La Conquista de lo Imposible (I), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 6 de septiembre de 2013, (FCP). El Libro de Josué en la Biblia continúa la historia del Pentateuco de Moisés. Este registra desde el cruce del río Jordán por Israel para entrar a Canaán después de la muerte de Moisés, hasta la conquista de esta tierra y el establecimiento de las 12 tribus. “De esta manera dio Jehová a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella” (Jos.21.43).

Canaán es tomada, según la fecha bíblica, alrededor del año 1405 a.C. y los siguientes 30 años de la historia de la nación de Israel quedaron registrados en las páginas de este libro para mostrar como Dios estableció milagrosamente a Su pueblo. Con este hecho quedó demostrada la fidelidad del Altísimo en cumplir Sus promesas del pacto con Abram (cf. Gn.12.6-7).

Apropiadamente el libro tomó el nombre de su personaje principal, Josué, quien fue escogido por Dios para ejercer un eficaz liderazgo en una época tan importante como la de la toma de Canaán. Su experiencia abarcaba el fin de la opresión de Israel en Egipto, por lo que había sido testigo de las diez plagas, de la primera pascua y el milagroso cruce del Mar Rojo.

De la lista de relatos que contiene el libro podemos aprender el gran interés del Todopoderoso en preservar a los suyos a través de actos salvadores contra enemigos que siempre sobrepasaban numérica y tecnológicamente a Israel. Uno de los milagros más impresionantes que contiene la obra es la toma de la “invencible” ciudad de Jericó.

Josué, del hebreo Yeshua‘, es el nombre cuyo equivalente es Jesús, por tanto, Josué es un tipo de Jesús en el Nuevo Testamento. Así como Josué condujo a una nación a la Tierra Prometida en que fluye “leche y miel“, también Jesús por su obra sacrificial y perfecta en la cruz, y su ministerio terrenal, está capacitado para “llevar muchos hijos a la gloria” (cf. He.2.10).

Estas Escrituras han llegado hasta nosotros, que vivimos en los postreros tiempos, como ejemplo para aquellos que deseamos agradar al que vive por los siglos de los siglos. La Iglesia y los cristianos de nuestro tiempo deberíamos marchar valiente y victoriosamente contra nuestros enemigos de la misma manera que lo hizo Israel en el pasado.

Ya dijimos que Jericó es uno de los episodios más impactantes que contiene del libro de Josué, por la palpable intervención de la divinidad y por las lecciones que nos brinda para aquellos que deseamos cultivar una profunda relación con el Creador. Desde la perspectiva bíblica, esta ciudad había colmado la medida del pecado en su corrupción y desenfreno.

Dicha metrópoli ocupaba un área de alrededor de unas tres hectáreas y ostentaba unos formidables muros que podían llegar hasta nueve metros de altura y seis de espesor, para su protección contra cualquier invasor. Para el momento de lo ocurrido se encontraba herméticamente cerrada por el peligro que representaban los israelitas.

Por sus características era considerada como inconquistable, pero también existía la creencia local de que era una ciudad inaccesible para cualquier enemigo debido a que se encontraba protegida por los dioses de los cananeos. Quizás no faltaron las burlas de los habitantes de Jericó al considerar el “débil” ejército que se encontraba en su horizonte.

Desde el punto de vista estratégico se consideraba la toma de Jericó como la clave para toda la futura estrategia de guerra que seguiría Josué para completar la conquista de los demás reinos que pugnaban en la tierra de Canaán. Además quedaría demostrada la superioridad que el Dios de Israel poseía sobre todos los dioses cananeos.

Josué y todos los israelitas entendieron rápidamente la naturaleza del conflicto, lo cual fue decisivo en el resultado de la batalla. Ellos advirtieron que el conflicto no era solo terrenal, sino que también era el Ejército Celestial “contra principados,…potestades,…gobernadores de las tinieblas,…huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef.6.12).

Así que cuando “Jehová dijo a Josué: Mira yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra…, y así que Josué hubo hablado al pueblo” (Jos.6.2-8), ellos obedecieron el mandato seguros de la victoria. Aunque las instrucciones que el Altísimo les dio parecerían un tanto sin sentido para el ser humano, sirvieron para “La conquista de lo imposible.

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