Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 20 de diciembre de 2013, (FCP). Jehová ha llamado a la congregación de los redimidos para ser el medio por el cual Jesucristo sea revelado a toda la creación, la cual anhela ardientemente “…, la manifestación de los hijos de Dios” (Ro.8.19), este es Su propósito y no será modificado. Dios no es voluble o inconstante, sino que por Su misma naturaleza Él es fiel y leal a Sus promesas: “Porque yo Jehová no cambio” (Mal.3.6).

Cuando permitimos que el egoísmo, las ambiciones personales, los deseos carnales, nuestros planes y programas primen en las congregaciones cristianas, entonces maldecimos aquello que se diseñó según el plan divino. Ministro de alabanza, predicador, maestro de Escuela Dominical, diacono o ujier, todos debemos ser un reflejo de Jesucristo.

Jesús, en el Sermón del Monte, declaró a la naciente Iglesia: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt.5.13). Por lo tanto, así como la sal es valiosa para dar sabor y proteger de la corrupción, el creyente y la Iglesia deben ser ejemplos para el mundo de resistencia contra la decadencia moral y la creciente corrupción en la sociedad.

Cualquiera institución cristiana que resista la obra del Espíritu Santo, deje de oponerse al espíritu de libertinaje que rige en las modernas sociedades, y deje de reflejar y representar a Cristo, ha perdido su lugar. Jesús también dijo: “…, pero si la sal se desvaneciere, ¿con que será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mt.5.13).

Aunque no quiera aceptarlo el hombre caído, la historia carece de significado fuera de Cristo y el Universo completo se encuentra sujeto a Él. “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col.1.16).

Es por esta razón, que en el terrible momento de la crucifixión del Hijo de Dios, la Creación mostró su tristeza al ver al autor de la vida, ser levantado en un madero para ofrecerse como sacrificio en la restauración de todas las cosas. “Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció…” (Lc.23.44-45).

Creer que el Plan de Redención es para simplemente ser salvos e ir al cielo es no haberlo comprendido, pues, aunque eso está implícito, es aun más abarcador. La Redención también encierra un principio vital que es la vida eterna, la cual es implantada en el individuo que ha nacido de nuevo, por la obra del Espíritu Santo.

Solo aquellos portadores de la vida de Dios, son los que el Altísimo ha podido traer de vuelta hasta aquella posición en la cual Él pueda llevar acabo el propósito para el que fuimos creados. Con el primer Adán, por causa de la desobediencia, este fracasó y junto con el estaba toda la humanidad, pero con el segundo Adán, el hombre puede tener nuevamente acceso al cielo.

Este conocimiento está en el interior de los que han nacido de nuevo, porque es el Espíritu Santo quien les da testimonio de que son hechos hijos de Dios, y no tienen necesidad de que alguien les trate de convencer de que son salvos. Jesús dijo: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad…, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Jn.16.13).

Jesucristo no solamente tiene vida, Él mismo es la vida y cuando Él viene a hacer morada dentro de cualquier individuo, en virtud de nuevo nacimiento, también la vida eterna viene a ser real en la vida del redimido. Muchos, como Nicodemo (cf. Jn.3.1-15), no pueden comprender esta obra y les resulta imposible, pero esto es realizable solo por la fe.

Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma” (He.10.38), el principio de la fe, que se afirma varias veces en la Biblia, es el que rige la relación del creyente con Dios y su participación en la Redención. Aquellos que permanecen en el pecado y no actúan de acuerdo a la fe, no serán del agrado del Todopoderoso y caminarán hacia la condenación eterna.

En el proceso de la Redención, al permanecer en unión con Cristo, el ser humano de manera progresiva va a ser transformado al ser desplazada la antigua vida por una más poderosa: la vida eterna. Esto va a ser real en todo nuestro espíritu, alma y cuerpo, recordemos lo dicho por el apóstol Pablo: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es…” (2Co.5.17).

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