Jesucristo, Nuestro Ejemplo, (XIII), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 3 de enero de 2014, (FCP). El Todopoderoso nunca trae algo a la existencia sin un propósito inteligente, y los seres humanos no son la excepción de la regla, aunque en el Edén se produjo una brecha en el Plan de Dios con la caída en el pecado de la primera pareja. Por esta causa fue establecida la Redención como un puente para que el hombre tuviera la posibilidad de un nuevo camino para regresar al propósito de Dios.

La Redención fue acabada con la aparición del Mesías, quien mientras era crucificado en agonía para salvar a la humanidad caída, al llevar el castigo por el pecado y abrir un camino de salvación para todos, dijo: “Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Jn.19.30). El autor de la vida se había ofrecido como un sacrificio perfecto por los perdidos.

Aun en los días antes de la crucifixión en aquel madero, procuraba Jesús redimir a cuantos se le acercaban, pues este era el propósito para el que había venido, lastima que fueron muy pocos los que entendieron el tiempo de salvación. El corazón de Dios y el cielo se regocijan cuando un solo pecador se arrepiente de su maldad para vivir una vida agradable ante Jehová.

Zaqueo era Jefe de los publicanos y, además, recaudador de impuestos, por lo que ganaba mucho dinero deshonrosamente al cobrar más de lo que debía al pueblo, esto era razón suficiente para que fueran odiados por los judíos. Al momento de su arrepentimiento Jesús le dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc.19.10).

Aquel que de veras se arrepiente, confiesa su pecado y tiene una genuina fe salvadora en Jesucristo, tomará la determinación de cambiar de rumbo su vida. Nadie puede tener la experiencia de conocer a Jesús, aceptar la salvación que hay en Él y continuar con una vida pecaminosa, deshonesta y desprovista de amor hacia el prójimo.

Aquello que se había perdido desde el Huerto del Edén, que es semejante a un tesoro escondido (cf. Mt.13.44) para Dios, solo es alcanzable a través de Jesucristo, quien es nuestro ejemplo, y es expresado en la verdadera Iglesia, la cual es ese preciado tesoro. Pablo, el apóstol, reveló este misterio a los colosenses y dijo: “que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col.1.27).

La Iglesia cristiana, la cual no fue fundada por el apóstol Pedro, ni por el apóstol Juan, ni ninguno de los otros apóstoles, literalmente nació hace casi 2000 años en el día de Pentecostés, justamente después de ser consumado el Plan de Redención. La Iglesia no debe ser menos que la manifestación del propósito eterno del Todopoderoso.

Dicha institución es la expresión de Cristo corporativamente, de modo que si alguna denominación manifiesta cualquier otra cosa contraria a Cristo, esta ha perdido el camino que el Altísimo le preparó de antemano. La iglesia que no sea capaz de reflejar a Cristo, tan solo es una caricatura del diseño original que enseña la Sagrada Escritura.

Al expresar dicha idea a los cristianos de Éfeso, Pablo les explicó que la edificación de la Iglesia depende de que: “todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo…, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Ef.4.13-15).

En la historia del Plan de Redención, la iglesia viene a ser su punto central, y es tan amada y preciosa para Dios, que Él estuvo dispuesto a pagar un alto costo, la sangre preciosa de Cristo, por su rescate. A los corintios se les dijo: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1Co.6.20).

Vendrá el tiempo, y ya falto poco, en el que la verdadera Iglesia será revelada a toda la creación, pues llenará todo el universo con la luz de su perfecta imagen de Cristo que en ella ha sido estampada por el Altísimo. “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Ro.8.19).

Todo lo que nuestros ojos pueden alcanzar a ver, la naturaleza animada e inanimada, se encuentra sujeta al sufrimiento y al desastre por causa del pecado del hombre (cf. Ro.8.20). Esta es la razón por la cual todo el universo será redimido con una nueva creación, Juan dijo: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (Ap.21.1).

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