No Matarás, Quinto Mandamiento (II y final), Carlos Valhuerdi Obregón.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 7 de diciembre de 2012, (FCP). Todo individuo humano inocente tiene derecho inalienable a la vida. Este derecho debe ser reconocido y respetado por parte de la sociedad civil, de la autoridad política y por su legislación. Estos derechos no están subordinados a los padres y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado, son inherentes a esa persona por el acto creador que la ha originado.

“Cuando una ley priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y especialmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de Derecho” (Donun vitae 3).

El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda deliberada violación de sus derechos. Puesto que debe ser tratado como una persona desde su concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad y cuidado, además de recibir atención médica si la necesita.

Es moralmente lícito el diagnóstico prenatal, si respeta la vida e integridad del embrión y del feto humano, siempre que se oriente hacia su protección o hacia su curación. Un examen que atestigua la existencia de malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte, provocar aborto en dependencia de un diagnóstico es contrario a la ley moral.

Son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano, siempre que respeten su vida e integridad y que se tenga como fin su curación, mejorar sus condiciones de salud y supervivencia sin que se le exponga a riesgos desproporcionados para conseguirlo. “Es inmoral producir embriones humanos destinados a ser explotados como -material biológico- disponible” (Donum vitae 1,3).

“Intervenir en el patrimonio cromosómico y genético con miras a producir seres humanos seleccionados en cuanto a sexo u otras cualidades prefijadas no es terapéutico. Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad” (Donum vitae 1,6).

La eutanasia directa es inaceptable, pues cualesquiera que sean los motivos y los medios, consiste en poner fin a la vida de las personas disminuidas, enfermas o moribundas. Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Toda persona enferma debe ser atendida para que lleven una vida tan normal como sea posible.

Por tanto, toda acción u omisión dirigida a provocar la muerte para suprimir el dolor o acortar el sufrimiento de un paciente, constituye un homicidio por lo que es contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto debido al Dios vivo, su Creador. La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados puede ser legítima.

Con ello no se pretende provocar la muerte del paciente, sino que se acepta el no poder impedirla. Esta decisión debe de ser tomada por el propio enfermo, cuando tenga capacidad para hacerlo o por aquellos que tengan los derechos legales sobre él, siempre que respeten su voluntad y sus intereses legítimos. Los cuidados paliativos, una forma especial de caridad, deben ser alentados.

Los cuidados ordinarios debidos a los enfermos no pueden ser interrumpidos aunque la muerte se considere inminente. El uso de analgésicos u otros fármacos para aliviar el sufrimiento del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, es conforme a la dignidad humana siempre que la muerte no sea pretendida, sino solo prevista y tolerada como inevitable.

Contradice el suicidio la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. El suicidio es contrario al justo amor de sí mismo, ofende al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con la sociedad familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados, además de ser contrario al amor del Dios vivo, su Creador.

“Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella” (Catecismo de la Iglesia Católica 2280).

Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor profundo del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida. En Cuba después que los Castros irrumpieron en el poder ha aumentado considerablemente el índice de suicidios, aunque las cifras reales se desconocen, pues la dictadura falsea u oculta esos datos.

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