Jesucristo, Nuestro Ejemplo (I), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 4 de octubre de 2013, (FCP). El tema recurrente de Las Escrituras está en la persona de Jesucristo, desde el libro de Génesis hasta el Apocalipsis el mensaje apunta al Hijo de Dios. Son muchas las personas que permanecen en la oscuridad del mundo espiritual debido a la falta de conocimiento revelado acerca de Él, pero a medida que veamos a Cristo en Su grandeza, nuestra fe será activada y aumentará.

¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?” (Jn.8.46). Declaración proferida por el Maestro a un grupo de judíos que discutían con Él al creer que ellos eran los más puros de todos los hombres. De manera directa les lanzó semejante desafío, sin ningún tipo de presunción o exageración.

Para cualquier ser humano, aceptar tal afirmación se le hace un tanto difícil o imposible porque nadie tiene una experiencia similar, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro.3.23). La mayoría de las veces, debido a nuestra naturaleza pecaminosa, aceptamos el pecado como justificable e inevitable.

Urgente necesidad es la que el hombre tiene de un encuentro con el Espíritu Santo, quien es el único que puede convencer de que en la persona de Jesús hay un hombre que puede afirmar que no tiene pecado. No pudieron entender aquellos interlocutores que hablaban con Dios mismo, con aquel que dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Jn.10.30).

Tales palabras eran suficientes para buscar desesperadamente la muerte del Mesías, los hombres pecaminosos no lo podían tolerar hasta verlo en la cruz, aunque de Él emanaba el Amor. Si hoy volviera a venir como sucedió hace alrededor de 2000 años, los hombres intolerantes y soberbios repetirían las mismas escenas de aquella Pascua al sentirse “amenazados”.

No es difícil aceptar que en Jesucristo, como Dios, no hubo pecado, pero cuando “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil.2.6-7), es entonces que se complican las cosas. Es que la declaración de Juan 8.46, fue proferida desde la condición de hombre.

El odio de los hijos del maligno se volcó sobre Jesús cuando declaró que no tenía pecado. Fariseos, Maestros de la ley y aquellos judíos que habían manipulado y tergiversado la ley para su conveniencia, rechinaron sus dientes de odio contra el autor de la vida, aquel que enseñaba: “Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra” (Lc.6.29).

Reproducir el mismo carácter moral de Jesucristo en la persona que ha sido salvada al creer en el evangelio, es el propósito final del Todopoderoso. Esto es ser conformados a la imagen de Jesús de tal forma que las personas puedan, una vez más, ver a Cristo a través de los creyentes. Cuando esto suceda, también allí estará el odio de los hijos de Satanás.

Cuesta entender a la mente humana, a menos que sea revelado, que Cristo se hizo hombre, que el Dios eterno entrara en la vida de los hombres, con todas las limitaciones de la experiencia humana. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn.1.14).

Así que cuando contemplamos a Jesús, podemos ver el tipo de hombre que el Altísimo desea reproducir en todos aquellos que acepten la salvación por medio del sacrificio de Cristo. Si las personas no alcanzan a ver a Cristo a través de alguien que se llame cristiano, entonces es que todavía no ha tomado cuerpo el evangelio bíblico.

Jesucristo nos dejó el ejemplo perfecto de obediencia y sumisión cuando declaró: “Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, El me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna” (Jn.12.49-50). No existía ningún tipo de drama en su proyección, y hablaba de una forma simple.

Una correcta percepción de la persona del Mesías, es sumamente necesaria para poder alcanzar el propósito del Altísimo en nosotros. Solamente al contemplar a Cristo en el Espíritu, es que podemos ser transformados a Su misma imagen, puesto que no podemos ser cambiados más allá de la visión o revelación que tengamos de Él (cf. 2Co.3.18).

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