Viento y Agua Hoy, Fuego para Mañana, Carlos Alberto Martínez Muñoz.

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El Condado, Santa Clara, 2 de noviembre del 2012, (FCP). La pasada semana Cuba fue afectada por el huracán Sandy, que llegó a la costa suroriental de la isla con categoría 2 en la escala Saffir-Simpson. Este fenómeno natural dejó una gran devastación a su paso por la región oriental, la cual recibió su impacto directo entre la noche del miércoles 24 y el día jueves 25 de octubre.

Las provincias más afectadas fueron Santiago de Cuba y Holguín. Cientos de miles de personas fueron evacuadas hacia lugares seguros, la mayoría de ellas en casas de familia. Daños cuantiosos ocurrieron en el sistema de generación eléctrica y en las comunicaciones, y hubo once personas fallecidas, nueve en Santiago de Cuba y dos en Guantánamo, según datos oficiales.

El fondo habitacional, depauperado tras largos años de famélica economía, fue terriblemente afectado. Solo en Santiago de Cuba hay 132 733 viviendas afectadas, de las cuales 15 322 se encuentran totalmente derrumbadas. En Holguín sucedió algo similar, 41 179 viviendas dañadas, de ellas 3 625 son derrumbes totales.

Todavía permanecen extensas zonas sin estar conectadas al sistema electroenergético nacional (SEN), desde el centro de la populosa Santiago hasta la más recóndita loma. Otros daños, especialmente relacionados con los cultivos varios, productos almacenados, y viales interrumpidos, forman parte de la estela de destrucción del meteoro.

Sin embargo, nada se ha hablado todavía de las afectaciones de Sandy al patrimonio forestal del país, ni siquiera se han dado datos preliminares. Y los daños deben ser considerables, puesto que atravesó la zona más boscosa de Cuba.

Parecería trivial preocuparse ahora, después de tantos y tan terribles daños, por la evaluación de las afectaciones a la cobertura forestal. No obstante, ello es importante porque después de tanta lluvia y viento siempre viene el fuego.

Luego del paso de un huracán intenso como este, abundante leña y material combustible vegetal de todo tipo se acumula en el suelo de los bosques. En la siguiente temporada de sequía, encuentran entonces los incendios abundante alimento para sus llamas.

Es válido recordar que las negligencias humanas solo producen el 36 por ciento de los incendios, pero las áreas afectadas por estos constituyen el 73 por ciento del total. Una negligencia humana en estas condiciones puede ocasionar abrasadores siniestros de gran extensión.

Que esta situación no nos atrape desprevenidos, pues mucho hubo que lamentar con el gran incendio ocurrido en 2007 en la Ciénaga de Zapata, luego del paso del huracán Michelle en el 2006. Varios factores favorecieron la propagación del mismo, entre ellos la gran cantidad de combustible vegetal, resultado de los árboles y follaje arrancados por dicho ciclón.

Parece indiscutible que este incendio fue a causa de una negligencia humana, ya que se inició en las cercanías de una laguna, por un trillo que es paso habitual de cazadores y pescadores furtivos. El siniestro, que duró mes y medio, consumió unas 5 500 hectáreas, de ellas más de 4 000 quemadas totalmente.

El mismo peligro correrán en la próxima temporada seca los bosques orientales, mayor reservorio de biodiversidad de la nación, con numerosas especies endémicas y amenazadas de extinción. Desde aquí vaya un reclamo a implementar las medidas necesarias para que tristes episodios como el de la Ciénaga de Zapata no vuelvan a ocurrir.

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