La Doctrina Social de la Iglesia y la Ecología (I), Carlos Valhuerdi Obregón.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 12 de octubre de 2012, (FCP). Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que cuidara de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (cf. Gn 1, 26-29). Insisten varios escritores pertenecientes a la Patrística que: “No somos los dueños de lo creado, sino sus administradores, por lo que todo aquel que no comparte, roba”.

Vinculan así el destino universal de los bienes, ya sean estos creados por Dios o por el trabajo de los hombres, con el séptimo mandamiento del Decálogo que prescribe: “No robarás” (Ex 20, 15; Dt 5, 19 y Mt 19, 18). Este mandamiento de la Ley de Dios prohíbe tomar o retener injustamente los bienes del prójimo, así como perjudicarle en sus bienes o en aquellos a los que tiene derecho.

Exige además este mandamiento el respeto a la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf. Gn 1, 28-31). Prohíbe además los actos o empresas que por razón egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria esclavicen a seres humanos.

Menospreciar su dignidad personal al comprarlos, venderlos o cambiarlos cual mercancías lesiona gravemente este séptimo mandamiento. Es un pecado contra la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio como hace el régimen Castrista con sus súbditos “internacionalistas”.

“El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos, no es absoluto; está regulado por la calidad de vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación”. El uso de los recursos minerales, vegetales y animales no se puede separar de las exigencias morales.

Los animales son criaturas de Dios, que los rodea con su solicitud providencial (cf. Mt 6, 16). Por su sola existencia lo bendicen y le glorifican (cf. Dn 3, 57-58). Los hombres todos les deben aprecio y cuidado. Muchos Salmos recuerdan como la creación da gloria a su creador con su existencia (Sal 19, 24, 29), también se refleja esto en el libro del Deuteronomio 3, 57-87.

Muchos santos a lo largo de estos 2000 años de cristianismo han tenido especial atención por los animales entre los que se destacan San Francisco de Asís y San Felipe de Neri. Resulta proverbial la delicadeza con la que Francisco los trataba y no solo a los animales, sino también a las plantas, a los astros y a todo lo creado llamándoles hermanos.

Preciso recordar el Cántico de las Creaturas escrito por el “Pobrecillo de Asís” donde expresa: “Loados seas por toda criatura mi Señor/ y en especial loado por el hermano Sol…/y lleva por los cielos noticias de su Autor”. Más adelante exclama: “Y por la hermana tierra que es toda bendición, / la hermana madre tierra…/ que nos sustenta y rige, ¡loado mi Señor!”.

Dios confió los animales a la administración del que fue creado por Él a Su imagen “cf. Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por lo que es legítimo servirse de los animales para alimentarse y confeccionar abrigos y zapatos. Se les puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus distracciones.

Los experimentos médicos y científicos con animales, siempre que se mantengan en sus límites razonables, serán prácticas moralmente aceptables, pues contribuyen a salvar vidas humanas. Mas hacerlos sufrir inútilmente, ser crueles con ellos, tenerles abandonados negándoles los cuidados requeridos y sacrificar sin necesidad sus vidas es moralmente inaceptable.

Todo ello es contrario a la dignidad humana, así como también invertir en ellos sumas que podrían remediar más bien la miseria de los paupérrimos. Es lícito amar a los animales, pero no se debe desviar hacia ellos recursos y afectos debidos únicamente a los seres humanos. Todo lo reflexionado hasta aquí nos lleva a las enseñanzas de la Iglesia en materia ecológica.

Con su Doctrina Social de la Iglesia (DSI) razona la que es Madre y Maestra en humanidad que la bondad original de la creación ha sido alterada, y que esa creación hoy gime y aguarda junto al ser humano su propia liberación de la destrucción a que fue sometida (Rom 8, 20-22). La crisis ecológica es un problema moral.

Este “sufrimiento” de La Tierra es común también a aquellos que no comparten nuestra fe en Dios. Sin embargo, los cristianos percibimos y evaluamos el presente y el porvenir de la naturaleza a través de la experiencia de creyentes, por fe sabemos que la dimensión cósmica de la redención anunciada por Jesucristo lleva hasta la espera apocalíptica de la creación renovada.

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