A Propósito del Día de la Cultura Cubana, Feliberto Pérez del Sol.

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Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 19 de octubre de 2012, (FCP). “Hoy por hoy, toda cultura que se quiera debe rechazar enérgicamente cuanto signifique deformación de ella, e ir con toda energía contra aquello que la haga sospechosa de filisteísmo”. Con estas palabras, fechadas en marzo de 1944, Virgilio Piñera alertaba a cierta dama de sociedad sobre la amenaza de una cultura de salón, de compromiso, de encubrimiento…que se gestaba.

África y América son dos continentes lejanos, pero se unieron culturalmente gracias al uso dado por España y Portugal a la navegación. Hoy es difícil tratar una región sin incluir la otra. Sin el Nuevo Mundo al suelo africano no le hubieran extirpado tantos hijos, y sin esto jamás aquel los hubiese recibido. Así lo explica José Antonio Saco en el tomo I de su “Historia de la Esclavitud”.

Sin dudas que estos dos puntos de vista son acertados y actuales, pese al tiempo que los separa. La alerta del autor de “La Isla en peso”, respecto a salón, compromiso y encubrimiento apenas se toma en cuenta en la actualidad, mientras lo dicho por el precursor de la identidad nacional fue más allá de lo humano y alcanzó lo musical, lo religioso y hasta las costumbres.

Esta tesis vino precedida de una condición histórica que evolucionó a su modo, así vemos que en 1830 existían en Cuba dos grandes poblaciones: una africana y otra española, y cada una muy bien representada con sus respectivas culturas. Entonces, ¿Podrá tomarse esto como que la nuestra viene de ahí?, o sea de lo español y africano, vertientes atrapadas dentro del sistema colonial.

Desde luego que sí, como también Félix Varela y Saco nacieron de la cultura española, pues escribían en excelente español, y la sensatez de sus escritos estaban a la altura de la cultura española. Ahora bien, ¿No necesita un pueblo vivir varios siglos para poder tener una cultura de la cual surjan escritores de una calidad intelectual y elegancia de palabra como los arriba citados?

Por supuesto que sí, y nadie que enjuicie los problemas de la cultura con seriedad afirmaría que en solo dos siglos y medio Cuba alcanzó por sus propios esfuerzos el desarrollo intelectual que tuvo durante el siglo XIX. Si para aquel entonces, existía una alta cultura en el país, no era nuestra, es decir, no se produjo propiamente aquí, sino que equivalía a la alta cultura española.

Se ha dicho hasta el cansancio que el 20 de octubre de 1868 “Perucho” Figueredo ¿escribió? y luego entonó unos tan ardientes versos, que la fecha señala El Día de la Cultura Cubana. Aquel día se cantó por vez primera “La Bayamesa”, nombre con clara alusión a La Marsellesa, y ¿A alguien se le ocurriría decir que el suceso que marcó por siempre el nacimiento de la nación y de su rebelde identidad tuvo una raíz francesa?

Esta pregunta exige una respuesta adecuada, pues solo así se percibirá cómo se formó y surgió la cultura nacional, y también para saber de una vez qué es auténtico y qué no. Los historiadores de ayer arrojaron insuficiente luz sobre el tema, y si los de la actualidad desean resolver el problema de la formación de la Nación y de la cultura nacional deberán cambiar su trillado discurso.

Escribir sobre El Día de la Cultura Cubana o simplemente sobre cultura, será siempre un asunto difícil, máxime porque cada cual dice tener su propia definición y, también, su propia cultura. La polémica en ocasiones roza los límites de lo impreciso, sin embargo, ella, la cultura, establece lo concreto de cada ser humano con tal definición, que no existe persona alguna sin cultura.

El término designa la totalidad de las prácticas humanas, pues incluye las económicas, políticas, científicas, jurídicas, religiosas, discursivas, comunicativas y sociales en general. Por lo que no es redundante entonces decir que tiene mucho que ver con los modos de vida, con nuestra manera de pensar y de actuar, o sea, que es la demostración más legítima de lo que fuimos, somos y seremos.

No por casualidad la cultura como elemento del género humano es creadora de valores y de ética. No solo puede concebirse como una creación artística y literaria, sino como todo lo que tiene que ver con lo espiritual dentro de lo humano, por ello es a la vez una de las vías con que mejor se expresa el desarrollo, además de que constituye un instrumento de unión social.

Por todo lo anterior, si queremos una cultura lo aptamente sana como para sentirnos parte de ella y no castigada por ella, estamos obligados a evitar que su común desarrollo se deforme. Para ello debemos impedir que, como advirtiera Virgilio Piñera, nuestra cultura florezca aunada a la vanidad del salón, al recurso del compromiso y bajo el manto falaz del encubrimiento.

Monumento en la ciudad de Bayamo que recuerda a Perucho Figueredo.

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