La Doctrina Social de la Iglesia y la Ecología (II y final), Carlos Valhuerdi Obregón.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 19 de octubre de 2012, (FCP). Todo sistema según el cual las relaciones sociales deben estar determinadas enteramente por los factores económicos, resulta contrario a la naturaleza de la persona humana y de sus actos. Un sistema que sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras del colectivismo es contrario a la dignidad del hombre, al ver a este solo como capital humano.

Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado al dinero no deja de producir efectos perniciosos, pues constituye una de las causas de numerosos conflictos que perturban el orden social. Todo lo que reduce al hombre a ser un mero medio, le esclaviza y contribuye a difundir el ateísmo.

Rechaza la Iglesia las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al comunismo o socialismo, ya que la regulación económica por la sola planificación centralizada pervierte desde la base los vínculos sociales. Rechaza también en la práctica del capitalismo al individualismo y a la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano.

La regulación económica únicamente por la ley de mercado quebranta la justicia social, porque existen numerosas necesidades humanas que no pueden ser satisfechas por el mercado. Es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas, según una justa jerarquía de valores con vistas al bien común. En ambos sistemas se ha maltratado la naturaleza.

El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de la producción están destinados a satisfacer las necesidades de los seres humanos. La actividad económica dirigida según sus propios métodos, debe moverse dentro de límites de orden moral y el respeto de la justicia social y del cuidado de toda la naturaleza, preservándola para futuras generaciones.

Como en tantos otros campos la Doctrina Social de la Iglesia, en materia medio ambiental, ha recorrido un largo camino de reflexión hasta constituir un cuerpo de orientación ética al respecto, no solo para los cristianos sino para toda persona de buena voluntad. Enseñanzas que deben cuestionar el actuar sobre todo de aquellos con responsabilidades individuales o de gobierno.

En tiempos de León XIII dicha reflexión social se centraba en la necesidad de asegurarles a todos los ciudadanos el acceso a la propiedad privada. Cien años más tarde, la preocupación se centró en el deber moral de permitirle a todos los seres humanos acceder a unos bienes naturales que trascienden la posibilidad de apropiación privada.

Y en asegurar además a las generaciones venideras el disfrute de tales bienes. En nuestros días se observan nuevos y tímidos pasos a favor de la defensa de los derechos que por respeto a la creación se les debe a los elementos y habitantes no humanos del planeta. Este largo recorrido de la DSI en ecología ha sido acompañado del ritmo de la historia y la concientización social.

Para Pío XI su discurso se limitaba a exhortar a los seres humanos a contemplar y respetar la belleza de la naturaleza cual rastro y reflejo de Dios. Con Pío XII, ya terminada la II Guerra Mundial, comienza a hacerse sentir la preocupación por un desarrollo industrial excesivo, que además de ser discriminatorio para la cultura rural y sus hombres, amenaza el equilibrio natural.

Por su parte, Juan XXIII descubre las implicaciones de la explosión demográfica y el injusto reparto de los bienes de la tierra entre los países ricos y pobres. Pablo VI en su preocupación por el deterioro del planeta, sin olvidar la urgencia del problema del hambre, percibe también lo alarmante de una sociedad que explota, sin consideración, los recursos planetarios.

Juan Pablo II ha reflexionado sobre la dignidad única e irrepetible del ser humano, llamado este a la cumbre de esa misma dignidad y atenazado por el miedo desencadenado por las obras de sus propias manos. Por otra parte, ha articulado un análisis profundo sobre el trabajo humano y su ambiguo papel de creador y aniquilador del mundo confiado a la humanidad.

Sin dejar de ser teológica, su reflexión sobre la ecología es radicalmente antropológica. Según él, la adecuada relación con el mundo cósmico depende de una adecuada antropología: de descubrir la verdad ontológica del ser humano. La ecología es por tanto un problema moral que requiere un cambio de hábitos y de estructuras. Por lo tanto, la Ecología se ha transformado en la Ecoética.

Juan XXIII descubre las implicaciones de la explosión demográfica y el injusto reparto de los bienes de la tierra entre los países ricos y pobres.Imagen Tomada.

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