La Genuina Iglesia (VI), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 22 de marzo de 2013, (FCP). La Iglesia de Jesucristo está llamada a alcanzar a todo ser humano que habita este planeta con el evangelio de las buenas nuevas de salvación, a fin de ser santificado por el Espíritu Santo y recibir la vida eterna. Es un serio pecado para las diferentes denominaciones si usan el tiempo del servicio para mantener entretenidos a los feligreses.

Ningún ser humano puede conocer la nueva vida, la vida abundante en Dios, a menos que la obra redentora del Señor Jesucristo haya sido efectiva en él al momento del Nuevo Nacimiento, cuando se arrepiente de sus pecados y decide confiar su vida al Salvador. El instrumento del Altísimo debajo del cielo, debe ser capaz de conducir a las personas a este entendimiento.

El propósito del Creador con la Iglesia es para que aquellos que creen puedan experimentar, al recibir el Espíritu Santo, la vida desbordante que procede del cielo. Jesús declaró en la fiesta de los tabernáculos: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7.37-38).

Si escudriñamos la Biblia apreciaremos a las claras que los creyentes nos encontramos envueltos en un real conflicto espiritual, el cual es contra Satanás y un ejército de malos espíritus. En la carta a los efesios leemos: “Porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados,…potestades,…gobernadores de las tinieblas,…en las regiones celestes” (Ef.6.12).

Este es un punto que necesariamente debe quedar claro en la mente de aquellos que profesamos ser seguidores de Cristo, pues sino nos desenfocaríamos de la realidad de este conflicto, que es un tema central de las Escrituras. Los cristianos estamos enrolados en esta controversia y sino reconocemos esto podemos ser muy religiosos, pero de ningún valor para Dios.

Hemos podido apreciar anteriormente que lo preeminente para Dios en cuanto a las siete iglesias del Apocalipsis era el testimonio de vida, no la tradición, ni el mucho trabajo, ni la actividad cristiana. Esas cosas positivas que podían ser buenas a la vista de Dios estaban ahí, pero lo trascendental para el Altísimo, el testimonio de vida, estaba ausente.

Jesús declaró: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Ap.1.18). El punto principal es la vida, Él vive, y como vivo de entre los muertos se le presenta en medio de los candelabros, que es la Iglesia, la redoma del testimonio.

Encontramos entonces al Dios de la Biblia que juzga a las iglesias de acuerdo a la vida, de acuerdo a lo que Él observa en las congregaciones respecto del testimonio de Jesucristo, como aquel que ha vencido la muerte. Lo que el Creador descubre y revela a aquellas iglesias, es la medida de cuánto se ha perdido de Su testimonio.

Luego muestra cosas que no encuentra en la mayoría de ellas y que deberían estar, y también muestra aquellas cuestiones contradictorias con el testimonio de vida. Su marcado interés se exhibe al no hablar de manera general de estas cosas, sino que de manera particular Él nombra aquellos asuntos que obstaculizan la manifestación de la vida.

Duele ver cómo en nuestra Isla de Cuba, en la mayoría de los grupos religiosos llamados cristianos, católicos y evangélicos, este tema ni siquiera es mencionado y algunos, como el Consejo de Iglesias, tienen un discurso solo político y plegado enfermizamente al gobierno. Lo más precioso para Jehová Dios es la vida espiritual en plenitud, en poder y expresión.

Es imperativo que entendamos esto al encontrarnos al final de los siglos, puesto que las Escrituras declaran “…pues como él (Jesús)es, así somos nosotros en este mundo” (1Jn.4.17). Si eso va a ser real en el creyente, entonces tenemos que tener Su misma preocupación por la vida y no solo preocuparnos por perpetuar una organización religiosa.

Dios solo estará comprometido con aquel individuo que permanece en Cristo, tiene comunión con el Padre, se esfuerza por obedecer Sus mandamientos, se mantiene separado de las prácticas pecaminosas del mundo, permanece en la verdad y ama a su prójimo (cf. 1Jn.1-2). Aquellos que así se conduzcan gozan de la seguridad de pertenecer a la Genuina Iglesia .

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