Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XIV), Antonio Raúl Machado García.

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Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 10 de enero de 2014, (FCP). La Iglesia tiene un diseño celestial para que los redimidos de todas las naciones la integren y representen al Dios encarnado: Jesucristo, pero cuando es usada con fines mezquinos por hombres corruptos, es entonces que viene la maldición sobre aquello que Dios quiere bendecir. Somos los cristianos quienes no debemos permitir que nada, a parte de Cristo, sea manifestado en la Iglesia.

Muchos son los que intentan constantemente eliminar todo lo que tenga que ver con la religión de la ecuación de la historia, pero esta pierde mucho de significado cuando la Iglesia es apartada. La verdad es que el Cuerpo de Cristo ha marcado la historia desde su nacimiento, y su influencia siempre ha estado presente en dependencia de su estado interior.

El conglomerado de las distintas denominaciones debe servir, en las manos de Dios, para llevar a las personas a un encuentro con Cristo, y Él pueda venir con convicción sobre ellos para que sepamos cuan extraviados estamos alejados del Creador. No importa cuan bueno alguien piense de sí mismo que es, sin Dios estamos perdidos.

Cuando un ser humano es impactado en una experiencia con el Mesías, es que entonces podemos entender la revelación de la eficacia de la preciosa sangre de Cristo derramada en la cruz por nuestros pecados, y recibimos poder para arrepentirnos de toda maldad. Nadie está obligado, pero para participar de la vida en abundancia, el camino a seguir es el de la cruz.

Jehová Dios ha dispuesto que todos los seres humanos, los cuales han sido creados a Su imagen y semejanza, tienen la posibilidad de elegir cual vida quieren vivir y donde pasar la eternidad: cielo o infierno, y todo esto gira en torno de Jesucristo. Juan, el apóstol, dijo: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1Jn.5.12).

Esta es la causa por la que todas las personas deberían oír el evangelio, porque la vida eterna está en Jesucristo y no existe otra forma de alcanzarla, ni nadie es lo suficientemente bueno como para llegar a ella por sus propios medios. La buena noticia es que lo que figura como una imposibilidad para el ser humano, es perfectamente realizable para el cielo.

Vida eterna es la vida de Cristo en el individuo que ha nacido de nuevo, la que ha alcanzado en la medida en que mantenga una relación de fe con el Mesías, al dejar que Él sea Salvador y Señor de su vida. En cierta ocasión Jesús amonestó a los discípulos y les dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn.14.6).

También Pablo, el apóstol, inspirado por el Espíritu Santo arrojó luz al tema al declarar: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef.2.8-9). Cuando ocurre un genuino arrepentimiento, de parte de Dios vendrá el poder de creer y la gracia de la fe.

Inmediatamente después del nuevo nacimiento, toda la obra del todopoderoso en el creyente estará dirigida a la conformación de la imagen de Cristo por medio de la nueva creación. “Aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1Jn.3.2).

En el Antiguo Testamento encontramos al rey David que se dirigió a Dios y declaró proféticamente: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal.17.15). Es esta una de las varias expresiones mesiánicas que encontramos en la Biblia antes de la aparición del Salvador.

Sobre el tema de la conformación a la imagen de Jesucristo, Pablo dijo a los corintios: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2Co.3.18). Es imperativo mirar a Cristo para ser transformados.

A medida que experimenta la cercanía, el amor, la justicia y el poder de Cristo mediante la oración y la obediencia al Espíritu Santo, progresivamente el creyente experimentará la transformación a Su semejanza. El cambio en el creyente es parcial, pero cuando Cristo vuelva, y lo veamos cara a cara, será completo (cf. 1Jn.3.2, Ap.22.4).

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