La Genuina Iglesia (I), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 15 de febrero de 2013, (FCP). En los primeros capítulos del libro Apocalipsis, nos vamos a encontrar con un profundo análisis que hizo el Dios del universo a un grupo de iglesias que se encontraban al occidente de Asia Menor, en lo que actualmente forma parte de Turquía. La revelación de Jesucristo debía ser enviada “a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea” (Ap.1.11).

En el riguroso examen del Señor no se escapa nada de todos los aspectos de la vida de una congregación que se llame cristiana, pues “sus ojos como llama de fuego” (Ap.1.14), lo escudriñan todo. Buscaba entonces en la vida espiritual de esas iglesias locales la razón por la cual debía sostenerlas como representantes de Él.

El asunto estaba en que si ellos podían continuar como testigos de Dios en la predicación del evangelio al mundo, obra para la que fue diseñada la Iglesia. Debemos saber que los seres humanos llamamos iglesia a muchas organizaciones que el Todopoderoso no las llama como tal, a menos que conserven las características para semejante calificativo.

Todas las congregaciones son examinadas, según el texto bíblico, para determinar si continuaban en comunión con Dios de acuerdo a Su propósito, o si terminaban con esa relación. Es un punto importante saber que hay parámetros para determinar si una iglesia, institución o congregación continuará como instrumento de Dios.

El simple hecho que una denominación lleve un nombre cristiano o bíblico, aunque lo haya ostentado por largo periodo de tiempo, no garantiza que el Todopoderoso tenga la obligación de sostenerla como Su representante en la Tierra. Es evidente al leer el pasaje apocalíptico que había muchos aspectos que impedían a algunas iglesias conservarlas como instrumento de Dios.

Jehová originalmente levantó Su Iglesia cuando estaban todos juntos el día de pentecostés y “de repente vino del cielo un estruendo… y fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch.2.1-4), pero este evento por sí solo no justifica que Él debe sostenerla. Tampoco el suceso de haber sido usada como vehículo de expresión del Creador, implica el automático respaldo de la Divinidad.

No pocos seguramente pensarán que quizás son un tanto extremistas dichas declaraciones, pues si Dios levantó un instrumento, si lo ha usado y a través de el ha mostrado Su gracia y misericordia, el Altísimo estaría incondicionalmente comprometido con el. Es necesario marcar la diferencia entre lo que Dios llama Iglesia y lo que el hombre también llama Iglesia.

Verdaderas Iglesias que fueron fundadas con la presencia de Dios y con el paso de los años, recoge la Historia, torcieron el propósito con el cual fueron creadas, y desde el punto de vista del cielo ya no son más una Iglesia. En la actualidad muchos grupos solo existen con la intención de perpetuar su nombre en la Historia.

La Biblia enseña que es posible proclamar el evangelio en el nombre de Jesucristo, expulsar demonios y hacer milagros sin tener la genuina fe salvadora en el Mesías. El apóstol Pablo alertó: “el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia” (2Co.11.14-15).

Erróneamente, demasiados creen que solo basta usar el nombre de Cristo para obrar como les plazca, sin tener en cuenta la verdad y la justicia de Dios declaradas en las Escrituras. Doloroso será que por soberbia, obstinación y falta de humildad al momento de presentarse ante el Creador solo reciban la sentencia: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt.7.23).

Exuberante es el número de “líderes cristianos” que profesan a Cristo, pero están más interesados en sus propios deseos que en la honra de Dios, doctrinalmente se centran en el hombre y no en Dios. Contrariamente a la enseñanza bíblica, consideran el “éxito ministerial” como la norma por la cual juzgar su relación con Cristo.

Podemos percatarnos que las obras y apariencias externas por sí solas no son un argumento infalible para que Dios, obligatoriamente, tenga que sostener una Iglesia para continuar como embajadora en nombre de Cristo. ¿Qué es lo que justifica al Señor para que Él preserve un instrumento como una genuina Iglesia?

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