Jesucristo, Nuestro Ejemplo (VII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 15 de noviembre de 2013, (FCP). Jesucristo, el cordero de Dios, sin cometer pecado llevó a la cruz todas nuestras transgresiones y cargó con nuestro castigo, debido a que el hombre en la caída quedó en una posición donde un abismo lo separaba del Creador. Las Escrituras declaran: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2Co.5.21).

No significa esta afirmación que Jesús se haya convertido en un pecador, lo que la Palabra enseña es que Él sí cargó con los pecados de la humanidad para abrir un camino nuevo. Isaías profetizó de Jesús y dijo: “Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is.53.5).

Es que el perdón por sí solo no resolvía el problema entre el hombre y su Creador, así que Jesús vino como sustituto por el pecado, tomó el lugar que le correspondía al hombre caído, y además llevó nuestro castigo y nuestras enfermedades para darnos Su bendición. En el sacrificio del madero, para aquellos que creen, Jesús también proveyó paz.

Jesucristo, cuando fue crucificado en aquella fiesta de Pascua, se hizo objeto del juicio de Dios el Padre, puesto que allí se convirtió en la ofrenda perfecta por todos los pecados de la humanidad. El sufrimiento del Mesías en el Calvario, fue lo que hizo posible que Dios perdonara con justicia al pecador “Por el camino nuevo y vivo que él nos abrió…, esto es, de su carne” (He.10.20).

Fue necesario un nuevo camino, un Nuevo Pacto, debido a que la sangre de los toros y de los machos cabríos, los sacrificios de todo el ceremonial antiguotestamentario, no era eficaz para el cambio de naturaleza que requería el hombre caído. Además, el propósito de esta ley era temporal, la misma nos fue dada para conducirnos a Cristo (cf. Ga.3.24-25).

Únicamente Jesucristo, quien vivió una vida completamente santa, era el que podía satisfacer las demandas de la justicia divina respecto al pecado y, además, Satanás no tenía, ni tiene, ninguna autoridad sobre Él. Todo el tiempo de Su vida terrenal afrontó las tentaciones, y demostró que era posible vencerlas por el poder del Espíritu Santo.

Lo único altamente necesario para el hombre caído, es experimentar el nuevo nacimiento por el poder del Santo Espíritu, para desde la posición de la nueva creación, poder someter el uso de todos sus sentidos a la voluntad del Altísimo. La mente del individuo salvo, será renovada día a día en el proceso de santificación (cf. Ro.12.1-2).

Esto es lo que llamamos ser conformados a la imagen de Cristo, es la vida de Jesús y la naturaleza de Dios, que reemplazan la vieja naturaleza en el individuo salvo, la cual se encuentra viciada por causa del pecado. El anhelo del Todopoderoso es que su pueblo, la Iglesia, llegue a ser el vehículo por medio del cual Él pueda manifestarse al mundo.

Mensaje poderoso y revelador que ha sido encomendado a la Iglesia de Jesucristo, que el espíritu de quien quiera aceptar este mensaje, puede convertirse en una nueva creación en Cristo sobre la cual el maligno no tiene poder ni autoridad. Nicodemo no entendía bien, pero Jesús le dijo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn.3.3).

Por medio de semejante experiencia en Cristo, el hombre puede presentarse ante el Creador confiadamente como había sido posible en el Edén al principio de la Creación, puesto que ha sido restaurado y capacitado para entrar en el reino de Dios. Maravilloso es saber que a través de Cristo puedo presentarme ante Aquel que hizo todo el Universo.

En el Sermón del monte Jesús habló, entre otras cosas, sobre el afán y la ansiedad, y les dijo a sus oyentes: “¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?” (Mt.6.27). Evidentemente no podemos añadir tal medida a nuestra altura, pero la Biblia enseña que para el que cree en el Hijo de Dios, hay una posibilidad de nacer de nuevo.

Lo que sucede en el nuevo nacimiento es que el Espíritu Santo, con Su gracia y poder, pone al individuo salvo en Cristo por un milagro, luego el mismo Dios nos dice que permanezcamos ahí por medio de la fe, para poder alcanzar todo aquello que Él ha provisto por medio de la cruz. En este proceso es en el que somos restaurados a Su imagen y semejanza.

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