Unidad, Diálogos y Cambios (II), Ramón Jiménez Arencibia.

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El Condado, Santa Clara, Villa Clara, 13 de diciembre del 2013, (FCP). Después de la celebración del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), es evidente que se pusieron en marcha los pequeños, tibios y tardíos cambios que tienen lugar en el país. El objetivo de los mismos es lograr sortear la crisis económica que nos golpea, ganar tiempo y apuntalar a un régimen que históricamente está condenado a desaparecer.

Nuevamente, como en los años 90, se vuelven a implementar una serie de medidas, que aunque rompen con el más severo control estatal prevaleciente en la economía, no llegan a estremecer sus cimientos. Todos los medios de producción fundamentales, las grandes industrias y el Comercio Interior y Exterior siguen en manos de la casta socialista dominante.

Los que aspiran a instaurar un régimen democrático en Cuba ven con esperanza los pasos que se dan en aras de lograr la unidad tan ansiada y tan necesaria para alcanzar estos objetivos. Estas débiles reformas no pueden confundirnos, ellas no representan las verdaderas transformaciones que el país necesita para dejar atrás la crisis.

Pero el camino está lleno de obstáculos e incomprensiones, no todos están a la altura del momento histórico que vive la nación y el mundo. La oposición interna ha renunciado a la violencia y ensaya de mil maneras otras tácticas, que ayuden a la estrategia de acceder al poder por medios pacíficos, sin venganzas, ni revanchas que empequeñezcan la victoria.

Algunos no están claros, ni mucho menos convencidos, de que el camino que nos conduce a la victoria es el del trabajo paciente y gris de mover al pueblo. Difícil es la tarea, pero no imposible, los pueblos son los que hacen la historia, y ese papel no se puede suplantar. No son los líderes los que hacen a los pueblos, sino que del pueblo emergen los líderes.

Para llegar al momento que tanto esperamos, hay dos factores que resultan esenciales: uno de ellos es seguir adelante con el proceso de unidad que debe ser indestructible. Y el otro factor no menos importante es el de ganar la calle, hacernos sentir en los centros de trabajo y estudio, que la población nos vea como los portadores de la Nueva Cuba.

Dialogar no significa sometimiento ni dejación de las posiciones y principios que defendemos y encausamos. Al régimen se le obliga a sentarse a la mesa de negociaciones mediante la movilización popular. Todas las pequeñas y grandes acciones que se realizan para combatir a la tiranía deben perseguir un fin, obligar a la tiranía a dialogar sobre el futuro del país.

Con ello se dan los primeros pasos para iniciar la transición pacífica hacia un proceso democrático, donde surja un gobierno provisional que ponga en práctica el pluralismo político y el regreso a la democracia representativa. Solo así el país estará en condiciones de emprender el camino de la transición hacia un Estado de Derecho y una Economía de Mercado.

Unidad y Diálogo son dos aspectos fundamentales que integran este artículo periodístico, como preámbulo al Cambio, por el cual todos luchamos. La tiranía hace todo lo posible para evitar esta necesaria unidad de la oposición. Es lamentable que muchos destacados luchadores contra la dictadura le hagan el juego, llevados por el egocentrismo y los espurios intereses personales.

Derrotar esas posiciones es una tarea permanente de los que aspiramos a crear una sociedad como postulara nuestro Apóstol, “con todos y para el bien de todos”. Hay que llevar al régimen a dialogar, no hay otra alternativa. Queremos cambiar la situación al actuar sin violencia ni derramamiento de sangre, por lo tanto el camino es negociar con honestidad.

A ese diálogo hay que llevar al gobierno y con la presión popular obligarlo a conversar con la oposición. Ese debe ser el objetivo más importante de todos los patriotas, en eso debe consistir la esencia de esa oposición pacífica. Unirse y luchar, dejar a un lado las diferencias que tanto daño han hecho a la causa hasta estos momentos.

En la visita de nuestros hermanos al exterior se pudo constatar que la oposición interna y la diáspora son una sola cosa. De nuestro accionar, de la lucha que se desarrolle contra la tiranía, de la unidad de acción y la claridad de objetivos, dependerá en el futuro la ayuda y solidaridad del exterior con la causa del pueblo cubano.

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