La Fe Salvadora (VIII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 26 de julio de 2013, (FCP). La fe que mueve el corazón de Dios no está distanciada de la obediencia, Jesús enseñó enfáticamente que el cumplimiento de la voluntad del Altísimo es una condición indispensable para entrar en el reino de los cielos. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt.7.21).

No significa la anterior cita que sea posible ganar o merecer la salvación por medio de las obras y los esfuerzos humanos, que según Isaías son como trapos de inmundicia (cf. Is.64.6). No perdamos de vista que el perdón del Altísimo se recibe mediante la fe y el arrepentimiento, los cuales son posibles solo por la gracia y la muerte expiatoria del Señor (cf. Ga.3.1).

Pablo, el apóstol, nos advirtió en una de sus epístolas: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef.2.8-10).

Sin embargo, el don de la gracia de Dios no anula la responsabilidad ni la acción que le corresponde al género humano, cada uno debe responder positivamente con obediencia al Creador si quiere gozar la vida eterna. No obstante, todo individuo es libre para rechazar la gracia del Altísimo, pero esto conducirá solo a la perdición eterna.

El Mesías enseñó: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor…” (Mt.7.22), para aludir al hecho de que habrá muchos impostores dentro de la misma iglesia con un lenguaje y acciones aparentemente religiosas sin tener la genuina fe salvadora. La respuesta del Maestro será: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt.7.23).

Otro formidable texto lo encontramos entretejido con las enseñanzas del Sermón del Monte: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mt.7.24). Muchos desean seguir un “evangelio” sin responsabilidad y sin demandas, pero esto no existe en la mente del Todopoderoso.

En cierta ocasión se acercó la familia de Jesús para hablar con Él. Sorprendente fue Su respuesta: “¿Quién es mi madre, y quienes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre” (Mt.12.48-50).

Semejante declaración lleva implícita una significativa carga espiritual, pues tiene mucho que ver con la manera como Dios trata a la nación de Israel, representada por la familia del Mesías. Hasta ese momento Su ministerio se había limitado solo a las “ovejas perdidas de la casa de Israel“, pero erróneamente ellos mismos lo habían rechazado.

Uno de los textos más triste de Las Escrituras es este: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn.1.11), por lo que a partir de ese momento Se volvió a todos los que lo buscan de corazón. La fe en el Creador ya no sería patrimonio Israelita, sino que todos los que obedezcan al Altísimo, tanto judíos como gentiles, podrán formar parte del pueblo de Dios.

Santiago, el apóstol, también se expresó para abordar el asunto de aquellos que en la iglesia sostienen que tienen fe salvadora en Jesucristo, pero no manifiestan sincera devoción a Él y a Su Palabra en obediencia. “Hermanos míos, ¿de que aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (St.2.14).

Genuina es aquellafe que no termina con solo la confesión de Cristo como salvador, sino que el individuo actúa en obediencia a Él también como Señor de su vida, así que la obediencia es un aspecto esencial de la fe. Para creer es necesario obedecer, pero es imposible obedecer sin creer. “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (St.2.17).

El regalo de Dios de la fe no se puede esconder, por tanto se va a expresar en obras piadosas, devoción y obediencia a Jesucristo, la sola confesión de la fe por sí misma no es suficiente para la redención, es necesaria la obediencia. De nuestra parte tenemos la Gracia de Dios, la presencia del Espíritu Santo y la intercesión de Cristo para avivar la vida de fe.

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