La Fe Salvadora (IX), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 2 de agosto de 2013, (FCP). Para muchos la religión es solo una coraza para salvaguardarse de los embrollos de la vida y viven escondidos detrás de convenciones, concilios, asambleas y tradiciones, como si vivieran dentro de un castillo medieval. Ellos han olvidado completamente que para poder vivir una vida de fe, debemos salir más allá de los marcos que ha puesto la religión y estar dispuestos a correr riesgos.

Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande… Y se fue Abram, como Jehová le dijo” (Gn.12.1-4). No fue revelado en ese momento hacía donde el Todopoderoso lo llevaría, sino que tendría que viajar bajo la dirección directa de la Divinidad.

Esta pequeña narración nos recalca la verdad de que la obediencia a Dios es esencial en una relación redentora con el Creador, en el caso de Abram, él decidió seguir la Palabra del Señor. Su obediencia incluía el salir de su hogar, de su país y confiar en el cuidado, la dirección y las promesas del Altísimo, las cuales siempre producen vida.

Semejante situación exigía una fe que retaba a un hombre de 75 años a dejarlo todo para conocer y experimentar a Dios, quizás cuando ya sus pensamientos se dirigían a retirarse en un lugar tranquilo y disfrutar de sus posesiones. El tipo de fe de la cual Dios es el autor, es aquella que nos impulsa y fortalece para vencer los más inverosímiles obstáculos.

Por cuanto Abram, más tarde Abraham (cf. Gn.17.5), tenía una fe en Dios que se expresaba en la obediencia, se le declaró como magno ejemplo de la verdadera fe salvadora. “Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia… Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham: En ti serán benditas todas las naciones” (Ga.3.6-9).

La Iglesia moderna se caracteriza por organizar muchas actividades, servicios, cultos especiales y para esto tiene comités, juntas y directivas, pero hasta que no esté dispuesta a salir del marco de la religiosidad nada trascendental sucederá. Dios puso a Su Iglesia en medio de este abatido mundo para llevar un mensaje de salvación y esperanza.

Tristemente muchas iglesias incurren en el error, como en la mayoría de las iglesias cubanas, de encerrarse en si mismas para no tener que enfrentar el tremendo desafío que como una tormenta se agita fuera de las cuatro paredes del templo. Es una tragedia la carencia del espíritu de aventura que siempre caracterizó la fe de la Iglesia bíblica.

Es una tendencia enfermiza de varias instituciones eclesiales el moverse solamente dentro de su propia “seguridad”, solo con el intrascendente propósito de perpetuar su nombre. Después dicen que son cristianos, como si Cristo se escondiera detrás de las tradiciones estériles, de concilios o sistemas doctrinales, Jesús trasciende todo eso para estar siempre en medio de la situación.

A lo largo de la vida cristiana siempre estará presente el temor de ser avergonzado, rechazado, criticado o perseguido, pero al orar con fe podemos ser renovados y el Espíritu Santo traerá una increíble valentía para testificar. Podremos decir como los apóstoles: “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra” (Hch.4.29).

Los riesgos siempre van a estar presentes como también rondará el miedo, pero nada va a funcionar si todo lo que haces está gobernado por el temor. Es un reto latente para cada individuo ir más allá del pánico, los discípulos después de ser azotados no oraron para ser liberados, sino por denuedo para continuar en la obra con fervor (cf. Hch.4).

La realidad de la batalla es crucial en esta hora de definición, y es necesario que nuestra fe esté bien delimitada, pues en la mayoría de los casos el temor no es más que falta de fe en la presencia y obra del Espíritu Santo. Esto es uno de los grandes males de la iglesia moderna que ha dejado a gran parte del pueblo de Dios casi desvalido en esta batalla contra el pecado y la injusticia.

El desafío de los creyentes es llegar a ejercer la genuina fe, atreverse a creer la Palabra de Dios, a actuar con la seguridad de que si el Altísimo lo dijo, entonces Él lo hará. Los israelitas, frente al Mar Rojo con el ejército de Faraón detrás, clamaron a Dios, “Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mi? Di a los hijos de Israel que marchen” (Ex.14.15), y al obedecer se abrió el mar.

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