Jesucristo, Nuestro Ejemplo (IX), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 29 de noviembre de 2013, (FCP). La vida de Hudson Taylor, conocido como el apóstol de las misiones al interior de China, fue transformada cuando entendió la revelación bíblica de que si permanecía donde Dios lo puso por el nuevo nacimiento, la vida de Dios fluiría hasta llegar a ser uno con Cristo. Jesús dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto” (Jn.15.5).

Mucha ficción es lo que alcanzamos a ver en la mayoría de las denominaciones llamadas cristianas porque solo tienen la forma, pero no la eficacia de la verdadera religión. Esto se observa claramente en el alejamiento de los preceptos bíblicos, y en el divorcio entre prédica y hechos. Jesús sentenció: “…, porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn.15.5).

Para enseñar esta gran verdad Jesucristo usó una alegoría donde Él se describe como la vid, el tronco de la planta, a los que han llegado a ser sus discípulos como pámpanos, o sea, las ramas que al estar unidas a la fuente de la vida, producen fruto. Dios es el Viñador y espera que todos los cristianos anden en buenas obras, las cuales Él ha preparado de antemano (cf. Ef.2.10).

Dos categorías de pámpanos son abordadas en el texto: Los que producen frutos y los infructuosos. Los últimos representan a aquellos que ya no tienen en sí la vida de Dios, la cual viene de la fe en Cristo y del amor por Él. El Viñador se encarga de cortar estas ramas, las cuales representan las personas que obstinadamente se han apartado del Creador (cf. Jn.15.2, 6).

Aquellos que sí producen fruto para el Altísimo por estar conectados a la vid, reciben un trato diferente por parte del Viñador, estos pámpanos son podados a fin de que su producción sea más abundante (cf. Jn.15.2). Dios trabaja en el creyente con el propósito de quitar de su vida cualquier cosa que pueda impedir el fluir de la vida de Cristo en ellos.

Después de la experiencia del nuevo nacimiento y de haber sido perdonado, el individuo recibe la vida eterna y el poder, por medio del Espíritu Santo, de permanecer en Cristo. Así comienza la nueva vida desde el mismo momento de la conversión. Al enseñar sobre la necesidad de estar en comunión con Él para producir fruto, Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Jn.15.4).

Una vez que cualquier ser humano es redimido por la sangre de Cristo y conectado con Él para ser partícipe de la abundante vida de Dios, también debe aceptar su responsabilidad en la salvación, la cual consiste en permanecer en Cristo por la fe. Así como las ramas solo tienen vida mientras están unidos al tronco, el creyente tiene la vida de Dios si está unido a Cristo.

Esta permanencia, según las Escrituras, solo es posible en la medida que el cristiano guarde la Palabra de Dios en su mente de tal manera que la haga guía de sus acciones. Además de mantener la comunión cercana y constante con Cristo, obedecer Sus mandamientos, permanecer en Su amor, resistir el pecado y someterse a la dirección del Espíritu Santo (cf. Ro.8.14, Ga.5.16-25).

La alegoría de la vid y los pámpanos lleva la clara enseñanza de que algunas ramas pueden ser cortadas del tronco, o sea, la realidad de que un verdadero creyente puede llegar a apartarse del camino de Dios. He aquí una advertencia para no descuidar el regalo del Todopoderoso, puesto que el abandono de la fe puede conducir al fuego eterno del infierno.

Se puede entender que la relación entre Cristo y el creyente no es inactiva, estática o rígida y tampoco está basada únicamente en una experiencia del tiempo pasado, más bien dicha relación se fundamenta en el amor y en el compartir con Él la divina vida celestial. Cada día puede llegar a ser una nueva experiencia enriquecedora con el Altísimo.

Por la permanencia, en obediencia y fe, a la íntima comunión con Cristo, es que podemos tener acceso a las anheladas respuestas de las oraciones elevadas tanto en tiempos de alegría y gozo como en tiempos de crisis y problemas. Él dijo: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Jn.15.7).

Evidentemente mientras más cerca los cristianos vivan de Cristo por medio de la meditación y el estudio de la Palabra de Dios, más armonía tendrán sus oraciones con la naturaleza y la voluntad del Creador. Pablo, el apóstol, dijo: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Fil.4.6).

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