La Genuina Iglesia (III), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 1ro de marzo de 2013, (FCP). La cuestión básica de la Iglesia cristiana radica en que las personas sepan que Jesucristo resucitó porque ellas pueden verlo en nuestro comportamiento y en nuestras palabras, o sea, en toda la vida de la Iglesia actual. Si así no ocurre, entonces surge la pregunta: ¿Para qué sirve la Iglesia como instrumento de Dios? “No sirve más para nada sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mt.5.13).

Todos aquellos que hemos nacido de nuevo, si de verdad ha tenido lugar este milagro, nos entregamos al Todopoderoso con un objetivo: Para Él mostrar al Señor Jesús en y a través de nosotros a un mundo perdido. Nunca estuvo en el plan de Jehová Dios solamente salvarnos, esto es solo la introducción a algo mucho más sublime.

Jehová opera salvación en un individuo cuando, por Su gracia, revela a Jesucristo en él, pues por Su sangre es el perdón de pecados. Ahora, si Dios no puede revelar a Jesús a través de la persona salva, entonces no se cumple el propósito de la Divinidad. Es necesario comprender que el Creador es un Dios de propósitos.

Reunir a los suyos, a todos los lavados con la sangre de Cristo, en una vasija llamada Iglesia para revelarse a un mundo caído, es la aspiración de Dios y así llevar a cabo Su propósito divino. El peligro constante es que se pierda esta esencia por la que Él levantó Su instrumento y que otras cosas menos importantes permanezcan para solo perpetuarse.

Tristemente existe la posibilidad de continuar por la vida como un “buen religioso”, solo en apariencia, y sin embargo no demostrar los atributos de Cristo en nuestra proyección. Pablo se vio obligado a dirigir una reprensión a los cristianos de Corinto, para corregir los serios problemas de esa joven iglesia, por considerar con ligereza incuestionables pecados graves.

Ellos se creían muy espirituales cuando se trataba de procurar experimentar las bendiciones de Dios, mientras se negaban a apartarse de la maldad y perversidad del mundo. Por tanto el apóstol les recrimina: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (1Co.3.1).

Aún más decepcionante era que los pastores y líderes de dicha congregación permitían la entrada de supuestos feligreses sin que estos dejaran sus costumbres mundanas. Se toleraban prácticas como: Divisiones egoístas (11.18), filosofía del mundo (3.19, 1.18-25), celos y contiendas (3.3), orgullo (3.21, 4.7), inmoralidad (5.1), rechazo a la enseñanza apostólica (14.36-37) y otras.

Jesucristo mismo advierte que rechazará a cualquier iglesia que tolere dentro de su congregación las costumbres y prácticas impías del mundo o la tergiversación de la verdad bíblica, y que tal feligresía perdería su lugar en el reino de Dios (cf. Ap.2.5, 16, 20, 3.15-16). Tal iglesia debe arrepentirse de corazón y apartarse de las prácticas mundanas (cf. 1Co.5.2, 2Co.6.16-18).

Podemos apreciar que la clave para examinar la Iglesia, según el patrón del Altísimo, es que Él trata con cada vasija, personal o congregacionalmente, a la luz de Su propósito y no por las apariencias. El Señor dijo: “Vosotros sois la luz del mundo… así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre” (Mt.5.14-16).

¿Realmente expresamos la luz de Dios? No importa si desplegamos un sinnúmero de actividades religiosas o si damos mucho dinero para alguna buena obra. Podemos hacer todo esto y mucho más y hasta usar el nombre de Dios, pero si esa luz divina no está ahí para expresar la vida del cielo, entonces no somos la Iglesia.

Quizás alguien piense que tal línea de pensamiento es muy radical, pero en las Sagradas Escrituras no encontramos apoyo para una actitud complaciente como: “Bueno, no están tan mal, busquemos las cosas de valor y apoyémoslas“. Juan declaró: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si… andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad” (1Jn.1.5-6).

Cuando Jesús vuelva por los suyos, no va a venir a buscar una Iglesia que sea casi como Él, sino que regresará por aquellos en los cuales Jesucristo realmente viva. No importa cuanto sacrifiques, “puedes repartir tus bienes para dar de comer a los pobres y entregar tu cuerpo para ser quemado” (cf.1Co.13.3), pero si ellos no ven a Jesús en ti, no eres La Genuina Iglesia .

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