Jesucristo, Nuestro Ejemplo (VIII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 22 de noviembre de 2013, (FCP). La salvación de un alma tiene lugar cuando cualquier individuo con la naturaleza adámica se arrepiente de su condición pecaminosa, acepta a Jesucristo como su Señor y Salvador, y se identifica con el sacrificio, muerte y resurrección de Cristo. Un predicador, que verdaderamente esté comprometido con la verdad de las Escrituras, expondrá tal mensaje con toda autoridad.

Todo ser humano debe saber que el Mesías tomó nuestro lugar en la cruz, llevó nuestro dolor, cargó nuestro lamento, fue herido por nuestros pecados, soportó llagas para darnos sanidad, y todo lo hizo por nosotros, no para su beneficio. Jesús, el Hijo de Dios, no necesitaba redención, somos nosotros los que necesitamos de la gracia del Altísimo para ser salvos (cf. Is.53).

Por tanto, de la misma manera que los predicadores interceden por la salvación y el perdón de pecados de los hombres, es correcto que también se ore por la sanidad de cualquier persona. Jesús así lo hizo: “…, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mt.8.16-17).

Las enfermedades y las dolencias, de acuerdo a las Escrituras, son el resultado de la desobediencia, la caída y la actividad de Satanás en nuestro mundo. Pero “para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1Jn.3.8,), y Jesús comisionó a sus seguidores, “y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos” (Lc.9.2).

Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro.6.23). Como sustituto nuestro, Él llevó el castigo que merecíamos por nuestro actos y con su muerte pagó por nuestros pecados para que la humanidad tuviera acceso a Su perdón, y pudiera disfrutar de la paz con Dios (cf. Ro.5.1).

Depende entonces de donde el ser humano pondrá su fe, si va a creer lo que el Creador dice, o lo que dicen los mismos hombres. Los cristianos podemos decir en fe y confiadamente, que somos exactamente aquello que Dios dice que somos. La Biblia declara que aquellos que creen y viven de acuerdo a las Escrituras, son parte del Cuerpo de Cristo, el cual es Su Iglesia.

Jesús expuso: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre” (Jn.14.12), puesto que desea que sus seguidores continúen en las mismas obras que Él realizó. Cuando dice que las obras de los discípulos serán “aún mayores“, se refiere al número y al alcance.

Dios, el Todopoderoso, se hizo de este instrumento, que es la Iglesia, para manifestarse al mundo por medio de la expulsión de demonios, la sanidad de los enfermos y traer a la vida eterna, por medio de la proclamación del evangelio, aquellos que acepten el mensaje de salvación. Simplemente este es el propósito del Creador para Su pueblo.

El desafío para aquellos que decimos formar parte del Cuerpo de Cristo es, si en verdad podemos aceptar la realidad de que el diablo ningún poder tiene sobre los hijos de Dios, a menos que ellos mismos se lo otorguen. “No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo [Satanás], y él nada tiene en mí” (Jn.14.30), dijo en cierta ocasión el Mesías.

En medio de sus discípulos, y algunos dudaban, Jesús les dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros…, hasta el fin del mundo” (Mt.28.18-20).

Dicha cita se conoce como La Gran Comisión, que es dada por Cristo resucitado a todos sus discípulos antes de ascender al Padre, y es la meta y la responsabilidad misionera para los seguidores de Cristo en cualquier generación. La Comisión descansa en el hecho de que Jesús tiene Toda potestad, la cual traspasa a los hijos de Dios para cumplir tal propósito.

Juan, el apóstol, escribió: “…, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo“, y más adelante plasmó: “…, pues como él [Cristo]es, así somos nosotros en este mundo” (1Jn.2.1, 4.17). Él representa a los cristianos en la presencia del Padre, y los hijos de Dios le representamos ante la humanidad para llevarles las Buenas Nuevas de salvación.

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