La Genuina Iglesia (XII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 3 de mayo de 2013, (FCP). Maravilloso y sublime es llegar al conocimiento de que Dios desea edificarnos juntamente como creyentes para que Él, por medio del Espíritu Santo, venga a morar en medio nuestro. A medida que esa vida es manifestada en la congregación de los salvos, aquel que es “el camino, y la verdad, y la vida…” (Jn.14.6), será visto de nuevo, en todo su esplendor, por todos los hombres.

Numerosas son las instituciones autodenominadas como iglesias cristianas, pero, a menos que sea una realidad que Jesucristo se manifieste y sea visto a través de ellas, no tenemos justificación para llamarnos nosotros mismos: La Iglesia. A través de Las Escrituras Dios demanda y confronta a Su pueblo con esta verdad, para que lleguemos a ser lo que decimos que somos.

La Iglesia está llamada a ser una manifestación de Cristo delante de la humanidad, el propio Jesús lo dejó claro en Juan 17 al expresar: “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste“. La unidad bíblica es para que el mundo se encuentre con el Salvador, no para complacer a un Gobierno como sucede en Cuba.

Toda institución que ostenta un nombre cristiano debería mantener un testimonio vivo de la presencia del Todopoderoso al ministrar a los perdidos. Los hombres, al observar el testimonio de los cristianos y no solo por lo que hablan, deberían saber que Dios rompió las ligaduras de la muerte cuando levantó a Cristo de entre los muertos para no ver más muerte.

Cualquiera puede pensar que el propósito de la Iglesia cristiana en la tierra es celebrar servicios religiosos, atender las peticiones de los necesitados y perpetuar el nombre de sus instituciones, lo cual podría formar parte de su proceder. No obstante, el Nuevo Testamento enseña que fuimos diseñados para que el mundo pudiera ver a Cristo a través nuestro.

Algo por debajo de este estándar no justifica el hecho de llamarnos Iglesia, no importa “si hablase lenguas humanas y angélicas…, si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia…, si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado…” (1Co.13). Tiene que haber testimonio de la resurrección de Cristo.

Somos el cuerpo de Cristo en el que están todos los cristianos salvos interconectados, y el cuerpo es el medio mediante el cual se expresa la personalidad. Por tanto, la Iglesia debe ser una prueba fehaciente de que la muerte no pudo retener al autor de la vida en su seno, y que Él vive por los siglos de los siglos. Solo dicho proceder complacerá al Altísimo.

Cuando se reúnen los seres humanos lavados con la sangre de Cristo, la revelación del salvador debe ser tan real como el aire que respiramos. La sentencia de Jesús fue clara cuando les comunicó a los apóstoles esta verdad: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt.18.20).

El congregarnos en Su nombre no tiene que ver con que seamos o no muy solemnes, o con que seamos o no muy emocionales y expresivos, tiene que ver con que le representemos ante un mundo empeñado en vivir de espaldas al dador de la vida. Debemos representarle responsablemente, sino corremos el riesgo de perder nuestro celestial llamado.

Incontables elementos superfluos, debido al desenfoque espiritual y al desconocimiento de las Sagradas Escrituras, son introducidos en el culto divino y en las estructuras religiosas comúnmente llamadas cristianas. Todo esto es causa de la sequía espiritual, pero en la celebración del culto a Dios, las personas deben ser impactadas con Su presencia.

El cuerpo de un cristiano viene a ser habitación del Espíritu Santo, el cual es el sello del Todopoderoso en un individuo que ha sido salvado de la condenación. “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Ro.8.11).

Jesucristo, por medio de su muerte y resurrección, destruyó la muerte y al que tenía el poder de la muerte, esto es al diablo, y con este sacrificio sacó a luz la vida en la cual no hay muerte. Así que los que formamos el cuerpo de Cristo, donde quiera nos congreguemos, esta misma vida debe fluir como un río para bendición de muchos, este es el legado de La Genuina Iglesia .

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