Una Persona Espiritual, Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 16 de noviembre de 2012, (FCP). Variadas y diferentes concepciones podemos escuchar, en cuanto intentamos definir cómo es, y cómo debería proceder una persona espiritual. Como imperfectos seres humanos al fin, tenemos la tendencia de juzgar a las personas según las apariencias, aunque por lo general, casi siempre somos engañados por las mismas.

En ocasiones nos dejamos persuadir al creer que el predicador que más salte, grite, gesticule, haga chistes o alardee de lo que Dios hace, es una persona espiritual y así confundimos espiritualidad con lo que comúnmente sería solo actividad. Además, un templo no es el lugar más adecuado a la hora de determinar cuan espiritual soy.

Tema sumamente importante este si consideramos el tiempo de apostasía que enfrenta el cristianismo en esta época, y específicamente el caso cubano donde tantos “líderes cristianos” cual lobos rapaces, que se disfrazan con piel de oveja, solo viven del evangelio. Estos están dispuestos hasta “vender sus primogenituras por un plato de lentejas” (Gn.25.31-33).

Muchas veces, erróneamente, pasamos por alto una característica que no puede faltar para poder catalogar a alguien de espiritual, este atributo es el amor de Dios. Los dones y capacidades espirituales son muy vistosos, pero solo serán efectivos en la medida que tengamos la motivación correcta del amor (cf.1Co.13).

Alguien que pretenda ser espiritual, permite que el proceso de formación del carácter de Cristo ocurra en su vida sin poner impedimentos. Dios espera de los verdaderos cristianos, como seguidores de Él (Ef.5.1), que manifestemos la compasión, la misericordia, el amor y que estemos dispuestos a perdonar.

El nuevo convertido, en el sentido espiritual, está llamado a crecer y moverse de la etapa de la niñez hacia la adultez donde se tiene control de sus sentidos de orientación por la Palabra de Dios. En otras palabras, no son controlados por lo que oyen, ven, palpan o sienten, pues sus sentidos están entrenados por el conocimiento de la voluntad de Dios.

Algunos “superlíderes” cuando corrigen, lo hacen con espíritu de superioridad, otros para amonestar descubren las faltas de los demás, y otros con el síndrome de Espíritu Santo, pretenden conocerlo todo. El espiritual restaura con mansedumbre, pues considera que el mismo puede ser tentado de igual forma (cf. Ga.6.1).

“Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu. Pero vosotros… conservaos en el amor de Dios…” (Jud.19-21). La persona espiritual siempre buscará la unidad del cuerpo de Cristo. No será de esta forma para los que andan de acuerdo a sus malvados deseos y hacen del evangelio un comercio para satisfacer sus egoístas propósitos.

Un número considerable de cristianos vive hoy, por su libre elección, bajo la tiranía eclesial de falsos y corruptos líderes que los han seducido con lisonjeras predicaciones y populistas discursos, como el caso del obispo metodista Ricardo Pereira Díaz. Un líder espiritual no se exalta a sí mismo para conseguir una posición, ni busca reconocimiento.

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil.2.3-4). El apóstol Pablo declara que este sentir de humildad guió a Jesucristo en su ministerio terrenal, y debe prevalecer en los cristianos maduros.

El famoso proverbio de “Haz lo que te digo y no lo que hago”, está muy lejos de poder aplicársele a un líder o cristiano espiritual. Al mismo lo siguen las personas de principios, honestas, veraces y sencillas, debido que su discurso y predicación se encuentran en perfecta armonía con todos los actos de su vida.

Por último la persona espiritual no es despótica, puesto que reconoce que hay una cadena de mando a la cual está dispuesto a honrar, distinguir y someterse con humildad. Reconoce que la autoridad suprema es Dios, pero también se somete a las autoridades que han sido establecidas por Dios, no por el hombre, en la sociedad y en la Iglesia.

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