Jesucristo, Nuestro Ejemplo (VI), Antonio Raúl Machado García.

Antonio.jpg

Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 8 de noviembre de 2013, (FCP). Satanás es el príncipe de la potestad del aire y ejerce su dominio y autoridad sobre todas las naciones de diferentes formas, además de también poder influenciar a cada ser humano no regenerado. El maligno llegó a esta posición después del engaño en el Edén, donde consiguió por medio de la astucia que los primeros habitantes de la Tierra, desobedecieran al Creador.

Cuando Dios formó al hombre lo hizo un ser espiritual, o sea, él vivía en el ámbito espiritual donde su alma y su cuerpo se encontraban sometidos a su espíritu, y gozaba de una constante comunión con Jehová Dios. El Todopoderoso dio a este ser, dominio sobre toda la creación y dijo: “y señoree en los peses del mar…, y en toda la tierra” (Gn.1.26).

Adán era un hombre de amor y fe, y regía con su espíritu para cumplir el propósito del Altísimo de crecer en el conocimiento y la revelación de Dios para que, a su vez, llegara a llenar la tierra con todo esa información. El primer hombre debía llevar el nombre de Jehová a todo lugar: “y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…” (Gn.1.28).

Tristemente Adán optó por Satanás y lejos de ser lleno el mundo del conocimiento de Dios, el maligno uso al hombre caído para esparcir su testimonio por todo lugar de este planeta, el cual se opone a toda la voluntad expresa del Señor. Y es una realidad que en cualquier rincón en que nos encontremos, al indagar en sus habitantes, sabremos que allí es conocido el diablo.

Toda la creación fue afectada por la transgresión de los primeros seres humanos, y así en el principio de las Escrituras vemos a Caín que asesinó a su hermano, también hubo un cambio en la naturaleza de los animales, y se volvieron fieros y salvajes. Pablo escribió: “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una esta con dolores de parto hasta ahora” (Ro.8.22).

El hombre que había sido diseñado a imagen y semejanza del Creador, con el pecado, quedo distorsionada dicha imagen, y pasó a ser un ser sujeto a su alma, a sus emociones en vez de un ser del espíritu. Ocurrió la muerte espiritual, o sea, el hombre perdió contacto con Dios, sin derecho alguno de acercarse al Creador y además quedó sujeto al proceso de la muerte.

La humanidad quedó sumergida en el desorden y la depravación cuando la naturaleza de Adán se transmitió a todos. Constancia de esto encontramos en el relato del diluvio, en el cual toda una civilización sucumbió debido a que: “… vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos…, era de continuo solamente al mal” (Gn.6.5).

El hombre natural se obstina en minimizar e ignorar el pecado, no obstante, este es un estado de existencia en el que todos los seres humanos, desde Adán, están incluidos, ni siquiera el Papa de Roma puede escapar a esta condición. “Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro.3.22-23).

Hasta aquí la situación de la humanidad parece insalvable, debido al abismo que separa a las criaturas del Creador producido directamente por el pecado ¿Podrá algo, o alguien, cambiar el estado de las cosas tal como se nos presentan al venir a la vida? Juan, el apóstol, declaró: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1Jn.3.8).

El propósito eterno del Todopoderoso en la persona de Jesucristo, es llevar a todo el que crea a una nueva creación, contra la cual el Maligno no tiene poder, ni autoridad. “De modo que si alguna está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo” (2Co.5.17-18).

Mediante la Palabra creadora de Jehová, a los que por la fe aceptan a Cristo Jesús se les hace nuevas criaturas, las cuales pertenecen a un mundo que ha sido totalmente renovado, y el mismo es gobernado por el Espíritu (cf. 2Co.4.6). El verdadero creyente debe convertirse en una persona nueva, que se transforma por el poder de Dios a Su semejanza.

Un aspecto de la obra redentora de Cristo es la reconciliación, por medio de esta el pecador es restaurado a la comunión con el Altísimo, que se había perdido desde la desobediencia en el Edén. El pecado y la rebelión de la raza humana han redundado en el distanciamiento del Creador, pero mediante el sacrificio de Cristo la barrera es quitada, y abierto el camino a Dios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s