Jesucristo, Nuestro Ejemplo (X), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 6 de diciembre de 2013, (FCP). Jesucristo nos fue dado como ejemplo para que pudiéramos conocer la forma de vida en la que el Altísimo encuentra contentamiento, en Él se personifica la vida verdadera, la cual es luz para todo el mundo, es decir, la verdad, el propósito y el poder de Dios se encuentran al alcance de cualquier individuo por medio de la obra redentora del Mesías.

Juan, el apóstol, plasmó en su evangelio: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ellas” (Jn.1.4-5). Aunque habitamos en un mundo donde tristemente prolifera abundantemente la maldad, la luz de Cristo brilla para aquellos que deseen un cambio en sus vidas.

Dios, el Padre, dispuso en su soberanía que así como Él “…, tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn.5.26), de modo que la propia naturaleza de Cristo es fuente de vida eterna. No sucede de igual modo con el creyente, quien tiene tal vida solo en la medida en que tenga comunión con el Hijo de Dios.

Aún antes de la caída por causa del pecado, estaba en la voluntad del Todopoderoso el dar vida eterna, fue allí en el Edén, después que Satanás sedujo al hombre, que Dios decretó: “…, ahora, púes, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre” (Gn.3.22). Triste resultado a causa de la desobediencia hacia el mandato divino.

Verdaderamente esta vida fue diseñada para determinado tipo de hombre, el cual Adán dejo de ser desde el mismo momento en que consumó el pecado, y se distorsionó la imagen del Altísimo que antes poseía. Esto condujo a la expulsión del hombre del huerto del Edén, el cual simboliza la misma presencia del Creador.

De esta manera el ser humano quedó excluido radicalmente de la vida eterna y la presencia del Todopoderoso, y no solo eso sino que Dios “… puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía para todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn.3.24). En la caída el hombre se transformó en un ser diferente.

Muchos sostienen que, después que los cielos y la tierra fueron creados, Dios se desentendió de su obra para no intervenir más en el curso de los acontecimientos. La prueba que destruye semejante razonamiento descansa en que fue el Todopoderoso quien tomo la iniciativa y echó a andar Su plan de Redención, para restaurar al hombre a su posición original.

Jesucristo vino a ser la piedra angular de esta obra de restauración del Altísimo, la cual se activó desde el mismo momento en que se introdujo el pecado en el Edén. Se le llama “Protoevangelio” a aquel texto de Génesis referente al Mesías: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gn.3.15).

Es en Cristo Jesús en quien se personifica la vida genuina y verdadera, solo por medio de Él es que puede estar a la disposición del ser humano la verdad, el propósito y el poder de Dios. Juan dijo: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn.1.4), y Jesús lo confirmó: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas” (Jn.8.12).

Los seres humanos deben tener un encuentro con el Mesías al considerar Su ministerio y sacrificio por toda la humanidad en el plan de Redención de Dios. Dicha verdad debe gobernar nuestra prédica para que las personas puedan tener una real experiencia con Dios, y vivir un genuino cambio en sus vidas al caminar en obediencia al Altísimo.

Hay demasiadas religiones en este mundo nuestro y todas tienen sus dioses y sus costumbres, pero la Biblia, la Palabra de Dios, registró que la vida solo está en el Hijo, quien fue levantado en un madero hace casi 2000 años. El apóstol Pablo escribió: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosa viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas” (2Co.5.17).

El hombre perdió su camino con la entrada del pecado, al desobedecer al Creador, y de este modo cayó de su posición original en la que Dios le había puesto al instante de crearlo a Su imagen y semejanza. El objetivo de Dios en el plan de Redención es la restauración de la humanidad al lugar de vida en la que se encontraba el hombre antes de la caída.

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