La Escasa Especie de los Valientes (II y final), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 8 de febrero de 2013, (FCP). Posterior a la desaparición del reinado del norte formado por 10 tribus de Israel, y con Samaria como capital, quedó el reino del sur con su capital Jerusalén en el punto central de la historia redentora para la humanidad. Este reino sureño fue el remanente que sobrevivió del pueblo escogido de Dios, después de la invasión del imperio asirio, con Salmanasar al frente.

Pasaron 57 años de un periodo un tanto oscuro para el pueblo del pacto después de la muerte de Ezequías, el cual se caracterizó por el total abandono de las leyes del Altísimo por dos reyes, para servir a dioses falsos: “De veintidós años era Amón cuando comenzó a reinar… e hizo lo malo ante los ojos de Jehová, como había hecho Manasés su padre” (2Cr.33.21-22).

No todo había terminado para esta extraordinaria nación, pues a este “valle de sombra de muerte“, siguió uno de los tiempos de despertar y avivamiento más grandiosos de los que hayan tenido lugar en la historia bíblica. Todo empezó con Josías, un rey que “hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre” (2Re.22.2).

Esforzado líder que pasa a engrosar la lista de los valientes por todas las reformas emprendidas en tiempos de gran apostasía nacional, además, fue el último de los justos reyes de Judá hasta la capitulación de Jerusalén en el 586 a.C., a manos de Nabucodonosor. Este ambiente en el que le tocó vivir, no fue obstáculo para su ministerio.

Con solo 16 años y “siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David su padre“, cuestión esta que lo preparó para ser un rey reformador por excelencia. Al poco tiempo de su experiencia con Dios, “comenzó a limpiar a Judá y a Jerusalén de los lugares altos, imágenes de Asera, esculturas, e imágenes fundidas” (2Cr.34.3).

Muchos años estuvo el pueblo sometido a un pesado yugo impuesto por malvados reyes, los cuales arrastraron a un importante sector de la sociedad a la corrupción, de aquí surgió una ola de inconformes producto de los cambios impulsados por Josías. El rey siguió adelante convencido de que, a pesar de los riesgos, él servía al Todopoderoso.

Profundas convicciones y fuertes principios ético-morales van a formar parte, inequívocamente, del carácter de un hombre o una mujer destinado a impactar con su vida a los que le rodean, a una ciudad y hasta a una nación. Estos heraldos del cambio y la renovación positiva siempre tienen una visión corporativa, ellos no piensan en sí sino en el bien de muchos.

Como estuvieron los judíos en aquel entonces, así nuestra isla de Cuba desde 1952 ha estado mal cuidada por gobernantes injustos que también han empujado a muchos al abismo de una vida sin principios morales. Es normal que tantos cubanos vayan a un desfile “revolucionario“, con una sonrisa también “revolucionaria” y en sus mentes solo desean escapar de esa paranoia.

Dicha dicotomía moral o continuo carnaval de máscaras, es observable en cualquier nivel de la sociedad cubana, entre los intelectuales (una forma más depurada), en el sector de la cultura (más artística) o entre los cuentapropistas (más interesada). Aún entre los niños (la más triste), pues muchos aterrorizados padres se encargan de trasmitírsela a sus hijos.

Valientes son aquellos que sumamente inconformes con el estado depauperado de sus semejantes, se levantan cual gigantes para enfrentarse y denunciar a los promotores de la enfermedad social con innumerables riesgos sobre sus cabezas. Hoy, como en todas las épocas, el Todopoderoso busca a quien esté dispuesto para ser un instrumento de justicia, santidad y verdad.

El rey Josías fue, por la gracia de Dios, como un faro para guiar a su pueblo en medio de la oscuridad en la que se habían sumergido por voluntad propia. Aunque no faltó una gran nube de detractores, él continuó con su plan de reformas después de hallado el libro de la ley de Moisés, el cual había sido preservado por la providencia divina (cf. 2Re.22.3-20).

Dios se agradó de Josías al ver su humilde actitud: “Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová… por tanto he aquí yo te recogeré con tus padres… en paz” (2Re.22.18-20). Un corazón contrito delante de Jehová debido a la pobre condición espiritual de los seres humanos, introdujo a Josías en la escasa especie de los valientes.

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