Jesucristo, Nuestro Ejemplo (V), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 1ro de noviembre de 2013, (FCP). Ni siquiera la muerte pudo aprisionar al hombre que descendió del cielo para mostrarnos como es la vida en abundancia, y es que la muerte es resultado del pecado, y en Él no hubo pecado, Jesús demostró que se podía vivir santamente. Pedro dijo en Pentecostés: “…, al cual Dios levantó, suelto los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella” (Hch.2.24).

Él es el misterio de Dios y quien, a la misma vez, es responsable de revelar la naturaleza del Todopoderoso como nunca fue posible ni por los antiguos profetas, ni por el ministerio de los ángeles. Él es aquel a cuya imagen debemos ser conformados por la extraordinaria obra del Espíritu Santo, por medio de la experiencia del nuevo nacimiento.

La realidad de que Jesucristo llegó a ser un hombre en toda la extensión de la palabra y, sin embargo, Él es la segunda persona de la Trinidad, son dos hechos que parecen irreconciliables para la mente de los seres humanos no salvos. Es erróneo pensar que en Jesucristo, Dios solo se vistió de carne como si se tratara de una pieza de ropa.

Jesús vino a este mundo del mismo modo que lo han hecho todos los seres humanos que han habitado el Planeta, por lo que llegó a ser un hombre verdadero, con todas las características y limitaciones de la naturaleza humana. Tuvo la fragilidad de un niño, en su desarrollo pasó por la adolescencia y supo lo que era tener hambre, sed, frio y cansancio.

Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He.4.15). Estas tentaciones eran reales, no fueron fruto de Su imaginación. Él sintió lo mismo que siente cualquier individuo y tuvo que luchar con los mismos problemas, y salió victorioso.

Por esta causa sabemos con certeza que Jesucristo comprende a todos aquellos que se acercan a la presencia de Dios, para buscar el perdón y la intervención del Altísimo en el curso de sus vidas. Razón por la cual la Biblia nos exhorta: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (He.4.16).

El peor enemigo del género humano que destruye el alma, la vida y lo separa de Dios, es el pecado. El único que tiene poder para destruir esta barrera por medio de Su sangre derramada en la cruz, es Jesús. Un ángel apareció a José y le dijo acerca de María: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt.1.21).

Muchas personas no supieron que era el Mesías quien caminaba sobre Palestina en aquel entonces, y no le recibieron, más bien le dieron la espalda. Indudablemente es imposible explicar con sabiduría humana quien es Él, aunque no pocos lo intentan desde diferentes posiciones. Pablo, nos dijo: “… en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col.2.9).

Un sin número de cristianos y de instituciones evangélicas equivocan en sus funciones como instrumentos del Altísimo, por desconocer en una correcta perspectiva, de acuerdo a la revelación bíblica, al Hijo de Dios. El evangelio que el Todopoderoso le confío a la Iglesia para anunciar, es aquel que es “… conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef.3.11).

Dios hizo al Hombre a Su imagen y semejanza, y así llegó el ser humano a ser una criatura espiritual en perfecta comunión con el Creador, para llevar así Su conocimiento a todo lugar. Tristemente el enemigo de las almas, Satanás, sedujo a Adán y a Eva por medio del engaño, lo que provocó la entrada del pecado y la expansión del conocimiento del engañador.

Seguramente una gran parte de la religión quisiera refutar semejante línea de pensamiento, pero lo cierto es que salimos de Dios y el pecado, al ser consumado, destruyó esa posición para propagarse a toda la humanidad. “Como el pecado entró al mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro.5.12).

Jehová Dios tiene el propósito de restaurar todas las cosas por medio de la redención provista por Jesucristo, la cual es suficiente para deshacer los efectos de la caída. La Biblia enfatiza: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia” (Ro.5.17).

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