Batallemos con la Armadura de Dios (I), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 30 de noviembre de 2012, (FCP). Como ciudadanos del Reino de Dios, los creyentes estamos envueltos en un conflicto espiritual contra el mal. Esta guerra es descrita como una batalla de fe (2Co.10.4, 1Ti.1.18-19, 6.12), que continúa hasta que pasemos a la vida venidera (2Ti.4.7-8). Un gran hombre de Dios me dijo en una ocasión: “El Diablo no tiene vacaciones”, así que hablamos de una constante confrontación.

Donde es más recio el conflicto es en el interior del creyente, este abarca toda su persona (espíritu, alma y cuerpo). Disyuntiva esta que tiene dos opciones: una si nos rendiremos a las exigencias de la carne, para someternos al dominio del pecado, u otra si a las exigencias del Espíritu, para continuar bajo el dominio de Cristo (Ga.5.16, Ro.8.4-14).

Jesucristo mismo, mediante su muerte en la cruz, aseguró para siempre la victoria del creyente, libró una batalla triunfante contra el Adversario, desarmó a los principados y a las potestades del mal (cf. Mt.12.29, Lc.10.18), y redimió a los cristianos del poder del maligno (Ef.1.7). Los hijos de Dios libran una batalla espiritual contra los placeres mundanos, tentaciones y Satanás.

La lucha del cristiano contra el mundo no consiste en aislarse o apartarse al punto de no tener contacto con el mismo, la separación es al grado que odie la maldad que contiene, venza las tentaciones que se le presente y condene abiertamente el pecado que lo consume. Tal parece que en Cuba tenemos un “Evangelio diferente“, pues casi ninguna denominación se atreve a tal acto.

Los soldados cristianos deben luchar contra todo mal, no con su propio poder (2Co.10.13), sino con las armas espirituales diseñadas para esto (Ef.6.10-18). Dios nos ha dado una formidable armadura, solo resta que la usemos. En su lucha de fe el cristiano debe soportar los sufrimientos como buenos soldados de Jesucristo (2Ti.2.3), y pelear la buena batalla de la fe (1Ti.6.12).

Pablo, el apóstol, nos exhorta a permanecer firmes, nos informa contra quienes es nuestra lucha, nos ordena usar toda la armadura de Dios, y entonces nos dice: “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad” (Ef.6.14). Esta es la primera parte de la armadura mencionada, la misma nos protege contra todo engaño que venga del maligno o sus secuaces.

Sacerdotal oración profirió Jesús en Jn.17 cuando dijo: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”. El Maestro pide la noche antes de su crucifixión, que sus discípulos sean un pueblo santo, separado del pecado para adorar a Dios. Esto solo se logra por la devoción a la verdad revelada por el Espíritu Santo, el compromiso del cristiano auténtico es con lo veraz.

Menciona el apóstol en segundo término la parte frontal de la armadura: “…y vestidos con la coraza de justicia” (Ef.6.14). Con esta pieza el soldado protege su corazón, que en el sentido espiritual significa nuestro espíritu, y es la Nueva Creación. De ninguna manera el creyente está llamado a entrar en contubernio con la injusticia, si desea mantener un corazón puro.

El rey Salomón escribió, casi 3000 años atrás: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Pr.4.23). Un corazón regenerado por el Espíritu Santo en el Nuevo Nacimiento, es un instrumento disponible para la obra divina. El ejercicio estricto de la justicia, según el Creador, es lo único que le garantiza al cristiano un corazón incorrupto.

Está relacionada con las botas la tercera parte de la indumentaria: “…y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz” (Ef.6.15). La Iglesia ha de ir por todo el mundo y predicar el evangelio a todas las personas de acuerdo con la revelación neotestamentaria de Cristo, es un mandato no una opción: “Por tanto id y haced discípulos a todas las naciones…” (Mt.28.19).

Muchas iglesias cubanas tienen una gran preocupación por el número de personas que visitan sus templos, y en algunas esto se ha convertido en una diabólica, enfermiza y paranoica emulación por ver quien alcanza la mayor cuantía de feligreses en sus membrecías. ¿Cuántos hicieron profesión de fe? Es la mayor preocupación de no pocos de los modernos evangelistas.

Nunca ha sido el propósito del Altísimo que la evangelización y el testimonio misionero den por resultado solo decisiones de conversión. No deben concentrarse las energías espirituales en el simple crecimiento de la iglesia, sino en hacer discípulos que guarden los mandamientos de Cristo, y lo sigan a Él con todo el corazón y con toda su mente (Mt.28.20, Jn.8.31).

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