Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XIX), Antonio Raúl Machado García.

Antonio.jpgSanta Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 14 de febrero de 2014, (FCP). El tema del hombre nuevo se encuentra incluido en todo el contenido bíblico, puesto que se halla estrechamente relacionado con la persona de Jesucristo. Pablo, el apóstol, le dijo a los colosenses: “No mintáis los uno a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando” (Col.3.9-10).

La misma esencia de la Iglesia es Cristo, y aparte de esto las Escrituras no dicen nada más, por tanto, añadir o quitar algo al respecto sería pecado (cf. Ap.22.18-19). Pablo definió la Iglesia y dijo: “…, donde no hay griego ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos” (Col.3.11).

Por un milagro, el Espíritu Santo bautiza en Cristo a aquel individuo que ha nacido de nuevo, no es posible lograr semejante acto por méritos o esfuerzo propio, y al estar en esa posición, Dios nos manda a permanecer en ella (cf. Jn.15). A partir de entonces, la obra del Creador continuará con el proceso de santificación para continuar el cambio.

Desde el momento que la vida de Cristo viene al ser humano y ser parte de nuestro ser, pasamos a formar parte del pueblo celestial de Jehová Dios como el hombre nuevo, donde la vida eterna obra progresivamente conforme a la voluntad del Todopoderoso. Este hombre, tiene conciencia activada de lo eterno y lo celestial, de donde también se alimenta.

El creyente verdadero, si en verdad se encuentra unido con Cristo tanto en Su muerte como en Su resurrección, no se tendrá que esforzar en demostrar que es un hijo de Dios, puesto que el cambio será muy evidente. A los cristianos de Roma, Pablo les escribió: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ro.6.11).

Es un punto, un tanto mal entendido por muchos creyentes quienes se esfuerzan en una lucha sin sentido para ser parte del pueblo de Dios, o simplemente llenos de tristeza esperan algún día poderlo alcanzar. No han percibido que en virtud del nuevo nacimiento, Dios mismo es quien nos cataloga como de Su propiedad y nos ve como parte de los redimidos.

Solamente esto es posible por un milagro del Todopoderoso y por la fe en Su Palabra que declara: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef.2.10). Por un acto de fe considero que el Dios omnipotente puede operar Su poder en mí.

Si la persona redimida puede asimilar esto, entonces el Espíritu Santo puede obrar ahí, y todo lo que contradiga esta actitud debe ser crucificado en el madero junto con Cristo a fin de que “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal” (Ro.6.12). El pecado intentará dominarnos, pero mediante el poder de Cristo puede ser resistido y anulado.

Tal transformación no ocurre como en un acto de magia, hemos dicho que el ser humano tomado para Dios, a través del nuevo nacimiento, no deja de ser transformado por el proceso de santificación durante toda su vida hasta la partida de este mundo. Nadie puede decir que ya ha alcanzado un estado que no necesite más renovación.

El mismo apóstol Pablo abordó el tema y dijo: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo que fui también asido por Cristo Jesús” (Fil.3.12). La vida cristiana nada tiene que ver con lo monótono y lo aburrido, sino que es un transcurrir de una experiencia a otra mientras ocurre el crecimiento.

Pablo describe este peregrinar como lo hiciera un esforzado atleta que desea salir victorioso en una carreara, y para esto pone todo su empeño. “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento” (Fil.3.13-14).

Este hombre de Dios resolvió que toda su vida giraría, por la gracia del Altísimo, en torno a su determinación de seguir adelante hasta llegar algún día al cielo, y encontrase con el autor de la vida. El mismo empeño, deben mostrar aquellos miembros del pueblo celestial y apartarse de todo aquello que amenace la comunión con el Señor.

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