Martí, el Mártir Martirizado, Feliberto Pérez del Sol.

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Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 1ro de febrero de 2012, (FCP). Hablar y escribir sobre José Martí, y decir que lo hacemos con objetividad, es algo que regularmente los periodistas cubanos realizamos cuando se acerca su fecha de nacimiento o de su muerte. Da igual hacia qué lado nos inclinemos políticamente, al aproximarse el día en que el Apóstol vio la luz o conoció el descanso eterno, de prisa abordamos el concepto que más nos agrade de él.

Pero en el fogoso afán por evocar la ideología de un hombre que entregó su corta vida a la misión política de instituir una patria libre, con espacio para todos, comúnmente suele errar quien acude a su obra y sin corrección alguna la vincula a cualquier tema de actualidad. Aptitud que muchas veces se toma sin tener en cuenta el escenario donde Martí concibió su dictado.

Por ejemplo, el renglón de una carta inconclusa suya a Manuel Mercado, donde reza: “…viví en el monstruo y le conozco las entrañas…” algunos lo perciben como que Martí alababa el brioso desarrollo económico que Estados Unidos encarnaba entonces. Mientras otros lo traducen como una advertencia del peligro que constituía la pujante nación.

Ahora bien, interpretar del modo más honesto posible cuanto el Maestro quiso decirnos con su genial e inquieta mente, y hacerlo sin obedecer a favoritismo alguno, nos eleva a noble condición de seres humanos. Precisamente porque hallar esa cordura, de la cual Martí fue portador casi único, sin provocar el más mínimo diferendo es como andar por cuerda floja y no temer al descalabro.

La eterna disputa entre la oficialidad y el sector de la sociedad civil independiente, por demostrar cuál bando practica mejor el pensamiento martiano, ha hecho que el verdadero mensaje emitido por el autor de los Versos Sencillos sufra a veces una fuerte mutación. Metamorfosis que sin dudas conlleva a una inexacta interpretación de su palabra.

Hace poco leí que las ideas de Martí, “acerca del voto y del deber cívico de ejercerlo“, guiarán a quienes el próximo domingo acudan a las urnas, pues votarán “…en aras de que la patria siga siendo, como él quería, con todos y para el bien de todos“. El solo hecho de que el régimen sea el único sector representado en dicha votación, deja más que claro que esta no es para el bien de todos, por lo que vincular al Hombre Luz con esta farsa es mancillar su doctrina.

Es triste que los colegas oficialistas publiquen simplezas como la anterior, pero como el aparato oficial es quien les paga, a este deben obedecer. Aun así, podían haber dado un enfoque mucho más objetivo de cómo Martí concibió el ejercicio del sufragio, pero como buenos lacayos de la mano que les da de comer, hicieron aquello que les garantizara su plato de lentejas.

Manipular el ideal martiano para bien propio, o de causa alguna, lacera la sabiduría que encierra tan hondo juicio, o sea, martiriza al mártir ejemplo de la nación cubana, pues según este: el escritor “que quisiera andar a pasos naturales por sobre picos de montaña, cae en el abismo“. Le sucederá esto, y lo cito nuevamente: porque “los empedrados no son de cúspides, sino de pedrezuelas“.

Claro, estos defensores ¿a ultranza? del régimen, instruidos en invertir criterios y realidades, pueden alegar que actúan así porque parten del valor sagrado que emana de todo escrito martiano. Y como expertos en la desinformación, un buen sostén que justificase tan torpe y servil proceder podría ser aquel inicio de poema donde el Apóstol escribe: “Ganado tengo el pan: hágase el verso“.

Otra tontada típica del periodismo oficialista, que cobró fuerzas durante la reciente celebración del 160 aniversario del natalicio de José Martí, fue vincularlo a él y a su premisa de llevar a cabo la Guerra del 95, con la figura de Fidel Castro y lo hecho por este con “su” Revolución. Porque allí donde el tirano en conjura con la falacia florista se harta de altitud y estilo y finalmente erra, el Más Grande y Universal de los Cubanos se muestra ausente.

Por todo lo anterior insto a que cada vez que hablemos o escribamos sobre José Martí no acudamos al rústico discurso de interpretar para nuestra conveniencia lo que él quiso decir a los de su tiempo. A mi entender, todo aquello que imaginamos intentó trasmitirnos y que como tal lo interpretamos, servirá solo para desvirtuar aún más su ya manipulado pensamiento.

 Manipular el ideal martiano para bien propio, o de causa alguna, lacera la sabiduría que encierra tan hondo juicio.
Manipular el ideal martiano para bien propio, o de causa alguna, lacera la sabiduría que encierra tan hondo juicio.

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