La Fe Salvadora (VI), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 12 de julio de 2013, (FCP). Si hiciéramos una encuesta sobre el concepto de la fe a personas de cualquier credo, seguramente obtendríamos una amplia variedad de opiniones en las que unas divergirían en algunos puntos y otras se opondrían totalmente. Abordamos aquí el punto de vista bíblico: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He.11.1).

A través de las Sagradas Escrituras encontraremos la información necesaria para entender la naturaleza de la clase de fe que es aceptada por el Todopoderoso, aquella fe que sale triunfante en las circunstancias más adversas. Hablamos de aquel tipo de fe que cree en las realidades espirituales y conduce a la consumación de la justicia.

Es aquella que busca a Dios, cree en Su bondad, confía en Su Palabra, obedece Sus mandamientos, vive conforme a Sus promesas, anhela el hogar celestial, bendice a la generación siguiente y rechaza los placeres del pecado. Además soporta la persecución, realiza obras de justicia y está dispuesta a seguir el ejemplo de Jesucristo (cf. He.11).

Fe no es una absoluta convicción de victoria en medio de la adversidad. Cuando los tres jóvenes hebreos Sadrac, Mesac y Abed-nego fueron amenazados de muerte en la presencia del rey Nabucodonosor, ellos no sabían si Dios los libraría o no. Algo sí tenían bien definido: de ninguna manera doblarían sus rodillas ante ningún ídolo (cf. Dn.3).

Triste caso el de muchas iglesias cubanas que se doblegan ante el actual Gobierno Comunista y además tienen en muy poco el ejemplo de estos abnegados jóvenes de la Biblia, quienes estuvieron dispuestos a arriesgar hasta sus vidas antes que faltar a sus convicciones. No sabemos cuanto tiempo durará, pero tenemos fe de que algún día el sufrimiento del pueblo cubano cesará.

Dios busca individuos como estos jóvenes para militar la Iglesia cubana. Ni las envidiosas insinuaciones de los caldeos, ni las temibles amenazas del rey Nabucodonosor forzaron a esos tres valientes a comprometer sus creencias. Todo lo contrario, resueltamente dieron testimonio de su fidelidad al Creador de los cielos y la Tierra.

Ellos sabían que la ira de Dios por el pecado y la desobediencia es peor que la ira humana (cf. Dt.28), por tanto su esperanza y fe descansaban en que “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Sal.46.1). Cuando se trata de convicciones cristianas, la fe bíblica no mide consecuencias.

Entiéndase que estos heroicos muchachos, al encarar la muerte en el horno de fuego, no orientaron su fe para ser liberados del suplicio para salir con vida, su fe era vivir lo que ellos creían. En sus mentes resonaba la Palabra de Dios: “No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen… No te inclinarás a ellas, ni las honrarás… ” (Dt.20.3-5).

En el Nuevo Testamento podemos encontrar un ejemplo similar en la vida de los apóstoles Pedro y Juan, quienes fueron encarcelados por la predicación del evangelio y de manera milagrosa un ángel los liberó de la prisión (cf. Hch.17-42). La fe de ellos estaba enfocada en ser fieles testigos de Dios, y Él mismo les preservó la vida para que continuaran en esa empresa.

Al definir la fe podemos decir que es una acción que se basa en las convicciones, y esta acción se va a sostener por medio de la motivación de la confianza del individuo, cualquier cosa que se llame fe y no llega a este nivel es un fraude. Una acción o un acto, es la piedra angular de la sustancia de la fe, o sea, la fe no viene a la existencia hasta que empieza la acción.

Muchos han orientado la fe hacia diferentes objetos: fe en sí mismo, fe en la acción misma, fe en la “confesión positiva”, etc., pero para la fe bíblica, como objeto, solo califica Dios y la fidelidad a Su Palabra. Cualquier otra acción de creer, alguien la puede llamar fe, pero no será estimada como tal por el Todopoderoso.

El cristiano lleno de fe descansa confiadamente en el hecho de que toda la creación el Altísimo la trajo a la existencia de lo que no existía, por medio de Su poderosa Palabra. Las Escrituras declaran: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (He.11.3).

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