La Fe Salvadora (II), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 14 de junio de 2013, (FCP). La fe bíblica, aquella que es de acuerdo a la voluntad de Dios, la misma que se alimenta de la Palabra revelada del Todopoderoso, es un atributo muy importante y que marcará la diferencia entre un cristiano espiritual y uno carnal. Pablo, el apóstol, dijo: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (1Co.3.1).

Muchos son los “predicadores” que han salido para enseñar que ellos son capaces de librarte de todo temor, y hasta imponen las manos para “lograr” tal fin, aunque en Cuba no he escuchado a casi ninguno de estos oradores decir que el cristiano debe tener el coraje de decir lo que piensa. Ellos mismos no se pueden librar del terror de la larga mano de la Seguridad del Estado.

Estos personajes, a medida que asumen funciones de autoridad, los embarga un desprecio por los absolutos morales de Dios, puesto que ellos mismos se vuelven esclavos de la depravación. Pedro, el apóstol, enseñó: “Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2Pe.2.19).

El temor, por el simple hecho de ser seres humanos, va a estar ahí siempre y nadie te puede liberar de eso, y cuando tengas que librar la batalla contra lo increíble te acompañarán el temor y la duda. Pero recuerda que la diferencia la hacen aquellos que, a pesar de eso, se levantan con la fe en Dios para salir victoriosos.

Solo la fe en Jesucristo es la única condición que el Creador demanda para ser salvos, ella no es solo una declaración verbal a cerca del Mesías, sino una empresa que fluye desde el interior del cristiano en el esfuerzo de seguir a su Salvador. Pablo y Silas dijeron al carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hch.16.31).

Varios elementos importantes son incluidos en el concepto neotestamentario de la fe. Significa, en primer lugar, creer y confiar sólidamente en el Cristo crucificado y resucitado como Señor y Salvador personal. “… la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Ro.10.9).

En segundo término la fe, que nos conduce hacia la salvación, involucra arrepentimiento lo que significa un abandono del pecado con una profunda tristeza de corazón, y volverse al Altísimo por medio de Jesucristo. Pablo declaró: “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación…, pero la tristeza del mundo produce muerte” (2Co.7.10).

Para el apóstol, el arrepentimiento del pecado y la fe en el Señor Jesucristo, son responsabilidades de los seres humanos en el proceso de la redención. En cuanto al tema de la tristeza del mundo, significa que el que no se arrepiente se entristece con frecuencia por las consecuencias de su pecado, esa tristeza lleva a la muerte y, al final, al juicio eterno (cf. Ro.6.23).

La fe de la que hablamos también incluye la obediencia al Señor Jesucristo y su Palabra, con esto nos referimos a que debe ser el modo de vida del creyente, si es que en verdad ese individuo le ha acontecido una genuina experiencia de nuevo nacimiento. Pablo explicó: “…, y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones” (Ro.1.5).

Una conexión personal y sincera, junto con una devoción hacia la persona de Jesús, son componentes indispensables para conformar la fe, estos se expresan en confianza, lealtad y gratitud. La persona que ha sido rescatada de las tinieblas para el reino del Altísimo, se deleita en ver como fluye la vida de Dios en todo su ser (cf. Ga.2.20).

La fe, según nos expone la Biblia, es tanto un acto en una determinada situación momentánea como una actitud continua que debe avivarse y crecer. Es el sentir del escritor de la carta a lo Tesalonicenses: “Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros…, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos…, abunda para con los demás” (2Ts.1.3).

La obra del Espíritu Santo nos conduce a una dependencia total de Cristo para vivir para Dios. Pablo, el apóstol, nos dejo un estremecedor legado: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga.2.20).

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