Unidad en la Diversidad, Carlos Valhuerdi Obregón.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 5 de agosto de 2012, (FCP). Hay que distinguir la libertad religiosa de la tolerancia, pues la tolerancia es “el no ejercicio, por graves motivos, de una acción contra el mal”. Cuando se declara un Estado en situación de mera tolerancia en relación con la fe religiosa y sus manifestaciones externas, se evidencia implícitamente que la persona humana no tiene derecho a realizar esas acciones religiosas.

“La tolerancia como régimen jurídico supone dos cosas: 1) El que tolera posee un derecho cierto a impedir, si lo juzgase oportuno, el mal que, de hecho, está tolerando. 2) El tolerado, por consiguiente, no tiene derecho cierto que oponer si el que tolera quiere pasar de la concesión a la acción”. Doctrina Social de la Iglesia (DSI) Pág. 727.

Y si la autoridad estatal no prohíbe su ejercicio, no es porque le falte derecho, sino simplemente porque, por razones graves, cree que es más conveniente tolerarlas. Sin embargo la libertad religiosa es el derecho que tiene toda persona humana a la libertad civil en lo religioso, de forma tal que pueda dar culto a Dios según su conciencia, tanto en público como en privado.

Esta libertad debe garantizar a todo ser humano su derecho a adorar a Dios tanto individual como en colectivo, exentos de toda coacción, ya sea por parte de personas particulares, de grupos sociales o de cualquier otra potestad humana. Debe además reconocérsele el derecho a practicar el culto de su preferencia, aunque este sea equivocado.

Esto no es “una permisión moral a adherirse al error” (cf. León XIII. Libertas praestantissimum), ni “un supuesto derecho al error” (cf. Pío XII, discurso 6 de diciembre de 1953), sino que es “un derecho natural de la persona humana a la libertad civil…Este derecho debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad para que sea un derecho civil” (cf. Dignitatis humanae, DH).

Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo concerniente a Dios y a su Iglesia, y una vez conocida abrazarla y practicarla. Esto no contradice el respeto sincero hacia las diversas religiones, que no pocas veces reflejan destellos de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres.

Tampoco niega la exigencia de la caridad que empuja a los cristianos a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe. “En materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella”, DH. Esta obligación trasciende el orden temporal, sin embargo la constitución cubana la coacta.

Planteaba el sacerdote y periodista José Luís Martín Descalzo: “Los católicos comprendemos hoy, con cuatro siglos de retraso, que las ideas planteadas por Lutero estaban menos alejadas de las concepciones católicas que lo que creyeron sus contemporáneos. Esto ocurre porque el odio aumenta las diferencias en la misma medida que el amor las acorta”.

Aquellos que justificados por la fe en el bautismo se han incorporado a Cristo, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos, y son reconocidos con razón por todos los católicos como hermanos en el Señor. “Existen muchos elementos de santificación fuera de los límites visibles de la Iglesia católica” Catecismo de la Iglesia católica (CIC).

“Entre ellos están: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, los dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles. El Espíritu de Cristo se sirve de todas las Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo confió a su Iglesia, y que impelen a la unidad” (CIC).

La Santa Biblia nos lo aclara en dos textos paralelos: En Números 11, 24-29 donde Josué le pide a Moisés que le impida profetizar a dos ancianos que no estaban en ese momento junto a ellos, pues se habían quedado con el pueblo. A lo que Moisés le responde: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor profetizara y el Señor les diera su espíritu!”.

El otro texto está en el Nuevo Testamento, tanto en el evangelio según San Marcos 9, 38-40 como en el de San Lucas 9, 49-50 donde los apóstoles ven hacer milagros a una persona que no pertenece al grupo de los 12 y se lo impiden. Al contárselo a Jesús este les dice: “No se lo impidan porque el que no está contra nosotros, con nosotros está”.

Hay que aprender a convivir con nuestras particularidades, según nos enseña lo expresado hasta aquí, en beneficio tanto del Reino de Dios como del principio libertario y la democracia, no como tolerancia sino con verdadera aceptación del otro. La diversidad enriquece la unidad, pues todos somos necesarios en esta causa común que es la libertad de Cuba.

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