Joaquín el Pastelero, Feliberto Pérez del Sol.

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Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 28 de junio de 2013, (FCP).

Joaquín era el negro más negro de todo el barrio La Vigía, y por la demarcación existente dentro del triángulo que forma la Carretera Central, el río Cubanicay y la Avenida de Marta, nadie tenía la fama de tener las manos tan grandes como él. A lo anterior a de sumársele que por aquellos lares tampoco nadie era tan excelente hornero, ni tan buena persona, y como se dijo antes…ni tan negro.

Lo retinto de su piel, su legado repostero y su amabilidad hacia los demás, le vino de su madre Isabel, quien a su vez heredó cada una de estas cualidades de un abuelo también negro, dulcero y bonachón. O sea, que por cuatro generaciones aquella herencia no había conocido resquiebro alguno.

No más amanecía, el portal de la casa de Joaquín se convertía en una colección de varias fuentes atestadas de doradas y aromáticas confituras, y de una no menos retahíla de muchachos descalzos y medios desnudos deseosos de que Joaquín los enviara a entregar algún pedido. De ocurrir así, el chiquillo escogido aseguraría varias de aquellas golosinas como premio, las cuales luego se vería obligado a repartir entre toda la chiquillada si no quería recibir una buena tunda de pescozones.

Joaquín andaba siempre impecablemente vestido de blanco, e Isabel, por atenuarle un poco el color de su piel le reprendía por ello. Detrás de ese níveo vestuario lo único que se advertía era un oscuro rostro sudoroso por el calor del horno y unas inmensas manos que mesclaban una masa amorfa de harina de trigo, levadura, aceite y sal. También solía mostrar a ratos una diáfana sonrisa homosexual que lo delataba como tal.

En los días finales de la lucha armada contra Fulgencio Batista hizo uno que otro aporte a quienes intentaban derrocar al general golpista. Eso sí, todo cuanto donaba lo hacía en horas de la noche, pues a ese horario era menor el flujo de clientes y menor era también la posibilidad de que le sorprendieran los de la Secreta. Más de una vez Isabel le cuestionó por semejante riesgo, pero invariablemente Joaquín le respondía que por regalar unos cuantos dulces y un par de pesos nada malo habría de sucederle.

Al amanecer del 1ro de enero de 1959, cuando se supo que Batista había huido, Joaquín regaló toda la producción dulcera que como era habitual tenía lista al rayar el alba. Al conocer aquello, lo de los dulces gratis, la muchachada del barrio se agolpó en los portales donde colocaba Joaquín su mercancía y le prodigó toda clase de elogio al General, e incluso, en su despiste, hubo quien luego de hartarse la panza hasta le deseo buen viaje.

Rebosante de alegría dicen que se le vio a Joaquín por aquellos días, hasta que una noche de abril, a inicios de 1961, dos hombres vestidos de civil se personaron en su hogar-dulcería para advertirle que de ahora en adelante debía reducir considerablemente su producción confitera, y esconder completamente su sonrisa, la cual, según le explicaron, no era bien vista por la nueva dirección política del país. Le informaron además que aquello era una orden Revolucionaria, y que si no le gustaba este preceder podría largarse del país.

A partir de aquella Revolucionaria visita sus amaneceres en Santa Clara se hicieron cada vez más llenos de inseguridad. Apenas salía al portal, mucho menos a la calle, y cuando lo hacía, procuraba por todos los medios que no lo vieran sus vecinos, pues muchos de estos cooperaban ya con los CDR, un sistema de espionaje implantado en aquel entonces por el gobierno comunista que tenía como misión principal denunciar cualquier actividad “sospechosa” de la población.

Para finales de aquel año se le hizo insostenible el modo de vida que llevaba, el cual si bien no era el más añorado, era el que tras duro bregar había logrado granjearse. Escasamente se ganaba algo con aquello de los dulces, pues luego del jaleo aquel de la nacionalización de los negocios privados le resultó imposible adquirir la materia prima necesaria.

A los poco días se le prohibió vender los apetitosos dulces que con tanto amor había aprendido a hacer desde niño. Optó entonces por acatar la Revolucionaria disposición aquella de largarse del país.

Desde entonces sus enormes manos producen pan en un país lejano. No fue más un excelente hornero, pero si muy buena persona, y aunque era muy negro no hubo de esconder nunca más su identificadora sonrisa homosexual.

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