le concedían las insignias de sargento al joven víctima del cobarde ataque enemigo.

Dos días más tarde a Jiménez lo hicieron mayor y Rubén volvió a su anterior oficio de albañil.

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