Jesucristo, Nuestro Ejemplo (II), Antonio Raúl Machado García.

Antonio.jpg Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 11 de octubre de 2013, (FCP). Las palabras proferidas por Jesucristo impactaban profundamente en sus atentos oyentes a pesar de carecer de dramatismo y de poseer un mensaje simple. Recordemos su contundente declaración en un momento de consternación de sus discípulos: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn.6.63).

Contrariamente a muchos líderes políticos o eclesiásticos de la actualidad que mas bien buscan deslumbrar a los auditorios, Jesús nunca intentó impresionar a las personas con palabras rebuscadas que fuesen difíciles de entender. Sus intenciones de mostrarles a las personas el camino de la vida eterna se podían palpar claramente en todos sus discursos.

Con tal autoridad se proyectaba, que hasta sus detractores quedaban sobrecogidos, debido a que ningún otro líder, saduceo o fariseo, podía hablar de ese modo. Por eso, cuando predicaba en las sinagogas, muchos “se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mr.1.22).

Recordemos que solamente si contemplamos al Hijo de Dios en su correcta perspectiva en el Espíritu, es que podemos ser transformados a la imagen de Cristo, y es por esto que cada enseñanza sobre Él debe ser confirmada por Las Escrituras. Es de suprema importancia lo que aceptemos sobre Jesús, porque no vamos a ser cambiados más allá de nuestra visión del Mesías.

Aquella persona transformada es la que entendió que podía poner su fe plenamente en Jesús, porque Él no intentó decir algo correcto, o dar una dirección correcta, sino que Jesucristo hablaba las palabras de vida de un modo inteligible. Él dijo: “… el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar” (Jn.12.49).

Podemos apreciar que gran parte de la problemática humana consiste en no poder aceptar que en Jesús está la respuesta a todo, que si creyésemos en Él, muchas cosas serían cambiadas. Cuesta aceptar a la mente natural que Jesucristo es lo que Él dice que es, que nada es imposible para Él, y que ahí podemos arraigar nuestra fe sin temor al fracaso.

No perdía Jesús un solo instante para enseñarle obediencia a todos sus seguidores. En una ocasión, asediado por los judíos, les declaró: “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Jn.5.19).

Nuevamente en el mismo capítulo, y en el mismo conflicto con los judíos, encontramos otra aseveración semejante, aunque con respecto al juicio: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Jn.5.30).

Nos habló directamente y sin rodeos, no en una forma complicada o en parábolas. Nos dejó el ejemplo de que todo lo que Él hizo, de que su andar “haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hch.10.38), dependía completamente del Padre. Es una de las grandes batallas del ser humano: Renunciar a nuestra autosuficiencia para depender de Dios.

Son muchos los llamados cristianos que aún no han entendido esto, Jesucristo pasaba largas horas de la noche, y también muy temprano en la mañana, para estar en comunión con el Padre para de una forma consciente someterse a la voluntad del Altísimo. Así nos enseñó una ley: “Ora…, en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mt.6.6).

Necesitan llegar a este punto los discípulos del Nazareno, ser imitadores de Él en Su sometimiento a la primera Persona de la Trinidad, y que de la misma manera que Él permitió al Padre controlar toda su vida, también nosotros lo hagamos. Sin dudas, la rendición completa a Dios es uno de los grandes secretos de Las Escrituras.

El magnífico modo de vida del Nazareno y Su obediencia perfecta a la voluntad divina, trajo muchas bendiciones a la humanidad, además del agrado del Padre hacia Él. Una voz se dejó escuchar desde los cielos cuando Jesús subía de las aguas bautismales: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt.3.17).

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