La Genuina Iglesia (VII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 29 de marzo de 2013, (FCP). Recuerda siempre esto, el Todopoderoso posee un marcado interés por la vida, el cual se puede apreciar a lo largo de todo el relato bíblico, desde Génesis hasta Apocalipsis y, por supuesto en los Evangelios, donde encontramos el ministerio terrenal del Maestro. El Antiguo Testamento es testigo del celo de Jehová por la vida.

Desde el mismo principio el Altísimo dio un paso adelante para proteger esa preciosa vida del alcance del hombre impío, puesto que Dios no dejó que el estado pecaminoso existiera por tiempo indefinido. Después de la rebelión del hombre, dijo el Creador: “ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre” (Gn.3.22).

Nuevamente aparece en escena con la muerte de Abel a manos de Caín. En este episodio se aprecia la actitud de la Deidad hacia la vida. Le fue impuesto un fuerte castigo al homicida al enfrentarse al juicio de Dios, quien le dijo: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gn.4.10).

Un poco más adelante, encontramos el relato donde se encuentra un extraordinario hombre llamado Noé, con el cual el Altísimo establece un pacto donde también encontramos una advertencia para toda la humanidad: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Gn.9.6).

La norma bíblica nos deja descubrir la mente del Creador respecto al tema y Él deja bien claro que ningún ser humano podrá enseñorearse de la vida de otros sin tener que sufrir consecuencias funestas. Ningún hombre que se atreva a tocar aquello que es precioso para el Todopoderoso quedará impune y llevará su retribución.

El propósito de Dios es siempre vida, Él dijo: “Yo soy… el que vivo y estuve muerto, más he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Ap.1.17-18), la muerte no está en el futuro con el Señor, sino que está en el pasado. Es por esto que los teólogos llaman al sacrificio de Cristo el escándalo de la cruz, pues costó un alto precio que la vida estuviera al alcance de los mortales.

Esta es la causa por la que podemos captar en la Biblia el celo de Dios por la vida, y es esto precisamente lo que Él espera de los cristianos y de la Iglesia, que produzcan en cualquier lugar, si en verdad Cristo habita en nosotros, la vida que Él ha derramado. Seguramente vendrán muchas tormentas y nos sentiremos morir en ocasiones, pero la vida resurgirá.

Satanás, el enemigo de las almas, constantemente presiona para destruir cualquier vestigio de vida espiritual a través del cuerpo, de la mente o de las circunstancias, las que en ocasiones nos pueden aplastar. Vamos a tener preguntas, desalientos y luchas, pero debemos conocer que el celo de Dios es por la vida y que Él es el dador de la misma.

Indiscutiblemente es una verdad absoluta, según las Escrituras, que la vida es sagrada para Jehová Dios, de la cual Él es en extremo celoso. El Antiguo Testamento nos enseña estas realidades celestiales y descubrimos la actitud del Creador hacia la vida. La voluntad de la Divinidad nunca estará en armonía con la muerte.

Ahora bien, el Antiguo Testamento es la antesala del Nuevo Pacto, es como una “sombra de lo que ha de venir” (Col.2.17), así que cuando nos introducimos en el Nuevo Testamento ya no es solo la vida del alma del hombre sino un término más abarcador: La vida eterna. Jesús declaró: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn.10.10).

No es posible adentrarse mucho en el Nuevo Testamento sin captar que la controversia sobre la vida eterna se expresa en dos asuntos de suma importancia. Primeramente, si el hombre va ser tomado totalmente por esa vida o no, y en segundo lugar, si el individuo que ya ha sido poseído por la misma, permitirá que ella tenga total expresión o si va a detener su fluir en él.

El Altísimo juzgará a aquellos que obstinadamente desprecian este regalo del cielo, pero también tendrán que dar cuenta los que la han recibido y no se puede ver en ellos nada de la vida eterna que debería fluir como un manantial. Jesús dijo: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn.7.38), estos son los que forman La Genuina Iglesia .

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