La Genuina Iglesia (XIII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 10 de mayo de 2013, (FCP). La vida eterna no comienza después de la muerte, sino desde el mismo instante en que se opera la salvación en un individuo, y la misma es el fruto de la muerte y la resurrección de Cristo, pues fue en el Gólgota donde la muerte quedó vencida. Pablo, al citar a Isaías y a Oseas, dijo: “Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1Co.15.54-55).

Existe la Iglesia en este planeta solo para declarar, con demostración del Espíritu y poder, que tenemos una vida indestructible, una vida que vence al pecado y a la muerte con la misma potencia con que Cristo salió de la tumba. Por tanto, el pueblo cristiano debe ser un pueblo santo y fiel, que no se deje corromper bajo ninguna circunstancia.

Deberíamos permanecer incorruptibles y fieles al Dios vivo en medio de un mundo de liviandad. Jesús oró y dijo: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn.17.15), y Pedro, unos años después agregó: “A estos les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfreno de disolución, y os ultrajan” (1Pe.4.4).

Evidentemente el Todopoderoso no desea la separación de Su pueblo del mundo en medio del cual vive, por el contrario anhela que permanezcamos firmes aquí y que mantengamos un testimonio eficaz de la vida. Por tanto, al observar la iglesia y juzgar por sus frutos, podremos apreciar si la misma mantiene su testimonio o predomina la muerte espiritual.

Una avalancha de costumbres mundanas inunda una gran parte de la iglesia en el presente, al punto de que en ocasiones no vemos ninguna diferencia notable entre ella y las prácticas impías, lo cual es indicio de que, en determinadas situaciones, la muerte espiritual ha prevalecido. Lo trágico es que muchos incautos son engañados por grupos que solo tienen un nombre y nada más.

La decadencia espiritual ha alcanzado a muchos que en el pasado fueran conocidos como celosos conservadores de los valores bíblicos, pero ahora son magníficos liberales dispuestos a introducir cualquier costumbre pagana con tal de mantener contentos a sus feligreses. Estos no pudieron mantener sus testimonios al ser sometidos por la muerte espiritual.

Aquellos que somos radicalmente salvos estamos comprometidos con la palabra “Iglesia” para que no sea tomada a la ligera, pues ella se refiere al cuerpo de Cristo, la congregación de los redimidos. El creyente que ha experimentado el perdón de sus pecados no puede pensar que existe independientemente de la congregación de los comprados con la sangre de Cristo.

Tristemente hoy podemos observar, en numerosas iglesias, un sinnúmero de individuos absorbidos por la muerte, quienes todavía caminan por este mundo porque aun conservan la vida física. Dicho proceso no tuvo lugar de manera rápida, sino que sucedió paulatinamente, al dejar la entrada libre al pecado.

Antes de Jesús orar por Lázaro, quien había muerto, dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn.11.25-26). Tenemos el poder para no fenecer ni ante el maligno, ni ante el mundo, puesto que Dios nos ha dado la vida que venció la muerte.

Si algún creyente no cree esto, debería revisar la revelación del apóstol Pablo a los efesios a quienes les enseñó cuál era Su herencia en los creyentes: “y cual la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza“. Esta potencia fue la misma que “operó en Cristo, resucitándole de entre los muertos” (Ef.1.19-20).

Para el cristiano es importante conocer el accionar del poder del Altísimo, porque solo así podrá crecer en gracia, vencer al maligno y al pecado, testificar de Cristo eficazmente y al final alcanzar la salvación. Dicho poder no es más que la acción y la manifestación del Espíritu Santo que obra a través de los creyentes fieles, de esta misma forma Cristo se levantó de entre los muertos.

Para ser llamados el Cuerpo de Cristo, es necesario que permanezcamos firmes en esta creencia declarada en la Santa Palabra de Dios, y vivir por ella a pesar de cualquier circunstancia. Ni un nombre, ni la historia, ni el poder económico justifican la existencia de la iglesia, esta solo esta plantada sobre la base de la resurrección de Cristo, esto si hablamos de La Genuina Iglesia .

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