Agustín el Labrador, Feliberto Pérez del Sol.

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Agustín había vivido siempre de su finca, la cual se hallaba en las faldas del cerro “Manuel Pérez”, específicamente en la ladera que mira hacia el caserío La Presa. En ella nacieron sus tres hijos, y en ella conoció la muerte su adorada madre, luego de que un infarto cerebral le atacara la Nochebuena de 1944. Su padre pasaba ya las siete décadas de vida y solo atendía los animales, pues Agustín no le permitía hacer otras labores.

Como resultado de su arrimar duro la guataca contra el áspero suelo, y del constante golpe con que el machete desbarataba la enredada manigua, Agustín era capaz de obtener de su pequeña parcela algo de arroz, frijoles, maíz, boniato, malanga y yuca. Por su parte, la benévola naturaleza del lugar lo premiaba con jugosos mangos, cremosos mameyes, apetitosas guayabas y otros frutos, también de abundante palmiche para criar cerdos, a los que sacrificaba uno cada tres meses.

El humilde bohío donde reposaban sus huesos al final de cada jornada denotaba cierto esplendor arquitectónico, pues su armazón había sido construido con “materiales” de la zona, o sea, tablas de palma y postes de jiquí para paredes y horcones respectivamente, mientras las soleras y el caballete los hizo de eucalipto.

De este mismo madero eran también las seis vigas que por cada lado soportaban el entretejido de guano que formaba el techo. En el interior, un ordenado panel de yaguas dividía en tres el inmueble, el cual estaba formado por dos habitaciones usadas para dormir, a las que se llegaba tras sortear una sala repleta de sacos y otros trastos. Completaba su aposento una reducida cocina de leña, ennegrecida por la llama que segregaba dicho combustible. Algo distante de la casa, una letrina servía como sitio para el baño diario y otras necesidades biológicas.

Jamás se aventuró Agustín en ir a la ciudad a comprar o vender alimentos, pues si necesitaba algo de azúcar o sal, o si le apremiaba algún útil de limpieza o higiene personal o si quería comerciar parte de su producción agrícola o avícola, acudía a unos vendedores que cada 15 días surcaban aquellos parajes.

Desde que tuvo uso de razón, cosa que en ocasiones se preguntaba si alguna vez tuvo, no conoció otro modo de conseguir alimento para él y su familia que no fuese doblar el lomo como un condena´o y trepar loma´rriba con una guataca al hombro y un machete a la cintura, desde que el sol asomaba detrás del lomerío hasta que los últimos rayos de este se iban a descansar.

La vida pueblerina no le agradaba. En Santa Clara, Manicaragua o Báez solo se le veía si alguien de aquellas sabanas fallecía y el velorio no lo hacían en casa del difunto.

Con sus 40 años encima jamás había pertenecido a organización política o religiosa alguna. Decía que la política y los políticos, y la religión y los religiosos, eran de la misma calaña, y que ninguno de los dos le sacaría un centavo ni le robarían un minuto, que su único compromiso era con la tierra que labraba.

A mediados de 1958, la zona donde Agustín había vivido junto a su familia las dos últimas décadas comenzó a ser frecuentada por afiliados al Movimiento 26 de Julio, grupo armado que pretendía derrocar la dictadura existente en aquel entonces. Por esta misma fecha fue que tuvo la primera visita de los Barbudos, como también se les llamaba a estos guerrilleros.

Le solicitaron un par de caballos y algo de comida, y le prometieron devolverles las bestias una vez que finalizara la lucha contra Fulgencio Batista. Sobre los alimentos solo comentaron que dentro de poco los tendría a raudales, porque la revolución que se gestaba se encargaría de suministrárselo a bajísimos precios, y que por lo tanto ya no tendría que trabajar tan duro para alimentar a los suyos.

Esto último no lo entendió muy bien, pues si iba a tener acceso a comida más barata trabajando menos, de algún lomo saldría todo aquello.

Unos meses después aquella guerra terminó, y de lo segundo que Agustín oyó hablar fue que nacionalizarían las propiedades que excedieran las 420 hectáreas, y que estas luego se repartirían entre el campesinado interesado en labrarlas. Como su parcela no era tan grande, aquello apenas le importó.

Así siguieron sus días de labrador hasta que el 3 de octubre de 1963 el gobierno cubano promulgó la Segunda Ley de Reforma Agraria, con la cual se apropió de todas las fincas rústicas que superaran las 67 hectáreas (5 caballerías), resolución que incluía las tierras de Agustín.

Pensó acudir a sus antiguos conocidos del Movimiento 26 de Julio, los mismos que prometieron devolverles sus caballos una vez que acabara la contienda insurreccional. Así lo hizo, y el primero con que se topó le dijo que aquello de las fincas intervenidas era una ley revolucionaria, y que la suya era mayor de 150 por 300 metros, además de que él no recordaba nada de caballos.

Desde entonces, y hasta el final de sus días, se vio siempre a Agustín con una guataca al hombro y un machete a la cintura, y pese a que trabajaba en una tierra que había pertenecido a él y su familia durante décadas, el fruto de estas no era para alimentar a los suyos.

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