José Martí, de la Calle Paula a Dos Ríos, Feliberto Pérez del Sol.

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Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 24 de mayo de 2013, (FCP). Una mustia mañana, la del 19 de mayo de 1895, José Martí ofrendó su vida a lo que consideraba su ideal mayor: librar a Cuba de España. La caída en combate de la figura cimera de nuestra historia, y de la América hispana toda, supuso una pérdida fatal, sin embargo, El Apóstol no murió ese día, sino que se inmortalizó al librarse de la vida.

Desde entonces los cubanos le han absorbido en su conciencia, bien al recoger su profundo pensamiento o fundiéndose en las ansias de su ideal. Por librarnos de la opresión española fue capaz de darlo todo, incluso su vida, y como iba decidido al peor de los dolores, en su inmortal obra nos legó que “la libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio“.

Leer cuanto poeta pudiera, y estudiar y profundizar en las ideas patrióticas, fue durante su niñez y adolescencia un accionar que Martí disfrutó en lo más hondo de su ser. Procurarse textos de temáticas generales e inclinarse por Byron o Shakespeare y colaborar en el periódico “El Diablo Cojuelo” o publicar “La Patria Libre“, marcaron esta etapa de su existencia.

Su pensamiento poético-separatista no halló espacio en el rudo carácter de su padre, quien había nacido en España y era celador de la policía. Mariano Martí trató de imponerle un españolismo a ultranza, a la vez que calificaba su adicción por la poesía como una actividad de holgazanes.

El niño de la calle Paula tuvo una vida por entero entregada a la causa emancipadora de su patria. Libertar a su sufrida Isla del yugo colonial español fue durante su breve existencia una labor cotidiana no exenta de sacrificios. Fue enviado a presidio a temprana edad, 17 años, y allí conoció del anhelo libertario que los cubanos ya exigían a la metrópoli.

Tras una gestión de su padre fue liberado y desterrado forzosamente a la península ibérica, la Península del Oprobio, sitio adonde cargó su cuerpo lastimado aún por grilletes y cadenas pero acompañado de dulces recuerdos de su lejana niñez, así como de su Cuba y su amada campiña. La primavera en Madrid avivó su sangre criolla y le trajo memorias, en tanto volvió a padecer las cicatrices del encierro, pero en su alma doliente tuvo siempre la patria seguro espacio.

Vivió desperdigado en “extranjero suelo“, y de regreso a América se radicó en México, más tarde en Guatemala y Venezuela, tierras en las que se sintió como si pisara suelo patrio. Conectó a isleños dedicados a la soberanía definitiva, pues se hacía urgente la necesidad de unir a todos los nacionales, tanto a los viejos veteranos de la guerra de 1868, afincados en la diáspora, como “Los Pinos Nuevos” radicados en la Isla.

Sintió en lo más hondo que su sacrificio importaba a la causa de la libertad, por ello zarpó en 1895 a tierra cubana y se sumó a la contienda recién comenzada. El deseo de incorporarse era irresistible, pues añoraba el aroma del campo cubano, sus susurros y contornos, además, los ecos libertarios de la Guerra del 95 no le permitían permanecer un día más en suelo extranjero.

Su existencia le es arrebatada en dicha contienda, pese a que la libertad le canturreaba al oído, al punto que la afirma cuando escribe “siento avisos del corazón“. Apenas participó en la gesta que ayudó a organizar, aún así supo que no sentía “la patria como triunfo sino como agonía y deber“.

Fue amante del ideal más puro de los hombres, “trabajar es lo primero, y decir sin miedo lo que se piensa” es una expresión suya que si bien no acoge a todos en los pliegues de sus designios, sí forja una categoría humana superior. Honor, Libertad y Justicia son palabras por las que vive, y por las que finalmente muere.

Solo vivió 42 años, y en cada uno de ellos tuvo como lema difundir el amor, tanto en tiempos de guerra como en días de paz, algo que explica al decir: “guerra sinceramente generosa“. Máxima que hoy más que nunca fructifica, pues los cubanos que tenemos la Revolución en contra poseemos suficiente voluntad para perdonar a quienes representan ideales opuestos a los nuestros, a ellos solo decimos como El Maestro: “Yo os perdono“.

Desde su nacer, aquel 28 de enero, aurora habanera que aún no ha terminado, hasta los llanos del oriente y el intrínseco Dos Ríos a donde se largó resuelto a auxiliar al sol en su salida, el apego cultivado por El Apóstol hacia los suyos no tiene paralelo. Su total equidad en el más cenagoso de los temas y la magnitud de su ejemplo hacen que su partida aquel 19 de mayo sea solo el final del lamento y el comienzo de un eterno periplo.

Martí solo vivió 42 años, y en cada uno de ellos tuvo como lema difundir el amor, tanto en tiempos de guerra como en días de paz.
Martí solo vivió 42 años, y en cada uno de ellos tuvo como lema difundir el amor, tanto en tiempos de guerra como en días de paz.

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