Un Nuevo Bodrio de Traición (XLIV), Guillermo Fariñas Hernández.

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La Chirusa, Santa Clara, 8 de febrero del 2013, (FCP). Está muy fresco aún en mi memoria mi encuentro con los represores Raúl Fernández y Eduardo Castellón en el vestíbulo del Hospital Viejo, recién acabada la reunión para empezar a ingerir alimentos. Reunión a la que yo, por inducción, llegaba tarde, para que no pudiese influir en el resultado de la misma.

Por supuesto, mi “solidario” condiscípulo de Los Camilitos de Santa Clara y también pretendido amigo, el hoy teniente coronel Pavel Martínez, me había hecho arribar tarde a propósito. Aquel día, él me realizó una gran cantidad de preguntas, sobre todos los abusos y desmanes en contra de mi persona que me llevaron a la habanera prisión de “Valle Grande” en 1995.

Ambos uniformados y yo chocamos de frente, cuando ellos se retiraban del Hospital Viejo de Santa Clara, mientras llegaba a ese centro sanitario. Me dio muy mala espina aquel encontronazo, porque en primera instancia ambos no me miraron a los ojos y evadieron conversar conmigo respecto a la reunión, de la cual yo nada sabía aún.

Sin embargo, después retrocedieron en mi búsqueda y me robaron la iniciativa, cuando me pidieron “humanitariamente”: “Fariñas, hoy se acordó que van a comenzar a comer, sabemos de tu amistad desde niño con Iván, pero por favor trata de no romper lo acordado, porque ese fue un acuerdo de todo el grupo y no de una persona en particular”.

Aquello no me gustó de ninguna forma, mi intuición me decía que todavía no se podía confiar en los represores, porque su principal sentimiento es el de la prepotencia hacia los civiles. Todo parecía indicar que por desgracia ya el daño estaba hecho, pues ellos me habían asegurado entre nerviosas sonrisas, que ya los Ayunantes se habían comprometido a dejar la huelga.

Los Ayunantes de Santa Clara, a partir de ese momento, dependían de la ética del aparato represivo castrista, algo que la historia de la Revolución ha demostrado una y otra vez que no es siempre cumplido respecto a sus enemigos, y los Ayunantes lo eran. Ellos, sin llegar a cometer un error de principios, abandonaron lo único que presionaba al gobierno, su posible muerte.

Cuando llegué a la Sala # 10, lugar donde morían o vivían estos cuasi-mártires cubanos por la democracia representativa y la libertad de todos los cubanos, mi amigo personal Iván Lemas Romero fue el primero en informarme como Asesor de la Huelga. Lemas Romero me explicó que se hizo una votación entre todos los Ayunantes y que la mayoría votó por comenzar a comer.

Me esclareció que él era un demócrata, razón por la cual, aunque estaba en desacuerdo con lo acordado, se plegaría a lo pactado, pues entendía que la minoría debía subordinarse a la mayoría. En la votación solo alzaron sus manos para continuar con el ayuno hasta la salida del país, el ya referido Iván Lemas y José Antonio Alvarado Almeida.

Este último no estuvo de acuerdo con iniciar su alimentación y se negó a acatar lo determinado por la mayoría de los Ayunantes de Santa Clara. Alvarado Almeida se mantuvo en sus trece al no comer durante 48 horas, lo que trajo una fuerte discusión entre Daula Carpio Mata y Alvarado Almeida, en la que intervine para evitar la disgregación del grupo.

Omar Pernet Hernández, Librado Linares García, Armando Ocaña Salcines y yo, como asesores de los Ayunantes de Santa Clara que éramos, nos propusimos estar atentos a que los criterios y posturas personales no dañasen la dinámica del grupo. Entendimos, con mucha preocupación, que si ellos se dividían serían más vulnerables que nunca.

Aunque nosotros no estábamos de acuerdo con que ninguno de ellos comiera antes de salir definitivamente del país, entendimos que quienes arriesgaron la vida fueron ellos y que debíamos respetar sus decisiones, fueran estas acertadas o erradas. Concluimos que de dejarlos solos en ese momento iban a ser presas mucho más fáciles para el G-2.

Vienen a mi mente unas sabias palabras del médico Armando Ocaña Salcines, hoy exiliado en Estados Unidos de América, quien me aseguró: “Coco, mi hermano, si nos sentimos ofendidos con los Ayunantes porque no tuvieron en cuenta nuestras opiniones como asesores de la huelga y los dejamos solos, caerán en manos de los lobos y el jefe de la manada es Junior”.

O sea, que por el bien de la causa prodemocrática había que hacer de tripas corazón, para que Juan Francisco Fernández Gómez, apodado Junior y en realidad agente “Félix” de la Seguridad del Estado, no los condujese más al abismo. Este chivato trató de explotar la postura de los Ayunantes para crear distanciamiento entre estos y sus asesores, pero no lo logró.

Aquí nos resultó muy aleccionador como Asesores de los Ayunantes de Santa Clara que éramos, inculcarnos el respetar el derecho ajeno a actuar y a pensar, como en realidad se hace en una Democracia Representativa, por la cual luchábamos y a la que aspirábamos. Los Ayunantes y sus familiares poseían todo el derecho a equivocarse y debíamos estar allí para respaldarlos.

También nos mantuvo al lado de nuestros hermanos, quienes hasta hacía pocas horas habían ayunado y expuesto sus vidas por la libertad de todos los cubanos, que en nuestros fuero interno sabíamos que ellos corrían peligro a pesar de las promesas hechas por los represores. Todos los asesores estábamos seguros de serían traicionados y entonces deberían contar con nuestro apoyo.

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