Eduardo Facciolo, Similitudes en la Distancia. Feliberto Pérez del Sol.

Feli.jpgSakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 7 de febrero de 2014, (FCP). Un día como hoy, pero de 1829, nació Eduardo Facciolo, el primer periodista cubano asesinado por combatir una de las tantas tiranías entronizadas que hemos padecido. Vio la luz este mártir de las ideas al otro lado de la Bahía de la Habana, en el pueblo de Regla, y hoy lo poco que le recuerda es que su nombre designa la antigua calle San Agustín donde naciera.

Fruto del matrimonio entre el español Carlos Facciolo Picardo y una cubana que este torpe escribidor no ha logrado averiguar aún, el joven de solo 23 años dejó tras su trágica partida un ideal digno de seguir por quienes en Cuba ansiamos una libertad plena. El oprobio español le ejecutó por anhelar la libertad para su patria y los suyos, pero más que nada por atreverse a publicar un periódico donde proponía ideas libertarias.

Creció el empírico periodista en una época de conspiraciones, arrestos, pesquisas y reuniones a escondidas. Ayudante en la imprenta del periódico Faro Industrial de La Habana escuchó a grandes de nuestras letras versar allí sobre autonomía, libertad y revolución, no es de extrañar que luego de conocer los secretos del oficio publicara el 12 de junio de 1852 el primer número de La Voz del Pueblo Cubano, publicación donde estos vocablos aparecían reiteradamente.

Valentín Cañedo, capitán general entonces, luego de leer el ardiente contenido de la osada y precursora hoja de la prensa independiente cubana acentuó los arrestos sobres los criollos desafectos. La ira de Cañedo se debió a que cada uno de aquellos 2 000 ejemplares instaban a los cubanos a luchar para derrocar el gobierno tiránico que España les imponía.

El solo hecho de que La Voz del Pueblo Cubano circulara por las calles de La Habana y de otras ciudades del país, hizo que la cuenta con la Junta Revolucionaria se saldara en parte. A través de la Junta los cubanos avivaban sus deseos independentistas, pero se requería de una publicación donde responder a los airados ataques que asiduamente vertía sobre ellos la prensa oficial, de ahí que La Voz se levantara como estandarte de lucha contra el dominio español en la Isla.

Demás está decir que a las detenciones se sumaron las habituales delaciones que adornan lo perverso de las personas cuando viven bajo un régimen de terror e intolerancia. Ante tal dilema Facciolo mudó la imprenta a otro sitio, pues el cuarto donde vivía Ramón Fonseca, situado justo al frente del Palacio de los Capitanes Generales y que fungía como “redacción y talleres”, ya no era un lugar seguro.

Con la imprenta ubicada ahora en casa de un amigo residente en su natal Regla, el 4 de julio del propio año salió el número dos de aquel irreverente impreso. En el mismo tildaban de “General Salchicha” al Capitán General e incluían una poesía en honor a Narciso López. Todo un atrevimiento, pero justamente lo que necesitaban los criollos para mantener en alto el ideal.

Pese al control que las autoridades coloniales ejercían sobre la población, no entendían como no habían dado aún con los autores de la atrevida página. Esta inquietud se acrecentó con la salida del tercer número el 26 de julio, el cual levantó nuevos revuelos en las huestes peninsulares y nuevos bríos en el bando insular, pero también nuevos riesgos para Facciolo y los suyos, quienes estaban radicados ahora en una vivienda de la céntrica calle Galiano.

Pasadas las tres semanas que separaban un número de otro, quienes esperaban la menuda y vibrante hoja vieron con dolor como el lunes 23 de agosto la policía entraba a la habitación 44 de la calle Obispo, último local de La Voz, y detenía a Facciolo y a sus dos ayudantes. El número cuatro estaba listo para distribuirse, pero al joven Eduardo lo enviaron al Castillo de la Punta y el Consejo de Guerra dictó pena de muerte en la horca, lo cual se efectuó el 28 de septiembre de 1852.

Aquel proceso judicial siguió los usuales rumbos de otros tantos originados de la delación. Poco más de un siglo después, el mismo día y mes que asesinaron al primer periodista independiente cubano, Fidel Castro instituyó una organización llamada Comité de Defensa de la Revolución, e irónicamente su principal misión fue, y es, estimular la delación.

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Emblema de los Comités de Defensa de la Revolución, organización de masas fundada por Fidel Castro el 28 de septiembre de 1960, en La Habana, Cuba, su principal función es estimular las delaciones.

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