La Genuina Iglesia (IV), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 8 de marzo de 2013, (FCP). Al escudriñar en las Escrituras sobre el propósito de Dios y entender la razón por la cual el Todopoderoso diseñó la Iglesia, entonces nunca vamos a estar satisfechos con aquello que solo tiene un nombre histórico y que solo es una caricatura de la verdadera. La Iglesia que debe ser plantada es aquella a través de la cual Cristo se pueda expresar al mundo.

Si se logra entender tal afirmación, entonces, muchos estereotipos sobre el concepto de iglesia seguramente van a ser removidos y nuevas concepciones, quizás no muy populares, serán aceptadas. El instrumento que Cristo vino a establecer en la tierra es aquel que cuando lo miren, todos sepan que Jesús ha resucitado de entre los muertos.

Sé que no faltarán aquellos que se levanten enérgicamente para calificar tal declaración como extremista, y en efecto, la pueden catalogar como deseen, pero Pablo le dijo a los gálatas: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Ga.4.19). El propósito del trabajo del apóstol era el reflejo de Jesús por la congregación.

No importa si una determinada institución cristiana tuvo un gran pasado, no puede vivir de él, no importa que Dios mismo la haya establecido y no importa que todavía queden algunas prácticas cristianas. La Palabra de Dios no da crédito a estas cosas para considerar que una vasija Él la pueda mantener como la Iglesia.

Tristemente, el Altísimo se retirará de ella a menos que la vida de Dios vuelva a fluir y las personas nuevamente puedan encontrarse con Jesús. Aunque si Jehová abandona una institución por haberse alejado de los mandamientos divinos, seguramente la misma seguirá en la existencia a través de la organización humana.

Tenemos un conglomerado de denominaciones en Cuba, incluida la Iglesia Católica Romana, que le muestran un muy distorsionado evangelio a este sufrido pueblo. Muchos líderes aplican en lo que dijo el profeta: “¡Ay de los pastores…, que se apacientan a sí mismos!… Coméis la grosura y os vestís de la lana…, No fortalecisteis las débiles…” (Ez.34.1-6).

Esta es la razón por la que debemos poner a un lado el sentimentalismo, el emocionalismo y las ideas humanas, para permitir que la Iglesia verdaderamente llegue a ser ese instrumento en el plan de Dios para la salvación de las almas. Si el hombre obstinadamente insiste en establecer su “dominio“, solo logrará una organización humana más.

Lo que llama la atención del Altísimo no es cuán organizada esté, cuántas personas se reúnan o cuánto dinero sea diezmado u ofrendado en una iglesia, sino que el mundo pueda ver que Cristo se levantó de los muertos. Esto puede llegar a suceder de una sola forma, que ellos logren ver a Jesús a través de los que de verdad han sido salvados.

El testimonio de la vida de Dios en el creyente, el cual es producido por medio de la obra del Espíritu Santo, es real para aquellos que verdaderamente guardan la Palabra de Dios. Claramente Jesús advierte: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn.14.23).

Jehová nos ha levantado con el propósito de vivir una vida que ha vencido el poder de la muerte, cualquier grupo que así no se conduzca, no es la Iglesia. Si así no fuera, Jesús no hubiera dicho: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Ap.1.18).

Con una cuidadosa lectura del Nuevo Testamento encontraremos que los que son aprobados como testigos de Jesús, no eran solo discípulos que hablaban acerca de la verdad, sino que también en sus vidas llevaban el testimonio de la resurrección. Funestamente no son pocas las iglesias que viven de hablar solamente sobre la verdad.

Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1Co.4.20). Es por esto que los miembros de ese reino deben ofrecer más que palabras y mensajes, ellos deben obrar en el poder del Espíritu Santo. Cuando las personas sean salvadas, reciban los milagros de Dios y sean capacitadas para vivir una vida justa, estaremos en presencia de La Genuina Iglesia.

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