Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XI), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 13 de diciembre de 2013, (FCP). Estaba en la mente del Todopoderoso llenar el universo con Su conocimiento, y para este eterno propósito creó al hombre y le estampó su imagen para que por medio del amor, pudiera ser el instrumento para semejante obra. Adán, en la caída, perdió esa bendita posición y con él toda la raza fracasó, puesto que “… en Adán todos mueren” (1Co.15.22).

No obstante, el hombre se encuentra incluido en el propósito del Altísimo de manifestarse a toda la Creación. El enemigo de las almas, Satanás, intenta continuamente obstruir el Plan de Dios al tratar de convencer al ser humano de no ser suficientemente bueno como para poder participar de conjunto con el Creador en una misma obra.

Por tanto, la caída no contuvo al Señor de señores de Su proyecto con el hombre. Lejos de eso se puso en marcha un magnífico Plan de Redención para que aquellos seres creados a imagen y semejanza de Dios pudieran ser restaurados a su original posición. Solo así el hombre podría estar nuevamente calificado para participar en el propósito de Dios.

Cuando apareció Jesucristo, el Hijo de Dios, fue todo un acontecimiento. En Su propia nación muchos no le recibieron y no le entendieron, pero una cosa sí dejó clara Jesús cuando dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc.19.10). Es por medio de Cristo que aquellos que creen pueden ser aceptados como hijos de Dios.

La Iglesia de Cristo está constituida por toda aquella multitud de redimidos que, al creer y aceptar el sacrificio del Mesías, han sido lavados de todos sus pecados por la preciosa sangre de Jesucristo derramada en la cruz. Esto es el individuo que vive conectado con Jesús como la vid con los pámpanos, es aquel que sabe que su “vida está escondida con Cristo en Dios” (Col.3.3).

Son muchos los que pretenden ostentar el calificativo de cristiano y declarar que pertenecen al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Pero la Escritura sostiene que los seguidores de Cristo están en un proceso: “…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef.4.13).

Para los creyentes en el Dios de la Biblia, es innegable la realidad de que el Mesías no es solo el Salvador sino que también es constituido como ejemplo de acción, de pensamiento y de vida para aquellos que decidan seguirlo. Aunque no son pocos los que dicen seguirle, no todos pueden demostrar con sus testimonios que son verdaderos creyentes.

Algunos, muy osados, llegan a enseñar que el Todopoderoso no va a tener en cuenta la inmoralidad dentro de la Iglesia a causa de la debilidad del ser humano, y que el ejemplo de Cristo es para cuando estemos en la eternidad. Estos no son más que falsos maestros que solo acortan, con sus enseñanzas, el camino al fuego eterno.

Pablo, el apóstol, sabía que algunos de estos engañadores les dirían a los efesios que no deberían temer la ira de Dios, por tanto les amonestó: “Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia” (Ef.5.6). De ninguna forma es posible que personas inmorales e impuras tengan herencia en el Reino de Dios.

El creyente no solo debe seguir el ejemplo de Cristo, sino que aquellos que profesan fidelidad al Hijo de Dios no pueden ser indiferentes, ni permanecer callados frente a las obras infructuosas de las tinieblas y a la inmoralidad. Dispuestos deben estar en todo tiempo para poner al descubierto la maldad, cualquiera sea su forma, y pronunciarse contra ella.

Jehová Dios lleva a Su Iglesia hacia un punto de clímax en el Plan de Redención: Venir a ser la imagen perfecta de Cristo, y así poder usarla como el instrumento para alcanzar todo el Universo. “Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Hab.2.14), y la Iglesia, con sus verdaderos miembros, será parte de esto.

Cualquier grupo religioso que exhiba un nombre cristiano, aunque sea el de una institución histórica, que se dedique a otros propósitos fuera del Plan de Redención, por prebendas, poder o congraciarse con algún gobierno, es una abominación delante del Altísimo. Así fue concebido, y “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta” (Nm.23.19).

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