Del Maleconazo y Otras Historias, Feliberto Pérez del Sol.

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Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 9 de agosto de 2013, (FCP).Elpasado 5 de agosto se cumplieron 19 años de un suceso que desembocó en las aspiraciones de buen número de cubanos, el cual pasó a la historia como El Maleconazo. Ese día de 1994 miles de jóvenes, sedientos de libertad y hastiados de un inoperante gobierno, se enfrentaron a la policía y a sus dependencias, y protagonizaron una airada protesta en pleno corazón de La Habana.

En aquellos días la población de la Isla atravesaba quizá el momento más crudo que haya conocido durante todo el siglo XX, y la desesperación ante la urgencia de hallar una posibilidad de escape inundaba a los más jóvenes. No es de extrañar entonces que fuesen estos los protagonistas de la mayor manifestación civil contra el régimen castrista hasta nuestros días.

No existen dudas de que El Maleconazo fue el añadido necesario para que lo sucedido aquel verano no quedara en el olvido. Aunque hacía ya varias semanas que el Malecón habanero rugía de disgusto popular.

Debido a la crisis que afligía al país, cerca del muro las personas se reunían esperanzadas con subir a alguna de las rudimentarias balsas que huían cargadas de compatriotas. Existía también la “opción” de hacerlo en las pertenecientes al gobierno, las cuales eran desviadas en ocasiones rumbo a territorio estadounidense.

Para la mayoría de la juventud cubana de entonces, como para la de ahora, la mejor forma de hallar la libertad era hacerlo con los pies, o mejor dicho con los remos, y la única ribera disponible que veían estaba 90 millas al norte. No obstante el desespero, todos no tenían una balsa a mano ni todos querían secuestrar una embarcación.

Entonces sucedió lo impensable, aunque se sabe que todo tiene una primera vez. Desde las primeras horas del viernes 5 de agosto de 1994, miles de cubanos, principalmente habaneros, coparon la zona del Malecón así como sus calles aledañas, hasta paralizar el tráfico.

Luego lanzaron piedras y botellas, o cuanto objeto tuvieran a mano, contra la policía y las vidrieras de las tiendas circundantes. Según testimonios de algunos de los propios protagonistas, los incidentes alcanzaron el mayor grado de violencia en la esquina que forman Galeano y Malecón, en los alrededores del Hotel Deauville.

Se dice que el choque entre partidarios y contrarios al régimen allí fue excesivamente violento, aunque también se supo de encontronazos en varias calles comerciales del centro de La Habana, así como en la zona de la Habana Vieja. Como quiera que haya sido, y donde quiera que haya sido, ese día se oyeron, más que ninguno otro, gritos a favor de la libertad.

La conducta violenta asumida por el tirano, así como los modos con que respondió a semejante atrevimiento, no se hizo esperar, y hacia las playas rebeldes trajo su fiera invasión. Cuentan que luego de tener controlado el perímetro se presentó y pidió para sí su ración de pedradas, no sin antes procurarse que por cada vidrio roto hubiese un hueso quebrado también.

Si bien El Maleconazo sirvió como respuesta a una situación de desesperanza que invadía a toda Cuba, y que por ende hacía insoportable la estancia dentro de esta, no es menos cierto que dos décadas después este contexto apenas ha cambiado. Harán falta nuevos maleconazos, y no precisamente como válvulas de escape para echar a los viejos mercaderes del templo, si no todos aquellos jóvenes que se arriesgaron a tanto caerán en el agujero de la desmemoria.

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